Al columnista del Washington Post, Jamal Khashoggi, lo cortaron en pedazos con una motosierra mientras sus verdugos escuchaban música. No se trata de Fargo. Hablamos de la más chunga realidad árabe. Sus asesinos, aseguran los servicios de inteligencia de EEUU y Turquía, fueron esbirros del rey Salmán. Ese al que aplaudimos para que mantenga vivos los astilleros españoles. Recuerden al respecto al pinturero José María González, Kichi, alcalde de Cádiz, cuando justificó el negocio, y sus votos, con boludeces del tipo pan o paz. O el papelón de Isabel Celaá, tan acostumbrada a largar obscenidades sin mondarse de risa, la mañana en que explicó que las bombas que vendemos a Arabia Saudí «son de alta precisión y no se van a equivocar matando a yemeníes». El mundo árabe es un estercolero para los derechos humanos. Una gigantesca e infame satrapía que, incapaz de hacer suyos los ideales ilustrados, malvive en el puro Medievo. Un cementerio radioactivo para la democracia y, por supuesto, para la dignidad del resto del mundo. Encantados todos de mamársela a quienes ejecutan en nombre de pútridas ficciones religiosas y auténticos linajes mafiosos. Felices de defender no sé qué pijadas multiculturales que, por lo visto, les exoneran de respetar los derechos humanos y hasta permiten que nuestra exquisita progresía, la misma que ve presos políticos en Cataluña, acepte encantada las plataformas mediáticas de quienes dedican sus días a colgar de las grúas a homosexuales, adulteras y opositores. O que algunos de los principales clubs de fútbol hayan aceptado toneladas de dinero rebozado en sangre a cambio de promocionar gentuza. Khashoggi, antes de que los matones lo trasladaran a la residencia del cónsul saudí y procedieran a despedazarlo vivo y consciente, había enviado un último artículo a su periódico. Lamentaba allí la persecución que sufre la libertad de expresión en todo el mundo árabe. Citaba un reputado informe sobre el particular que apenas si concede la categoría de oasis a Túnez. El resto, una tumba. Reclamaba en vano el compromiso de quienes en los días de Guerra Fría lanzaron iniciativas como el International Herald Tribune. Aquel periódico cocinado entre el New York Times y el Washington Post, que «se convirtió en una plataforma» para la libertad. Pero el mundo y la realpolitik somos así. Resulta más duro militar en la Resistencia que dejarse querer y hasta comprar por la Gestapo.
