Dice la portavoz de la Junta de Castilla y León, Milagros Marcos, que el gobierno acepta someterse a la «extrema izquierda». A mí, y más allá de las pagas extras, me encandila la sonda globo, o aeróstato meteorológico, sin duda cebo y recebo populista, del Código Penal. Su posible reforma. Para exigir, dicen, el consentimiento sexual explícito. Ajajá. Aspiran a legislar lo imposible. La zona gris por la que transitan los adultos. Los códigos que cualquiera que no sea un sociópata debe de interpretar sin necesidad de papeles, brújula, timonel ni pistolón en las sienes. ¿En qué momento tienes vía libre para romperte a besos sin rematar el polvo en comisaría? Ay las escenas, pura vida de Brian, con la pareja preguntándose si puede o no rozar el cuello, morder los labios, acariciar un pezón, y luego desnudarlo, y luego etc. Dado que yo sí te creo, hermana, y ella nunca miente, habrá que salir con videocámaras y hasta follar delante del notario. Fascina que el objetivo del quilombo sea «garantizar que, si una mujer no dice que sí explícitamente, todo lo demás es no». Una frase de un machismo radical. Presupone que ella asiente o niegua mientras él avanza gallito por la pista de baile. Como Dios manda y todo estupendo. Negamos la biología mientras atribuímos o quitamos derechos en función del sexo. ¡Iguales ante las hormonas, esas sustancias entre endocrinas y fascistas, y sin embargo desiguales frente a los jueces! Un esfuerzo extra, amigos, y acabamos en el siglo XIX.
