El informe de Naciones Unidas sobre el cambio climático. Científicos de todo el mundo pronostican un aumento de las temperaturas a escala global de 1,5 grados centígrados antes del 2050. Cuando el acuerdo de París fijaba el 2100. Para entonces andaríamos ya por los 2 grados. Suficiente para garantizar la extinción de todos los corales del mundo. No necesitas empaparte de los documentales de la BBC y las reflexiones de David Attenborough para asumir la colosal dimensión de la apuesta. Acumulamos 1 grado extra temperatura desde el inicio de la revolución industrial. El ritmo, lejos de moderarse, crece desbocado a partir de los años 50 del siglo XX a pesar del compromiso internacional y la concienciación de millones de personas. Sucede algo similar con la lucha para la conservación de las especies. Nunca le dedicamos más recursos ni ocupó con tanta intensidad el centro del debate público. Nunca el ritmo de la extinción fue tan desmesurado. Manuel Arias Maldonado, uno de nuestros intelectuales de referencia, publicaba en 2017 un libro escencial, Antropoceno. La nueva era geológica, bautizada por los el premio Nobel de Química Paul Crutzen y el biólogo Eugene Stoermer explica que «la Tierra estaría abandonando el Holoceno, cuyas condiciones climáticas relativamente estables han sido propicias para la especie humana», para entrar en otra era «en la que la humanidad ejerce de agente de cambio medioambiental a escala planetaria». Maldonado cita una serie de manifestaciones que van del cambio climático a la desaparición masiva de especies animales y vegetales, la «urbanización», la «agricultura industrial», la «infraestructura del transporte», las «actividades mineras», la «acidificación de los océanos»… Entristece pronosticar la respuesta al informe de la ONU. Verán cómo oscila entre la paparrucha irracional, propia del sector trabucaire del ecologismo, y la descalificación, articulada por quienes todo lo mezclan. Incapaces de asumir que la interpretación de los datos puede discutirse pero no hasta el punto confundir las opiniones y hasta las corazonadas con la evidencia empírica y las conclusiones a las que, a partir de estos datos, habría llegado la práctica totalidad de la comunidad científica. No lo entienden, les sorprendería incluso si pudieran, pero su escepticismo, lejos de beber en la sana costumbre de poner en solfa las verdades reveladas, es propio de iluminados y, sí, posmodernos. Más allá quedará la reacción de una clase política y una opinión pública enganchadas a la inmediatez y, siendo generosos, al próximo ciclo electoral. El planeta azul, quizá la única isla con vida inteligente del universo, avanza con rumbo catastrófico. Quién sabe si el recién nombrado director de este laboratorio cósmico no está ya condenado a perecer de la mano de sus experimentos. Pintan bastos, amigos.

Julio Valdeón

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