Rosalía, ángel flamenco, de San Esteban de Sasroviras, provincia de Barcelona, llega a Times Square. Ahí luce. Aupada al luminoso gigante. A hombros de Jennifer Lawrence. Ella, que nos enamoró con su quejido de tinta y caramelo. Ella, que creció enganchada a Camarón y a esa voz canastera que llegaba haciendo chiribitas entre estrellas de papel e incandescentes fraguas. Rosalía recibió el desdén de los próceres de la boina. Fue acusada de apropiación ilegal por una rapera de Jerez, que échale guindas el morro o la empanada. Al mismo tiempo, y para apreciar el valor de su gesta reparen en que el flamenco hace tiempo que está proscrito en Cataluña. Señalado con la etiqueta tóxica de música sospechosa por los comandos etnicistas. Hijo de unas tradiciones foráneas. Practicado por unas gentes ambiguas. Tipos morenos y pobres. Que lo mismo hablan de integración que insisten en cantar, los muy cabritos, en su lengua materna. Cómo olvidar o perdonar la afrenta de que la gran (y única) aportación catalana a la música popular del siglo XX fuera parida por un gitano, hijo de un vendedor de telas, natural de Mataró y de nombre Pedro Pubill Calaf. O sea, un genio absoluto llamado Peret. Cómo aguantar que la cantante más importante surgida en Cataluña desde los días de Serrat sea una cantaora, María Teresa Martín Cadierno, Mayte Martín, y que en uno de los discos esenciales de los últimos años, Al cantar a Manuel, dedique todo su talento a poner en pie los versos del maestro malagueño Manuel Alcántara. Así las cosas el subidón de Rosalía debe destacarse, primero, por lo que tiene de proeza cultural. De resistir pese a quién pese. Contra el acoso combinado de las racistas que se creen dueñas de este o aquel patrimonio cultural y también frente a la indiferencia, de nuevo racista, de unos señoritos que hablan de chonis y que si te salen melómanos ni saben ni quieren conocer nada que vaya más allá de Lucinda Williams o Tom Petty. Rosalía está ahí porque su voz se sube a la cabeza. Rosalía llega a Nueva York con esa rara capacidad suya para combinar lo comercial y lo sublime. Rosalía, de la que de momento prefiero su anterior disco, Los Ángeles, producido por Raül Refree y más volcado a un flamenco menor pero fulgurante, tiene el cuajo de María Jiménez, la belleza de una madonna del Polígono Sur, qué viva Pata Negra, y la inteligencia inevitable de quien sin darse pote ni vanagloriarse, con la facilidad de los elegidos, factura canciones telúricas, macarras y ondulantes, bellísimas.
