Qué tristeza, el ministro Borrell. Sonreímos cuando un 8 de octubre explicó que la bandera de las doce estrellas amarillas sobre fondo azul era nuestra estelada. No todo estaba perdido: aquí un político de izquierda al servicio de la república de todos. Un patriota constitucional con gotas de sangre jacobina. Gustaron mucho aquellas declaraciones relativas a la pulcra desinfección de las heridas. También el (estupendo) libro donde descuartizaba la milonga de las balanzas fiscales, los mitos del España nos roba y el supuesto hiperbólico de Cataluña independiente como Dinamarca meridional con plaza fija en la UE. Qué decir del debate con Oriol Junqueras, al que destroza con la impiedad debida a todo nazi. Era contemplar a Borrell en televisión y sentirnos representados. Una cosa un poco cursi, si quieren. Pero esencial dado que la izquierda española atusa el nacionalismo con los ojitos de quien encara el Kurdistán. Excluida la indulgencia socialdemócrata los tribalismos catalán, vasco, gallego y etc., quedarían a la intemperie como la ideología despreciable que son. Expuestos con las vergüenzas al aire. Igual que en Francia, donde resultan residuales, en Bélgica, tan dados a imitar la parafernalia de las SS, o en Italia, donde para vergüenza y escándalo europeo la infausta Liga Norte, pura xenofobia, ha llegado al gobierno. Los nacionalistas aspiran a fundar naciones a partir de un baile, una lengua, un te quiero, una sonrisa y una flor. Los nacionalistas profesan en el fetichismo de la cultura y la etnia, como buenos románticos, y ya solo sirven para decorar las pesadillas de 80 millones de muertos calcinados en dos guerras mundiales. De ahí que desesperen las piruetas de una izquierda acrobática en su empeño por blanquear el Mal. Un Borrell unánime en su desvelamiento de la impostura resultaba maná para los demócratas de este país. Pero Borrell viene del PSC. Que fue, es y será rutinariamente catalanista. Esto es, una organización embelesado por la pútrida idea de que los hay más iguales que otros en razón de no sé qué mierdas sentimentales. Borrell en la BBC dice que preferiría a los presuntos golpistas fuera de la cárcel, o sea, pone en solfa la decisión judicial mientras un Estado gamberro, Bélgica, insiste en perseguir nuestra soberanía judicial. Al mismo tiempo define a Cataluña como nación, como si los anglosajones fueran a entender nuestras sutiles volutas autonómicas. Largó Borrell, que sabe, él sí, lo que es una nación, y por supuesto lo que implica decir nation. Sus palabras, desdichadas aunque coherentes con las esencias del PSC, tumban el único cortafuegos antinacionalista en el gobierno.
