Y Colin Kaepernick decoró con su careto de hombre que ha visto casi todo los carteles de Nike. Y la revolución y la publicidad volvieron a su lugar dilecto. Allí donde la primera emplaza cambios y la segunda dispone sus estilizada mercantilización. Menos mal, claro. Nada más atorrante que entronizar a uno de esos puros que desbordan demagogia al primer toque ni más terapéutico que transformar sus sermones en limpias camisetas. Sucede que Kaepernick no es un chiflado, sino un atleta de élite empeñado en afear según que comportamientos de la policía estadounidense. Ya saben que los hombres de azul, suburbios de Baltimore, callejones del Bronx y Los Ángeles, tienen el gatillo fácil cuando tratan con sus conciudadanos negros. El problema de Kaepernick fue que Donald Trump, siempre ávido de azuzar el próximo huracán, le dijo traidor luego de que este se arrodillase mientras sonaban los acordes del himno nacional de EEUU. Una ceremonia, la de entonar el The Star-Spangled banner, previa a cualquier competición deportiva, que Kaepernick y otros colegas aprovecharon para escenificar sus protestas. De poco le sirvió la solidaridad de varias decenas de policías de Nueva York, y entre ellos Frank Serpico, que en los setenta destapó la corrupción del NYPD y fue inmortalizado por Al Pacino y Sidney Lumet. En opinión de la enloquecida alt-right, Kaepernick y sus compañeros traicionaron la bandera, la Constitución, la patria, la historia, el ejército y a sus nobles caídos. Todo un paquete de traiciones. Pero no hay maldición sin su reverso. En el caso que nos ocupa la evidencia de que cuanto Trump toca puede volverse oro. O mejor dicho, suculento contrato con una marca de ropa deportiva. Felices (casi) todos. El deportista porque después de su rastrera persecución vuelve a ganarse el pan. Nike, aunque Wall Street no parece tenerlo muy claro, por haberse situado coqueta en el lugar correcto de la existencia. Y Trump, siempre Trump, porque sus partidarios hayan recibido la campaña con mueca horrorizada. Munición extra para las próximas elecciones. De marketing, guerras culturales y ricos dólares va casi todo.

Julio Valdeón

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