Adelantemos la pésima opinión de las primarias que debe de tener cualquier persona sensible a los problemas de la democracia. Constituyen la mejor gatera para colar las soluciones homeopáticas, el recetario podrido y la magia potagia de cuantos asesores de imagen aletean por los departamentos de comunicación de los partidos. Por lo demás los señores que pagan la cuota y votan son militantes, ergo convencidos. Su opinión y consejos generalmente divergen de los del buen pueblo. Que las primarias son sinónimo de insolvencia intelectual, y a la postre de un férreo régimen de ocurrencias, puede constatarse con el fenómeno Podemos. O estudiando a Pedro Sánchez, ahora soy Kennedy con gafas tintadas, ahora me reúno con Torra y mañana lo que el viento y las encuestas bailen.

Dicho esto queda desearle al PP que su futuro presidente resucite al partido en un momento clave para España. Sería trágico que una vez perdida la esperanza de una izquierda homologable derrochásemos también la hipótesis de una derecha pulcra. Al respecto y sin ánimo aleccionador se me ocurren varias cuestiones esenciales. Digamos que un abecé para tiempos oscuros. Unas grageas como prólogo ahora que el gobierno autonómico catalán, heredero del que trató de dar un golpe de Estado, ordena al ejecutivo nacional que recupere los artículos (pocos pero decisivos) del Estatuto de autonomía de Cataluña que el Tribunal Constitucional había considerado anticonstitucionales.

Para empezar qué tal insuflar nuevos bríos respecto a la tolerancia cero con la corrupción. Conformarnos con las blandas manos de rigor y el y tú más sólo ha servido para talar las piernas del sistema y, de paso, para catapultar las posibilidades de esos candidatos radicales y sus siempre temibles cócteles de Fierabrás. Lo siguiente sería comprender que el Estado merece ser defendido. Vale ya de cambalachear votos y cuentas con unos partidos empeñados en mutilar nuestros derechos políticos. El bochornoso recuerdo de los últimos presupuestos a medias con el PNV y esas infumables partidas multimillonarias debiera de ser criogenizado para lección de los futuros escolares. La fundamentación predemocrática de los fueros y el medieval mantra de los, uh, derechos históricos de las regiones, también merece combatirse. Por razones de higiene democrática y, oh, de oportunidad política: hablamos de una magnífica causa progresista, maltratada y olvidada por todos. También urge posicionarse más allá de las faldas de una judicatura usada como recurso defcom mientras Moncloa dedicaba las mañanas al tancredismo y, ay, suspiraba por los bellos días en los que los supremacistas, muy celebrados en Madrid, apuntalaban el statu quo del bipartidismo mientras fumigaban la opinión contraria de los ciudadanos de sus autonomías no alineados con los evangelios según Arana, Martí i Julià, Heribert Barrera, Pujol y cía.

Luego está el engorroso asunto de que uno no puede abarcar todo. Qué tal si en algún momento el partido fija sus posiciones y, lejos de actuar con impulsos reactivos, camina por el mundo con unas cuantas ideas más o menos claras. Como derivada encontramos las guerras culturales. Peleadas con una mezcla de inoperancia teórica e incorregible vergüenza. Vean el 8-M. Aquella manifestación de un sector del feminismo que aspira a liquidar el feminismo por vía altermundista y lacaniana . O el caso de las protestas por la sentencia de La Manada. A las que se sumó parte del gobierno con olvido de que una cosa era discrepar, incluso discrepar de una sentencia que nadie leyó, y otra aplaudir a los pirómanos. No digamos ya aquel ministro de Justicia que difamó a un juez.

Es así como a partir de la radical intolerancia hacia la corrupción, la salvaguarda de los intereses generales y el Estado de derecho, la causa de la igualdad política y el respeto a la separación de poderes, el nuevo presidente del PP podría arrancar a construir un partido Ilustrado. Todo un acontecimiento, algo así como un rarísimo leopardo de Amur (panthera pardus orientalis) en un país que con más frecuencia que vergüenza ha fiado sus políticas, por descontado su inexistente discusión programática, a la milagrería y verbenas del siempre pinturero marketing.

Julio Valdeón

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