Un científico español, el profesor Francisco J. Ayala, ha sido expulsado de la Universidad de California en Irvine (UCI), tras las denuncias de 4 mujeres por acoso sexual. La llamada Oficina para la Igualdad de Oportunidades y Diversidad (OEOD en inglés) de la Universidad considera probadas las tropelías. Según explica en un artículo para el Diario de Mallorca el profesor y escritor Camilo José Cela Conde, colaborador y amigo del reputadísimo biólogo, los cargos consisten en “1) Tocar en el codo a una profesora en el transcurso de una reunión del departamento, para conducirla hacia un corro en el que estaban tratando un asunto de su posible interés; 2) Dar un beso en cada mejilla a una colaboradora suya para saludarla al ir a cenar a la casa de ella, delante de su marido y de la mujer de Ayala; y 3) Decir en algunas ocasiones a una mujer algo así como “te veo muy guapa y elegante”, en particular a una que estaba embarazada”. Si la institución considera que un empleado acosó sexualmente a colegas y alumnos, cuesta entender que no denunciara. ¿O acaso basta con la censura del claustro para que una persona reciba per saecula saeculorum la etiqueta de delincuente sexual y/o la OEOD actua como sustituto de los tribunales? Lo pregunto sin segundas, entre la canddiez y el pasmo. En España la descripcción del acoso sexual y sus correspondientes sanciones están fijados por el artículo 184 del Código Penal: “El que solicitare favores de naturaleza sexual para sí o para un tercero prevaliéndose de una situación de superioridad laboral, docente o análoga, con el anuncio expreso o tácito de causar a la víctima un mal relacionado con las legítimas expectativas que pueda tener en el ámbito de dicha relación, será castigado como autor de acoso sexual con la pena de arresto de doce a veinticuatro fines de semana o multa de seis a doce meses”. En Estados Unidos la ley considera que “Es ilegal hostigar a una persona debido al sexo de esa persona. El acoso puede incluir “acoso sexual” o avances sexuales no deseados, solicitudes de favores sexuales y otros tipos de acoso verbal o físico de naturaleza sexual. Sin embargo, el acoso no tiene por qué ser de naturaleza sexual y puede incluir comentarios ofensivos sobre el sexo de una persona. Por ejemplo, es ilegal hostigar a una mujer haciendo comentarios ofensivos sobre las mujeres en general. Tanto la víctima como el acosador pueden ser mujeres u hombres, y la víctima y el acosador pueden ser del mismo sexo. Aunque la ley no prohíbe burlas sencillas, comentarios improvisados ​​o incidentes aislados que no son muy graves, el acoso es ilegal cuando es tan frecuente o grave que crea un ambiente de trabajo hostil u ofensivo o cuando resulta en una decisión laboral adversa (por ejemplo cuando la víctima es despedida o degradada). El acosador puede ser el supervisor de la víctima, un supervisor en otra área, un compañero de trabajo o alguien que no es un empleado del empleador, como un cliente o cliente”. Conviene recordar que la abogada de varias de las demandantes ha reiterado que los supuestos abusos fueron frecuentes y venían dándose desde hacía años. Quizá las partes optaron por la vía extrajudicial por ser menos dramática. Pero al evitar los tribunales resulta natural preocuparse por la posibilidad de que las terribles acusaciones formuladas contra el profesor Ayala no pudieran sustanciarse delante de un juez: la devastadora hipótesis de imaginar que las universidades zanjaran como “acoso” unos comportamientos más allá del perímetro acotado por las leyes, actuando como policía y juzgados de la moral e, incluso, como legisladores pleniotenciarios. En el caso del “beso en cada mejilla a una colaboradora suya para saludarla” (Cela Conde dixit) diría que el anglosajón medio tiende a considerar dicho gesto con una mezcla de prevención y ascazo. He llamado a la UCI. Hablé con una empleada. Digo yo que la Universidad ha publicado en algún sitio el pliego de cargos que considera probados. Caso a caso. Dato a dato. Espero con ilusión las aclaraciones. Urge disipar dudas. Por ejemplo respecto a la alarmante contingencia de que la OEOD no hubiese permitido que testificaran “ninguna de las [personas] que Ayala presentaba como sus testigos” (de nuevo, Cela Conde dixit). Ahora que algunos reclaman la vuelta de la ordalía conviene descartar que la venerable institución se haya comportado con racista intolerancia hacia nuestras costumbres y/o haber celebrado lo que en días menos histéricos llamaban caza de brujas.

Julio Valdeón

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