Llega el Mundial, dimiten los ministros, salen disparados los seleccionadores y el españolito, corajudo, repite aquel conjuro, Ganar y ganar y ganar y ganar y volver a ganar y… del Sabio de Hortaleza. Como acunarse entre los chapapotes de la melancolía si somos los que sobrevivieron a cien competiciones con los nuestros desguazados por el pasto. Los náufragos de todas las tandas de penalti que acabaron mal. Los huérfanos del uy en la garganta instantes antes de que Eloy Olaya y Julio Salinas despedazaran nuestra angélica fe en que el mundo era noble, bueno y sagrado. Cómo temer a lo desconocido y maldecir la caída del seleccionador si fuimos los que saboreaban la frustración con cada lazada de nuestros delanteros frente al portero rival, obsesionados los arietes españoles con anudarse las piernas cuando lo más difícil era cagarla. Si supimos del fin de las ilusiones a partir de un animalito, los cuartos de final, que tronaba en neón rojo a las puertas del infierno. Si los mundiales, las eurocopas, fueron el cementerio marino de nuestras ilusiones, la medida de platino iridiado para medir las dimensiones del fracaso, la evidencia, masticada a una edad demasiado temprana, de que la liga más fastuosa, los clubes que atemorizaban al mundo, se convertían en lazaretos no bien sus mejores profesionales vestían la camiseta roja. Hasta que los Casillas, Xavi, Torres, Pujol, Villa, y cía., capitaneados por Aragonés y Del Bosque, ignoraron el derecho de admisión y fueron directos a la barra para beberse con ademán John Wayne el whisky etiqueta negra de los campeones. Y así como la Séptima nos convenció de que había vida más allá de las infantiles lloreras contra el Milán del 5-0, maldito sea, y de que gracias al gol de Koeman a la Sampdoria supimos que el espectro del Steaua ya no asustaba a los niños, necesitamos de una brutal goleada a Rusia en 2008 para convencernos de que España estaba dispuesta a conquistar la Galia, destronar a Moctezuma y liberar Leningrado mediante las sulfúricas gárgaras del tiki-taka. Como no hay nacimiento que no traiga aparejada la promesa del tanatorio conocimos también la resaca, el exilio del Olimpo, el descalabro en Brasil, que marca el fin de la generación dorada, y el ulterior e inevitable remate en Saint-Denis. Pero sepan los niños de hoy, esos que ya sólo han asistido a la debacle contra los holandeses y croatas, esos a los que el gol de Iniesta en Sudáfrica les debe de sonar como a nosotros los diabluras de Di Stéfano, Puskás y Gento, sepan, sí, que hubo un tiempo en el que España fue el sueño millonario en ogros de los equipos rivales. Un ajedrez vestido para matar. Una blitzkrieg trajeada. Una tesela de pases que adormecía al rival como los ojos de Kaa a Bagheera y Mowgli hasta que alguien mandaba parar con un cuchillo en forma de asistencia y alguien más, Cecs, Pedro, Cazorla, Ramos, Silva, Mata, Piqué o Senna, remataba el crucigrama. La defenestración de Lopetegui, injustificable excepto desde los parámetros de un lamento amoroso a lo Olga Guillot o Bola de Nieve, no asusta a quienes a lo largo de un siglo las vieron de todos los colores y volvieron para contarlo. Ganar y ganar y ganar y ganar y volver a ganar y…
