Se fue el cocinero renacentista, ácido y rockero, el divulgador, el melómano,el filósofo sin pedantería, enemigo del esnobismo, divulgador del negroni, a su entender el mejor cóctel del mundo, el amante de la casquería, los noodles callejeros, el punk del Bowery, el jamón de pata negra, la poesía de la beat generation, los divinos Stooges de Iggy Pop, la cocina de Ferran Adrià y los bares alérgicos a las chorradas, eternamente enemistado con quienes ejercen de fuerte con el débil y correveidiles con el fuerte, los tontainas de la corrección política, los puritanos en todas sus repugnantes encarnaciones y los cada día más aborrecibles enemigos de la Ilustración con independencia de que bailen sus chotis sentimentales a izquierda o derecha del espectro político. Anthony Bourdain, 61 años, chef, escritor, viajero, ha muerto de su propia mano en la habitación de un hotel en Francia. Había llegado a Kaysersberg-Vignoble para grabar un episodio de Parts unknown, la soberbia serie de CNN que escribió, dirigió y presentó durante 8 vibrantes temporadas. El suicidio de Bourdain resulta directamente inexplicable para quienes seguíamos sus andanzas de lejos. Convencidos de que vivía en el mejor de los mundos. Especialmente desde que proclamó su felicidad al lado de la actriz Asia Argento, una de las pioneras de lo mejor del #MeToo y a la que retrató en un capítulo inolvidable dedicado a Roma. Parece que fue otro de sus grandes cómplices, el cocinero Éric Ripert, mago en Le Bernardin, quien encontró su cadáver. «Anthony era un amigo muy querido», ha dicho Ripert, «un ser humano excepcional, inspirador y generoso. Uno de los grandes contadores de historias de nuestro tiempo, capaz de conectar con mucha gente. Le deseo paz. Mi amor y mis oraciones están con su familia y amigos». Bourdain había escalado el Olimpo gracias a un libro, Kitchen confidential, donde contaba la vida en las cocinas, los horarios de pesadilla, los pasotes, los vicios, los desparrames, insomnios y catástrofes de unos cocineros vapuleados por las exigencias de un oficio con vocación y exigencias vampíricas. Lo hizo, además, con prosa superlativa y ese pellizco cínico solo alcance de los mejores discípulos de Sam Spade. El germen de su epopeya fue un artículo que envió al New Yorker cuando todavía curraba de cocinero. El periódico lo publicó y poco después recibió ofertas para publicar su primer libro. El resultado fue tan original, tan inteligente y brillante, que Bourdain, paradójicamente, aterrizó en la televisión. Como no amar a quién se presentó diciendo que «la buena comida, comer bien, es una cuestión sangre y órganos, decadencia y crueldad (…) La gastronomía es la ciencia del dolor. Los cocineros profesionales pertenecen a una sociedad secreta cuyos rituales ancestrales derivan de los principios del estoicismo frente a la humillación, las lesiones, la fatiga y la amenaza de enfermedad. Los miembros del personal de una cocina se parecen mucho a los marinos de un submarino». Allí, primero en un canal del cocina y más adelante en la CNN, acuñaría un formato que puede calificarse sin hipérbole de absolutamente novedoso. El típico programa que pone de los nervios a los jefes, incapaces de aceptar que alguien escupa en la impersonal ensalada de la tercera persona. Un cocinero/periodista/escritor que viajaba por el mundo y, a partir de la cocina, arrojaba bengalas para iluminar algunas conexiones. Un narrador atento a la letra pequeña de las ciudades y las personas. Un pensador que no iba de nada y descolocaba a los modernos por su amor por las tradiciones, a los tradicionalistas por su absoluta disposición para abrazar la modernidad, y en en general a todos por la violenta originalidad y la dura belleza de sus reflexiones. Un hombre que hizo del método socrático un bisturí para indagar en las contradicciones de nuestro tiempo. Viajero, pero de otro tiempo, de cuando viajar parecía una aventura secreta para repensar el mundo, Bourdain fue más, mucho más que un mero presentador de programas gastronómicos. Quién dude no tiene más que ver los capítulos que le dedicó a España. Sus escapadas a Madrid, sus garbeos por San Sebastián, sus gloriosas reflexiones sobre El Bulli y Arzak, asombran por la capacidad para explicar y explicarnos con apenas cuatro elementos. Hay que ser muy listo, muy intuitivo, muy culto y muy valiente para saltar de país en país con la vocación desplanchada y la bendita facilidad de quien parecía inoxidable al desaliento. Pero el niño de Nueva Jersey, el joven con abuelos franceses, que abandonó la universidad para beberse el mundo, el joven aspirante a Rimbaud que cocinaba en los tugurios veraniegos de Cape Cod, el tipo que logró desengancharse de una bestial adicción a los opiáceos y acabó dirigiendo durante diez años Les Halles,habitaba también un continente de secreta melancolía. Su pérdida es inmensa para los suyos, pero también para cualquiera que amara la belleza, la bondad, la inteligencia. Pasarán las décadas y será complicado que alguien, en los negociados de unas televisiones cada día más aburridas y banales, iguale su audacia feroz, su luminoso talento. «El contexto y la memoria juegan un rol esencial en las grandes comidas de nuestra vida», dijo una vez, posiblemente inconsciente de que él mismo desempeñarían un papel importante en la nuestra. Gracias por tanto, maestro.

Julio Valdeón

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