Con esta vocación de actualidad, este oficio cosido a calambrazos y esta clase política, suscrita a los juegos de cubiletes, hay días en los que desconecto. Mañanas con el cerebro frito, cuando prefiero buscar otros pastos antes de practicarme una lobotomía o cortarme las venas. Frente a la evidencia de que el racista Torra reclama negociar de gobierno a gobierno, o sea, noqueado, embarco mentalmente a bordo del Falkor. Un pepino de 83 metros equipado con tecnología punta. Partió de San Diego hasta alcanzar el llamado White Shark Cafe, 300 kilómetros cuadrados entre Hawái y Baja California, donde todos los años se congrega buena parte de la población de tiburones blancos adultos de la costa del Pacífico norteamericano. No lo supimos hasta hace 20 años, cuando los científicos de la Universidad de Stanford comenzaron a seguir a los escualos lamniformes mediante dispositivos equipados con GPS. Creíamos que el White Shark Cafe era un desierto marino. Un yermo azul, desprovisto de vida. Pero la expedición del Falkor ya ha demostrado que estamos ante una zona inmensamente rica en fauna, de lo macro, tiburones, atunes, delfínidos, a lo micro, enormes masas de fitoplancton, si bien que a unas profundidades vedadas para los satélites espaciales. El misterio pasaba por averiguar la causa de la atracción que ese pedazo de agua genera entre los grandes tiburones, que abandonan las zonas costeras, repobladas en las últimas décadas por los leones y los elefantes marinos, sus presas favoritas, para perderse en el océano. Según explican los líderes de la expedición a la radio pública estadounidense, la npr, el descubrimiento de la fabulosa biodiversidad, en un territorio que creíamos vacío, nos recuerda lo mal que conocemos los mares, de los que apenas si hemos explorado un 5%, y abre la puerta a que la Unesco declare el White Shark Cafe patrimonio de la Humanidad. Y si ignoramos los océanos no les digo ya al tiburón blanco: nadie ha visto nunca a uno apareándose y/o dando a luz. Tampoco sabemos mucho de su vida social, más sofisticada de lo que asumíamos, incluidas formas de cooperación que refutan la idea prefabricada del predador solitario y glotón. Sólo recientemente comprendimos que viajan distancias colosales. Recuerden aquel ejemplar que fue de Sudáfrica a Australia y regresó. 20.000 kilómetros en 9 meses. Cómo para salir con un telerrifle en la rarísima ocasión en la que ataca a un bañista. Una idea, la del tiburón abonado a un territorio, anclada a la psique colectiva desde los trágicos sucesos en la región de KwaZulu-Natal, en Sudáfrica, durante el llamado Diciembre negro. 9 ataques, 6 de ellos mortales, entre diciembre del 57 y abril del 58. Creíamos, en fin, que los jaquetones viven unas pocas décadas y resulta que pueden ser centenarios: lo descubrimos gracias a una investigación reciente, que estudió las vértebras de varios ejemplares y encontró muestras del carbono liberado por las pruebas atmosféricas con bombas atómicas de mediados del siglo XX. De modo que tranquilos. Si estamos in albis con respecto a un pez al que hemos dedicado cientos de libros, documentales y películas, incluida la joya de Steven Spielberg, cómo no desorientarse ante las decisiones de unos primates teóricamente más listos, por supuesto más codiciosos y agresivos, obsesionados con pillar cacho y amarrarse a la púrpura.

Julio Valdeón

© Julio Valdeón Blanco / Diseñado en WordPress por Verónica Puertollano (2012)