En una semana, la vida. España, pilotada por los herederos del carlismo y la ultraderecha, o sea, el nacionalismo. Ese que favoreció la gestación de uno los países más descentralizados del mundo tras renunciar a las veleidades secesionistas en el 78 como Michael Corleone a Satanás en el bautismo del hijo de Connie. España, en manos de unos tíos que tienen de presidente autonómico a un completo racista. España, cautiva de un PP que abandonó toda esperanza para responder al golpe de Estado en Cataluña tras su negativa a asumir responsabilidades políticas por los escándalos. No ahora, sino hace un lustro. Como mínimo en 2014, fecha del primer referéndum. Cuando parecía posible reconstruir la legitimidad desarbolada, mediante la renovación de sus cuadros dirigentes, y ante la inminencia de lo que vendría. España, en el potro de tortura de un PSOE ventajista, que apoya al mismo gobierno vasco que pacta con el brazo político de Eta un nuevo estatuto que preludia la revisión mejorada del plan Ibarretxe. Un PSOE que habría comprometido quién sabe qué con los independentistas; esos que, por boca del portavoz Carles Campuzano, sostienen que «en Catalunya no hay fractura social». Un PSOE que aceptaría los presupuestos que ayer odiaba. Un PSOE al que solo parecen espolear los afanes cesaristas del candidato y su incomprensible desprecio por las monumentales caídas de sus rivales, de la dacha en Galapagar y el referéndum kitsch a Marta Sánchez en el papel de improbable Marianne pasada por Operación Triunfo. Con un gobierno vasco donde el PNV, alias Qué hay de lo mío, igual pacta los presupuestos por responsabilidad, y 540 millones, que te clava la lanza en el costado por responsabilidad, y 540 millones. Con un partido, Ciudadanos, que a ratos confunde el interés general con las predicciones demoscópicas y a ratos se antoja la última baliza previa al naufragio. Con una izquierda trash, Podemos, ensorbecida de peronismo y melopeas posmo de campus universitario estadounidense, y que no ceja en su obsesión por quemar la vieja foto de Carrillo con Fraga en el Club siglo XXI, la herencia de aquel PCE y su programa de reconciliación, pues «fuera de la reconciliación nacional no hay más camino que el de la violencia» y «existe en todas las capas sociales de nuestro país el deseo de terminar con la artificiosa división de los españoles en rojos y nacionales, para sentirse ciudadanos de España» ((Declaración del Partido Comunista de España. Por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica del problema español, junio de 1956). En una semana que resume lo peor de 40 años, la certeza de que más allá de las contingencias propias de cualquier democracia, corrupción y causas judiciales incluidas, el futuro gobierno desfila junto a los piquetes supremacistas, empeñados en desprestigiar primero y triturar más tarde la soberanía nacional, que «reside en el pueblo español, y del que emanan los poderes del Estado», y no en añejas unidades de destino en lo universal arulladas en los cajones del Nodo. Resta una clase política incapaz de comprender los rudimentos de patriotismo constitucional. Y Rajoy sin dimitir. Aunque solo fuera por denunciar a los modernos Franjo Tuđman.

Julio Valdeón

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