Hubo una sesión del Parlamento europeo para exigir que España cambie su Código Penal a raíz de la sentencia de La Manada. Ya nadie recuerda que por iniciativa de algunos ponentes, allá por el 95, eliminamos la palabra “violación”, considerada antigua, y lesiva para las víctimas. Acaso fue un empeño equivocado, pero bien está recordar que el partido más crítico con aquella renovación léxica fue el PP. Después hubo una señora, antropóloga, comisaria de Justicia, que sin estar aquí para hablar de los jueces españoles, y a mí que me registren, oyes, dijo a continuación no sé qué de interpretar bien las leyes y a ver si las instancias superiores resuelven como deben. Como yo creo que deben. Hubo y habrá gentes de todo tipo escandalizadas porque la justicia española opera zombi, agoniza entubada, bosteza grogui. Porque la justicia española funciona al servicio de los poderosos y agacha la cerviz cual indecente mayordomo y etc. Hubo demagogia para regalar, sofismos de todo tipo, trolas de mil colores, hasta que llegó la sentencia de la Gürtel, 51 años, 31, etc., y oh milagro, tuvimos 5 minutos de calma y el mar la mar porque me llevaste padre cual dulce plato dopado de ansiolíticos. Hubo, y fue bonito mientras lo disfrutamos, 5 de minutos de tregua entre las continuas invocaciones a Nelson “Puigi” Mandela, víctima del totalitarismo español, y los lamentos por la represión contra el valiente Chuck D fugado a Bélgica. 5 minutos de radiante paréntesis, no digas que fue un sueño, mientras cogían impulso, un pasito pa´lante, antes de deplorar que la justicia española ha condenado a 3 años y 3.000 euros de multa por amenazas y enaltecimiento del terrorismo a un poeta, guerrillero, intelectual, mártir, que debiera lucir currículum y foto en aquella Olympia Press que publicaba con riesgo de presidio a libertinos como Nabokov. Nuestro moderno Henry Miller ha escrito versos sublimes, pura metáfora, ideación poética, performance cruda, dignos de un Jean Genet o un Allen Ginsberg. No sé, cosas tan vibrantes y audaces como «Jorge Campos merece una bomba de destrucción nuclear», «Que no se alarme nadie la justicia es simple, pero está de vacaciones con Publio Cordón en el Caribe» o «Después mutilaré a la De Cospedal, con la rabia del pueblo Vasco a los GAL». Eso sí, renuncio a entender por qué algunos solicitan la quema de Lolita mientras aplauden a quien «Mataría a Esperanza Aguirre, pero antes le haría ver como su hijo vive entre ratas». Debe de ser que ignoran la cuarta pared, que separa al público del escenario. Importa más el destino de un personaje literario que las literarias invocaciones a torturar y/o asesinar personas de carne y hueso. Y eso que el amigo lo puso fácil en un reciente concierto, cuando pasó de las musas al teatro y animó a su público a «matar a un puto guardia civil esta noche. Idos a otro pueblo. No preguntéis qué podéis hacer por mí. Preguntaos qué os gustaría que hicieran por vosotros. Poned una puta bomba al fiscal de una vez».
