Murió César Alonso de los Ríos y no pude honrarle como quería. Murió César, al que recuerdo alto como un ciprés dandy. Saltaron los plomos de un tiempo en el que al oficio de periodista también llegaban los intelectuales mejor pertrechados. Comprometidos, como exigía el zeitgeist de entonces y refrendaban tipos tan íntegros, desprejuiciados y valientes como el hombre que había estudiado Filosofía y Letras en Valladolid, donde conoció a mí padre. Fueron amigos de por vida. Me presentó varias novelas. La última en 2006, cuando yo ya vivía en Nueva York. Su recuerdo, espléndido, brilla vehemente en mi cabeza ahora mismo con la potencia al rojo de una supernova. Había que escucharle, ensimismado, o polemizar, contagiado siempre por su arrolladora capacidad para invocar recuerdos, repasar mitologías y desarbolar tópicos. Había que cenar tortilla en Casa Lorenzo, en compañía de Pedro y Fernando, y carcajearse de las bromas del mundo, tan implacables, tan sórdidas, y a la vez tan poca cosa si César aplicaba el soplete de su inteligencia. De Ortega a Vázquez Montalbán y de Aranguren al 98 todo lo había leído y procesado, y en muchas ocasiones editado, en calidad de redactor jefe. Murió César, ay, que fue importante en Triunfo, con Haro y cia., y luego fundó La Calle, la primera a la izquierda. Estuvo en el Felipe y más tarde en el PCE. En los días en que el antifranquismo no era un juego retórico para fatuos señoritos sino una militancia que acarreaba cárcel y otras delicias. Murió César, que denunció hace mucho, y antes que casi nadie, el asalto nacionalista al Estado y, todavía peor, el fracaso de quienes incapaces de reconciliar sus traumas con la historia renunciaron a la nación de ciudadanos en favor de cuantos supremacistas llamaran a las puertas de un cielo entonces autonómico y hoy ya directamente golpista. Murió César, que empezó bajo la dirección del genio Miguel Delibes en El Norte de Castilla, en aquel glorioso suplemento donde también escribieron José Jiménez Lozano, Manu Leguineche y Francisco Umbral. A Delibes le dedicó un libro hermoso. A Tierno otro, La verdad sobre Tierno Galván, que no fue más glosado porque elegimos tiritar ante el osario del fraude prestigioso antes que enfrentar las amorosas crueldades de los malditos archivos. Si en España respetásemos a los mejores habría sitio para figuras como Christopher Hitchens o Alan Sokal, y entonces César habría recibido toda suerte de honores y se lo hubieran rifado estos últimos años. Pero era demasiado bueno, y sabio, para lo que tolera este oficio cainita. Murió César, y yo con él, de rabia y pena.

Julio Valdeón

© Julio Valdeón Blanco / Diseñado en WordPress por Verónica Puertollano (2012)