El viernes 5 el Empire State Building, el rascacielos de Kong, anocheció de añil y púrpura en homenaje a los policías de Nueva York. Lo vi desde mi ventana, mientras en el ordenador parpadeaba la petición de que ETA no apague la luz con 1 de cada 3 crímenes impunes. Por lo demás y como explica el profesor Josu de Miguel en un artículo esencial, vencimos, sí, y los enchironamos, aunque ETA ganó la batalla ideológica, educativa y cultural por incomparecencia del contrario. El Empire lucía como una antorcha añil y yo recibí otra petición, «Haz RT si también quieres que España dedique un Monumento en homenaje eterno a todos los asesinados por la banda terrorista ETA. Un memorial donde sus nombres queden grabados para siempre en un lugar de honor y memoria a los que pagaron con su vida nuestra Libertad». Retuiteé, claro, a sabiendas de que mis paisanos jamás harán tal cosa. Surgiría al instante la cofradía de la santa equidistancia, dando por saco, y la delegación de los tontos útiles, que prefiere mil veces dialogar con asesinos de niños antes que rendir tributo a un policía. Cosas de nuestra historia y del fracaso colectivo que atormentó al gran César Alonso de los Ríos, maestro, y uno de los primerísimos en denunciar con lúcida valentía el asalto nacionalista al Estado. Con la complicidad de una izquierda zombie. Al cabo el monumento no tendría sentido si no explica que las víctimas lo fueron de una organización política, y no de un grupo de brutos. No anda tan descaminada la adánica prensa extranjera cuando habla de separatistas. Porque eso fueron, eso son, y así opera el nacionalismo contra sus “enemigos”. Que la naturaleza de sus crímenes sea política no enjuaga la sangre ni los hace menos odiosos. Antes al contrario, redobla su peligrosidad. Apuntaban contra el político concreto, el Guardia Civil, el soldado o el periodista pero el objetivo definitivo era el sujeto de la soberanía nacional, el pueblo español. Igual, por cierto, que en la Cataluña del procés, con cuyos partidarios comparten incipientes bisbiseos de kale borroka y donde la mar de fondo resulta idéntica, del racismo identitario a las políticas de rodillo lingüistico y cultural y la obsesión por destruir el llamado régimen del 78. De hecho los, ejém, teóricos procesistas, firmarían encantados que «en adelante el principal reto será construir un proceso como pueblo que tenga como ejes la acumulación de fuerzas, la activación popular y los acuerdos entre diferentes, tanto para abordar las consecuencias del conflicto como para abordar su raíz política e histórica. Materializar el derecho a decidir para lograr el reconocimiento nacional será clave» (ETA, 3 de mayo 2018).

Julio Valdeón

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