Vuelve el hijo pródigo. Vuelve Lars von Trier a Cannes. O al menos eso insinúa el delegado general del festival, Thierry Frémaux. Entrevistado por la emisora de radio francesa Europe 1 Frémaux ha confirmado las conversaciones con el director de Rompiendo las olas para que lleve a La Croisette su nueva película, The house that Jack built, sobre las peripecias de un asesino psicópata. El impacto de la noticia tiene que ver con el hecho de que Von Trier fue vetado por el festival en 2011. Justo después de que con su acostumbrado talento para escupir la boutade más cafre confirmara su gusto por la parafernalia nazi. Cuando añadió que «No puede decirse que fuera un tipo estupendo… pero me cae simpático». Hablaba de Hitler. «No estoy a favor de la II Guerra Mundial, añadió, y estoy a favor de los judíos… aunque no demasiado, porque Israel nos suele joder bastante». La dirección reaccionó apopléjica. Exigió disculpas. Lo nombró persona non grata. En su apesadumbrado comunicado, manifestaba su tristeza por el penúltimo pasote del niño repelente y genial. Alguien que con generosa frecuencia había convertido sus ruedas de prensa en puro circo. La última e imperdonable afrenta, usar la prestigiosa plataforma para «expresar unos comentarios inaceptables, intolerables y contrarios a los ideales de humanidad y generosidad que presiden Cannes». Solo la siempre aguerrida Catherine Deneuve, con la que por cierto había trabajado en Bailando en la oscuridad, salió en su defensa. Hijo no reconocido de un ministro danés que luchó en la resistencia antinazi, Frits Michael Hartmann, Von Trier conoció la identidad de su padre biológico en 1989, por boca de su madre, Inger Høst, en su lecho de muerte. Entre tanto el resto de la profesión miró hacia otro lado y, sin solución de continuidad, siguió suspirando por una llamada suya. Un papelito, incluso uno insignificante, valdría: tratándose del muy zumbado e insoportable Lars siempre queda la posibilidad de que cocine una incandescente joya. No sería la primera. Ahí están las dos cintas antes citadas. O la fenomenal Europa. O aquella experimental, y muy lograda y claustrofóbica, Dogville con una Nicole Kidman en estado de gracia. La bellísima e inquietante Melancolía. A veces embarca a sus actores en proyectos infumables: Los idiotas, Anticristo o Nymphomaniac. To´ puesto de ego le puede dar por hacer de groupie de genocidas mientras cultiva la amojamada pose de enfant terrible. Y acabar director y equipo, estrellas y técnicos, vetados en todos los festivales de Cannes a Patagonia. Pero su robusta imaginación, su abrumador talento narrativo y visual y una audacia poco común entre los cineastas actuales justifican los graves riesgos de acompañar a tan inquietante caballero. El único cineasta danés cuya obra tutea la de Carl Th. Dreyer.
