En otra semana negra, con los jueces alemanes pendientes de si el fiscal del Land insiste en el delito de rebelión, los encausados por el presunto golpe chulean al juez del Supremo. Pablo Llarena nació en Burgos, en el 63. El mismo año en el que Harvey Gantt se convertía en el primer estudiante negro admitido por la Universidad de Clemson, Carolina del Sur. Hoy ejerce como tótem de la España democrática. Nuestro Gary Cooper, solo ante el peligro, cabalga al filo del precipicio. Acosado por todos. Con la jeta en una diana de sangre por las papeleras de Tractoria. Convertido en efigie de la involución en el imaginario de esa Cataluña violenta y cursi que odia la ley. Llarena acumula indicios para apuntalar el sumario más importante de la historia de este país desde el 23-F. Cumple con su oficio mientras el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, regala argumentos a la defensa secesionista: no me extrañaría que sus razonamientos aparquen en el escritorio de los jueces de Schleswig-Holstein, y no quiero imaginar si deniegan la extradición de Puigdemont con el sostén de esas palabras. Justo lo que necesitábamos cuando el procés de nunca acabar regresa desde la tumba. «Los países catalanes serán tu infierno», «Llarena Torquemada», «Llarena fascista». Los insultos contra el magistrado, exhibidos por el matonismo sentimental y rabioso, conviven con los mensajes de individuos como Jordi Turull. El ex consejero todavía farda de preso político. Olvida los graves delitos que se le imputan. Se trata del mismo Turull que en 2014 objetó ante el Tribunal Supremo la absolución de los acusados de rodear el Parlamento de Cataluña durante el 15M, a los que desde CIU tachaban, cosas veredes, de golpistas. Entonces, cuando pedía cárcel, no lloriqueó. Tampoco esta semana, delante de un Llarena al que pregunta graciosísimo por el «informe forense» de su «esfera psicológica interna» que le lleva a considerar que hubo delito. No lo cree él ni dos millones de partidarios de la independencia. Ni desde luego parte de la opinión pública en España y Europa. Los primeros porque viven enajenados. Los segundos porque prefieren destruir la Unión Europea antes que revisar su colección de tópicos, xenófobos loritos al servicio de la mentira reaccionaria que envenena el continente. Entre ellos y el vacío, entre su parla violenta y la ley, ya solo queda un hombre. Un nombre. Pablo Llarena. Last man standing.
