Si reprodujéramos los insultos que dedicó al Recluta Patoso explotaría la página con un pitido de alarma área. Forman parte de la historia del cine. Los escupió R. Lee Ermey, actor visceral, ex-sargento e instructor de los marines, veterano de la guerra en Vietnam, para solaz de un Stanley Kubrick feliz con sus excesos. El mordisco de unas palabras como pepitas de ametralladora, y su indiscutible y brutal inventiva (you´re so ugly you could be a modern art masterpiece) saja al espectador y entrega los mejores momentos de La chaqueta metálica. Aquella película sublime y a la postre fallida con la que el director de Senderos de gloria trató en vano de reeditar su magistral aproximación al género bélico. Emery da todo lo que le falta al largometraje desde el momento en el que la cámara abandona el campamento de reclutas y viaja hasta el sudeste asiático: dolor y verdad. Violencia sin cartón piedra. Paroxismo y miedo. El olor de la muerte. La canción de la guerra. Nacido en Emporia, Kansas, en 1944, el joven Ermey tuvo una adolescencia tumultuosa. Se enderezó al viejo estilo: en el ejército por “consejo” de un juez. Fue instructor en la base de los marines en San Diego, feroz combustible del que bebe su sargento Hartman. En el 68 lo enviaron a Vietnam, donde combatió durante 14 meses. Su carrera en el cine comienza con Francis Ford Coppola, al que asesoró para Apocalipsis now, película en que incluso tiene un papel testimonial. Sobrevivió en trabajos técnicos, de asistente y consejero, hasta que voló la cabeza del metódico Kubrick y lo convenció de que el Recluta Bufón, el Recluta Patoso y el resto de desgraciados necesitaban las carnívoras caricias de una mano de acero. Incluso le permitió cambiar y enriquecer sus monólogos. El resto es historia. Su interpretación lo llevaría a la antesala de los Globos de Oro, a los que fue nominado. Desde entonces trabajó en decenas de películas. Nadie necesitado de adrenalina quiso perderse el látigo de un Emery imparable. Incluso aparece en Toy story como el jefe del batallón de unos soldaditos de plomo leales a la justa causa de los juguetes. Ha muerto de neumonía, a los 74 años, y lo que queda de Hollywood, y el cuerpo de marines, lloran su ausencia.

Julio Valdeón

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