Luis Antonio de Villena presentaba este miércoles el segundo volumen de sus suculentas memorias. Dorados días de sol y noche. Lo acompañaron dos poetas, dos periodistas, dos grandes, Carlos Aganzo y Jesús Fonseca. Aunque me jode la tumefacta exhibición de nostalgias añoré como nunca viajar a Valladolid. Acercarme a Oletvum. Empaparme de la cultísima vitalidad y la golfería ilustrada, las noches sin cabotaje y las lunas de amarga ginebra relatadas por un Villena que frecuentó a todos, de Rosa Chacel a Jaime Gil de Biedma, de Vicente Aleixandre a Francisco Umbral y los Berlanga. Un Villena que enamora por la lucidez y la erudición. Por esa dulce extravagancia suya. De dandy relampagueante. Superviviente, marinero y testigo de otro Madrid y otra España. Más estimulantes. Más valientes. Seguramente más ingenuas pero también más originales e interesantes. Menos ablandadas por la histeria. Por el enmohecimiento propiciado por una suerte de igualitarismo comercial y social. De aplanamiento de la disidencia. De liquidación de la particularidad para acabar todos roncando en un corralito estético y moral con alma de realismo socialista bajo el disfraz de fluorescentes oropeles. Villena, cuyos versos pusieron combustible a mi adolescencia y al que sigo leyendo con fervor y gula, uno de nuestros escritores necesarios del último medio siglo, Villena, decía, fue habitual en la televisión de entonces. Que en su lugar florezcan las tertulias adictas a la nada y los concursos de higadillos, o que en las redes sociales triunfe el parvulario culto por la literaridad, la prohibición de toda ironía, el asedio y destrucción de la heterodoxia, ilustra el clima de nulidad intelectual que nos come. Para muestra, el jeta de Waterloo, delincuente y payaso con cargo a los presupuestos. O la triste portavoza en la Congresa de las diputadas.
