Murió Thomas Hudner. ¿Les suena? ¿No? Verán, acabo de leer su obituario en el Times, firmado por David Margolick. Hudner palmó a los 93 años. Fue piloto de la Fuerza Aérea durante la guerra en Corea y, de paso, un héroe, y disculpen si tecleo la palabra maldita. Estragada por quienes abaratan todo con sus histéricas sobreactuaciones. Que si presos políticos. Que si fascistas. Que si el concierto del siglo. A lo que iba. Una tarde de diciembre de 1950 Hudner sobrevuela territorio norcoreano junto a otros cinco cazas. De pronto ruido, fuego y metralla, y el avión de su compañero Jesse L. Brown que cae del cielo. Con la ayuda de Hudner, que lo dirige por radio, aterriza de emergencia en la afilada ladera de una montaña. Para pasmo de todos, que lo dan por muerto, sobrevive al choque. Malherido. Incrustado a un revoltijo de hierros. Cercado por las llamas en mitad de la nieve. A punto de que lo encuentren y rematen los soldados chinos, que lo vieron precipitarse. De momento, vivo. Así que Hudner, lejos de esperar al helicóptero de rescate, consciente de que morirá desangrado y/o tostado por las llamas si no interviene, se estrella a propósito. Lo hace, y sobrevive, y asiste al compañero moribundo, con una pierna enterrada entre los despojos del avión. Lo rodea de nieve para evitar que el fuego lo alcance. Le ofrece conversación. Coartadas para olvidar el espantoso aullido de la carne desgarrada y la alta probabilidad de que no salgan vivos. Cuando aterriza el helicóptero los oficiales médicos no aciertan a sacar al soldado Brown de la croqueta de hierros. Dice el Times que posiblemente falleció antes de que lo abandonaran en la nieve. No había salida. O moría desangrado. O lo mataba la noche. O las tropas chinas. Acabada la guerra Thomas Hudner recibió el reconocimiento de la nación. Conoció a la viuda y la familia del difunto. La sociedad reaccionó asombrada. Hudner era blanco. Brown negro. Apenas hacía dos años que se había revocado la segregación en el ejército contra los aspavientos de quienes creían que los distintos, aunque solo lo fueran por esa cosa tan ridícula como el color de la piel, no podían trabajar juntos. La valentía, la suprema dignidad de un Hudner que nunca creyó en las milongas de las identidades, estremeció en su tiempo. Según el Times acabó cansado de tanto homenaje. De pasear su hazaña. Pero jamás, ni cuando saludaba al respetable ni cuando recibía parabienes, exhibió su pudor o hizo visible el aburrimiento. Más allá del cansancio se debía al sacrosanto deber de recordar a sus conciudadanos la importancia de saberse libres e iguales. Y hasta qué punto resulta imprescindible jugársela por esa convicción.

Julio Valdeón Blanco

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