Valladolid ha celebrado el concurso nacional de pinchos. Valladolid ha sido muchas cosas pero sus habitantes rara vez hemos mostrado aprecio por nuestro ombligo. La anomalía nos honra y nos condena. Así que lo de las tapas, que hace del centro histórico de la ciudad uno de los epicentros del buen yantar en España, figura entre los raros momentos en los que Valladolid se achucha. Lo poco o mucho que España sea hoy en el mundo tiene algo que ver con la gastronomía y adivino pocos placeres semejantes al de acodarse en una de las barras de la ciudad. De la importancia de las tapas habla a las claras un momento sublime en aquel primer programa de Anthony Bourdain, A cook´s tour. Cuando de visita a San Sebastián lo sacan de potes y el hombre, aturdido por la magnificencia, apenas si dedica una mirada a cámara cuando le preguntan cómo está la penúltima. Una mirada de esas que valen por un libro, anulan la tentación de exagerar y, sabiamente, evitan que la cadena tape con pitidos las palabras que requiere el espectacular bocado. Está, estaba, cojonuda. Bourdain acaba de recibir su bautizo de fuego en España mediante la comunión con una de sus ideas más geniales. También gozó en una sociedad gastronómica y cenó, y flipó, en Arzak, pero la última peripecia, la de las tapas, le vuela la cabeza. Aunque el cocinero, escritor, viajero, acumula experiencias de campanillas con la elegancia, y el ritmo, con el que Jim Corbett cazaba leopardos y tigres devoradores de hombes, diría que sus viajes por España figuran entre los que más le impactaron. Él, y el Camba de Lúculo, y cuantos alguna vez vibraron con una cocina que es cultura, gozarían en Pucela.

Julio Valdeón Blanco

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