Con retraso y pasmo supe del escrache al congreso de columismo en León. Parece que los carteles no reunían la cuota exacta de féminas. Lucía Méndez, Karmentxu Marín, Edurne Uriarte, Cristina de la Hoz, Karina Sainz Borgo, etc., no alcanzaban para la arcadia del 50%. Ya puestos te preguntas por qué dejarlo todo en un triste prorrateo de género. Qué hacemos, con el asunto de la raza. Cuál era el porcentaje de columnistas caucásicas (y caucásicos). Cuál el de gacetilleras negras (y negros), y dentro de ese grupo cuál el de los articulistas bosquimanas (y bosquimanos). O en cuánto quedó la representación de las religiones. A ver si solo invitaron a cronistas amamantados en la tradición judeocristiana. Preguntas, sospechas, muy propias de la feroz vanguardia de la equidad social que encabeza esos días oscuros, de habitar la realidad creando otra paralela en las que no quede rincón sin censura ni pecador sin hoguera. Tan entretenida la falange del victimismo en señalar cualquier baldón en la ortodoxia de la corrección y sus obligarios mandamientos que empieza a recordar, por totalitaria y puritana, a la policía de la moral que patrulla las soleadas calles de Riad. Inmediatamente el diario Público elaboró un espectacular dossier de columnistas ausentes. Algunas muy conocidas, como Almudena Grandes, Elvira Lindo y Rosa Belmonte. Otras menos. Como la directora del propio diario Público, de la que ni antes sabía el nombre ni ahora, que he tratado de leer algo suyo, logro acordarme. Y ahí estamos. Entretenidísimos en rellenar unas cuotas que en el mejor de los casos apenas disimulan la propia cutrez. Amenizados por el cuajo infinito y el supersónico morro de quienes permiten sin sonrojo que sus subordinados los incorporen a una lista donde figura, entre otras, Soledad Gallego Díaz. Con la que tienen la gracia de equipararse por, imagino, compartir cromosoma. Y uno, que tiene en común el XY con Shakespeare, sonríe ya en una lista que incorpore al de Stratford-upon-Avon. Y puesto que Camba era moreno, y yo igual, jugamos en la misma delantera. Y me caerá un Cervantes como el de los maestros Delibes y Umbral y Jiménez Lozano y Guillén por lo de Valladolid y su/nuestro Pisuerga. Milagros de la entronización merced a unos derechos que adquieres no ya en la cuna sino antes. Incluso mucho antes. Allá por la placenta. Tan cercanos al azar gonosomático que nos evita llorar y protestar e indignarnos por la distribución de un talento que el cabrito del cielo pasó de darnos.

Julio Valdeón Blanco

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