En EE.UU Lance Armstrong confesó lloroso en el hombro de una Oprah Winfrey al tiempo consejera Troi y comandante Picard de la Enterprise, o sea, empática y severa; nosotros, cosas del país, vitoreamos a los deportistas tras ingerir un solomillo relleno de dinamita. No insinúo que Marta Domínguez se dopara, ni de lejos, pero fíjense en la noticia: la palentina ha recurrido su propia absolución, a cargo de la Federación de Atletismo, para que el caso no llegue a instancias deportivas internacionales. O sea, para que la IAAF, Federación Internacional, no acuda al Tribunal Arbitral del Deporte en Lausana. Los extranjeros, ay, dan credibilidad a las anomalías del pasaporte biológico de la española. Al pasaporte mismo. La absolución ahora recurrida se sostuvo entonces en que para la Federación de Atletismo -contra la opinión del CSD, la IAAF y la Agencia Mundial Antidopaje- dicho pasaporte no es fiable. El culebrón lo ha resumido Carlos Arribas en El País. Leo que para la defensa de la española «la utilización de datos de salud, concretamente análisis de sangre y pruebas periciales sobre los mismos supone una injerencia ilegítima en los derechos fundamentales a la intimidad y a la protección de datos personales». ¿Mande? Luchar contra el dopaje obliga, precisamente, a injerencias. Incluso violentas: recolecta micciones y usa vampiros. Marta es inocente, fijo, y la forma óptima de subrayarlo consiste en cotejar bolsas, el pasaporte a toda vela no corta el mar sino vuela. Los héroes del deporte, como los políticos, no digamos los atletas/senadores, deben tragar la quina de unos controles intolerables para el simple mortal. Prohibido participar en unas elecciones y negarte luego a declarar tu patrimonio. O competir en las olimpiadas y al rato exclamar en plan Renfield mi sangre es sagrada. Cómo preguntó Paula Radcliffe respecto a la Operación Puerto,«¿Sabe esta juez lo que ha hecho?». ¿Saben los jueces, los políticos españoles, lo que piensan fuera de nosotros y el dopaje? Ah, que nos odian. Pues nada. Relaxing café con leche y a otra cosa.

Julio Valdeón Blanco

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