Una regla no escrita dicta que en caso de duda consultes a Diego A. Manrique. Sus artículos ofrecen la primera línea de resistencia, el cortafuegos más fiable. Todo lo que nada, vuela o repta, caso de haber cantado, tiene en Diego a su primer explorador. Si los niños, un suponer, enloquecen con Fleet Foxes, les recordará que en California hubo tipos como David Crosby. Si este su fiel gusano entrevista a un documentalista que fue amigo y confidente de una exótica cantante peruana, de la que nunca había escuchado nada, tecleo en Google las palabras mágicas y encuentro, zas, la correspondiente cartografía “made in Diego”. Por vocalista andina me refiero a Yma Sumac, de la que ayer (¡ayer!), descubrí su existencia por mucho que, ay, sonara en la banda sonora de “El gran Lebowski”. Vaya mierda de crítico estoy hecho.

Breve comentario para quien, como yo, caminara en la inopia. Sumac nació en Callao (Perú). Autoproclamada descendiente de Atahualpa, triunfó en EE.UU. en los cincuenta. Deslumbraba su exotismo, su porte de princesa apócrifa, su alucinante rango vocal que le permitía viajar de los gorgoritos de las mezzosopranos al ululante gemido del bajo. Presumía de cubrir cinco octavas, algo así como una mezcla de Sarah Vaughan cruzada con Willie Dixon consagrada al lounge. Un repertorio, el suyo, objeto de culto por los cazadores de divas, entre el folklore de postal y los exhibicionismos operísticos, que Sumac salva con disparatada libertad. No hay sino que empaparse de la canción donde aseguraba imitar a las criaturas de la jungla, o esos fastuosos mambos, para entender porque compartió tablas con Édith Piaf y Marlene Dietrich.

Olvidada durante décadas, lo que ayer presencié me voló los sesos. El hombre con el compartí un botellín de agua en el hotel Chelsea, en la habitación que fue de Janis Joplin, la misma en la que Kris Kristofferson le tarareó por vez primera a la leona una canción titulada “Me and Bobby McGee”, atesora grabaciones y entrevistas íntimas de Sumac acumuladas durante casi veinte años de grabarla en su casa. Su final, el ocaso de la peruana nacionalizada estadounidense, se empaña todavía más cuando descubro que estuvo a punto de colaborar con un fastuoso grupo de lounge.

Mi interlocutor lo tenía todo listo. Había alquilado los legendarios estudios de Capitol en Los Ángeles, elegido el repertorio e, incluso, un traje a la altura del mito. El citado grupo había volado desde muy lejos para encontrarse con la maga. Aquello hubiera supuesto un regreso por todo lo alto, pero mal aconsejada, e intuyo que aterrorizada, huyó en el último momento. No hubo sesión. Se canceló el disco. Murió de un cáncer de colon a los pocos meses. Solo me queda rezar para que el hombre que quiso rescatarla encuentre parné y acabe su película. Les garantizo que será un delirio, un homenaje entre tinieblas, un viaje sin redención ni moraleja, un chute de emociones y hazañas, desolación y miseria. Entre Las Vegas, Sinatra y Broadway, Machu-Pichu y la URSS, la epopeya de Yma Sumac, fallecida en 2008, merece que este documental vea la luz.

Por mucho que cantara para el hijo de Miterrand y recibiera la Orden del Sol, la hija del Inca, ventrílocuo del jaguar y el cóndor, princesa triste del Nueva York radiante, kitsch en vena, todavía tiene que recorrer ese oscuro pasillo que, asegurada la tumba, permite que ciertos ídolos regresen del limbo

Julio Valdeón

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