Cuando sintonizo los Grammys tengo que corregir la mueca desdeñosa. Resulta muy fácil envenenar la escritura, posar de maldito, “connoissseur”, dandy, pero cuidado con la ironía, que también sirve para retratar al cronista como un petimetre. Hubo, lo sé, momentos ridículos. Provoca cierta hilaridad, lo siento, contemplar a Daft Punk y su parafernalia, más cerca de los eternos adolescentes disfrazados de “Star Wars” que de Kraftwerk o Devo. Entristecía comprobar que Stevie Wonder sigue en el limbo, casi un lujoso jarrón chino que colocas sobre el escenario. Ringo se limitó a figurar, con un machaca al lado que era el que realmente tocaba. Los dúos, tríos y cuartetos son una tortura, un popurrí con aire verbenero en el que nada encaja. Kris Kristofferson, Merle Haggard y Willie Nelson merecen mil reconocimientos, pero alistarlos junto a Blake Shelton rozó el insulto. La gente ama a Bruno Mars y servidor lo encuentra insufrible, mientras que Pink demostró por enésima vez que mejor nos iría a todos si se enrolara en el Circo del Sol. Beyoncé no tendría precio en las páginas interiores de “Playboy”; lo de heredar el trono de Aretha ya es otro asunto.

Pero también hubo regalos, oasis: Kristofferson premiado; el recuerdo a Jim Marshall, Cowboy Jack Clement, Ray Price o George Jones; la carita de tonta que se le puso a la vomitiva Taylor Swift; el gol por la escuadra de Kacey Musgraves; la elegante actuación de, sí, Billie Joe Armstrong (atención a su último artefacto, ya recomendado en estas páginas); el Mejor Disco Folk del Año a “My favorite picture of you”, de Guy Clark, etc. Y aquí viene lo bueno, lo que año tras año comento; a saber, la comparación terrible con España y cómo EE.UU. defiende su música. Porque, verán, por la alfombra roja de los Grammys pasean gargantas rutilantes, discos más o menos necesarios, estrellas y talentos, francotiradores, “hypes” y fantoches. Todo discutible, a ratos pastelero, comercial, dudoso, pero infinitamente más nutritivo que el lamentable cordón sanitario dispuesto contra la industria musical española, ese raro mamífero que palma sin remedio. Esta misma semana cerró la última gran fábrica de discos ubicada en nuestro país. Ah, que el disco físico es un formato en extinción. Pues vale, pues muy bien, todos a celebrar, de nuevo, que España sea más y más una tierra abonada al amateurismo, de músicos domingueros, grabaciones cutres, nula distribución y cero visibilidad internacional, un páramo donde todo dios piratea y nadie paga, un desierto de salas vacías y ventas anémicas, de radios indecentes y televisiones autistas, de programas de mierda donde triunfan los profesionales del karaoke, de emisoras públicas que babean a la caza de no sé sabe bien qué shangri-la juvenil mientras degradan su historia cepillándose los mejores programas, y así, de guantazo en guantazo, hasta cortarnos las venas con una cuchara de plástico, racarracarraca.

Claro que, uh, imagino unos premios con Bisbal y Shakira, un locutor que yo me sé de maestro de ceremonias, contándonos lo mucho que le quieren las estrellas, más Álvarez del Manzano o en su defecto Fernández-Lasquetty, ahora que tiene tiempo libre, para que expliquen (disponen de una creciente bibliografía en la que apoyarse) como entre Tierno y la CIA compusieron en un sótano de Davos las canciones de Gabinete, Golpes Bajos, los Urquijo, Nacha Pop, los Trogloditas, Víctor Coyote, Glutamato, Zombies, Siniestro, Fernando Márquez, Mamá, Parálisis Permanente, Pegamoides, Pistones, Aviador Dro, los Nikis, Radio Futura, Malevaje, etc., y de postre Raphael, tótem del rock and roll, incluso el garaje y el punk, y ¿saben?, casi prefiero la presente agonía, esta silenciosa muerte dulce que poco a poco nos come.

Julio Valdeón

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