He leído con agrado los artículos de Juan Puchades y Carlos Pérez de Ziriza en EFE EME a cuenta de los comentarios, o murmuraciones, en las revistas. Me cuento entre quienes prefieren los artículos sin grafitis. Al acudir al kiosko, si me das a elegir, que nadie pintarrajee el ejemplar que compro, y eso que por sus evidentes limitaciones de espacio el papel no permitiría al final de cada artículo más que un número limitado de lapos, cortesía de quienes hojean en la barra del bar. Por contra la infinitud de la red, en márgenes tipográficos y mala baba, facilita que semejantes cagarrutas crezcan de forma exponencial. En internet la barra es libre y con ella la vírica reproducción de insultos. Anónimos, solo faltaba, que el Gran Hermano vigila y la salud democrática se garantiza tras un pseudónimo, ¿verdad? Al contrario: solo hay democracia cuando dialogan ciudadanos, no nicks o caretas. Ibas a decirle eso al columnista, machote, si firmaras con el DNI entre los dientes, consciente de que tu caca/culo/pis puede llevarte al juzgado. Repito. Como lector, los artículos limpios de pegatinas. Ya decidiré a quién leo sin necesidad de que otros escupan. Y aunque todo dios se comportara con gallardía cuando leo el periódico me interesa lo que escriben sus periodistas, lo que firman sus colaboradores, el comentario de Azúa, el blog de Manrique, la columna de Savater, el trueno de Jaime Gonzalo, la sabatina intempestiva de Gregorio Morán, el ruido de la calle de Raúl del Pozo, el perfil de Ignacio Julià, la sabiduría y brillantez de Luis Lapuente, a los que conozco, juzgo o descarto, por su trayectoria, libros, trabajos, y no las opiniones, más o menos grasiosas, de una vecina de Lugo que firma como Juan Charrasqueado o un empleado de El Corte Inglés, alias María de la O, en sus tardes libres.

¿Y como escriba? Bueno, cuando abrieron las compuertas digitales nadie explicó que viajaríamos en compañía de lobos. Algunos comentarios enriquecen el debate. El viejo sueño del escritor que lee a sus lectores, liberado de la oscuridad de su covacha, ciudadano del mundo. O eso parecía, hasta que descubrimos que el juego era de suma cero; lo que ganabas en inmediatez lo perdías en carne, honestidad y riesgo. Lo explica, mejor, Arcadi Espada cuando define al “agradaor”: “Esto es, el tipo que escribe no para tomar postura sino para componerla, mientras espera los aplausos del respetable. Una escritura fuera cacho, pinturera, destinada a concitar adjetivos de masas como enorme o un rastro infinito de pulgarcitos levantados. Y es que los peores efectos no están actuando sobre el estilo. El forismo está produciendo una joven generación de escritores acojonados, completamente temerosos de dios, solo preocupados de no defraudar a sus clientes”. La posmodernidad consiste en preferir el sucedáneo, el jaleo de un respetable anónimo y ruidoso a las obligaciones firmadas con tu conciencia; lo falsificado, la papilla, sobre lo doloroso y real; la gracia embrutecedora, fácil, al doble filo carnívoro de la ironía, proscrita por cuanto en 140 caracteres apenas cabe un chiste. El escritor con agorafobia, solitario, dio paso al escritor acompañado en soledad por sus palmeros, acojonado, sí, y por tanto castrato.

Al respecto, hace años, un periodista del “New York Times” trazaba un paralelismo con la sabia certidumbre, exhibida por Michael Corleone, de que nadie te pidió que jugaras a esto. Pero qué difícil no quitarse los colmillos, abjurar de la inteligencia, masticarlo todo, con tal de que la bilis no te salpique el teclado. Hace años alguien, un equipo de ociosos, dedicó sus placeres y sus días a ajusticiarme. No le culpo. Yo tampoco me agrado a mí mismo. Entre sus exquisiteces figuraban jocosas chanzas sobre la espantosa enfermedad neurodegenerativa que mató a mi padre, jojojo, de cuya agonía largaban y no paraban, así como coloristas elucubraciones, plenas de sabor español, sobre mis hipotéticas bacanales (si yo les contara), toxicomanías (algunas, siempre de qualité) y fracasos (pocos, qué le vamos a hacer). Resultó esclarecedor. Aprendí a tirar de la cadena rápido. Teniendo tanto por leer solo faltaba quemar tu tiempo removiendo caquitas. No por lo que digan de mí, si bien entre mis vocaciones no figura ejercer de psicoterapeuta, sino por lo que escupan a otros. Repugna, lo siento, ser testigo, o sea, cómplice de vejaciones. Aguardo flamenco el día en que el ejemplo de EFE EME cunda y los editores dejen de babear ante la suculenta perspectiva de tropecientos comentarios anónimos, fabulosos si con ellos logras subir las tarifas publicitarias (cosa improbable: la mayoría de los exabruptos son obra de un número limitado de psicópatas, mismos payasos con distintas pelucas), aunque sea a costa de que el respetable sodomice, eviscere y decapite a tus empleados. Ay, la codicia.

Otro asunto sería que los comentarios, como las viejas cartas al director, fueran con apellidos, dirección, etc. Equivaldría a responsabilizarse de lo que uno escribe. Asumir que tus palabras tienen coste, precio y etiqueta. Reeducarse en los arcanos, puag, de la buena educación y la empatía. Actuar como adultos, no como niños salvajes o jóvenes leones de escuadra fascista. Evitar la cosificación de quien piensa distinto. Hacer acopio de racionalidad, valentía, madurez, antes que cosechar chismes. Demasiado para los fontaneros de calumnias. Esos que en nombre de la libertad pisotean vientres y frotan sus aguijones allí donde un hombre, un hombre con nombre, escribe desnudo.

Julio Valdeón

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