El primer vídeo que vi de Michael Jackson, ‘Thriller’, acabó conmigo debajo de la cama, aterrorizado ante la posibilidad de que los zombies llamaran a la puerta. Treinta años después duermo frente a un cementerio. Aunque conservo la capacidad de asombro dudo que un orfeón de muertos se presente a cenar. Tampoco me sugestionan las maniobras vudú, tipo resucitar fiambres o hacer pitanza con los panteones. Ni darle bisturí y tijera a su música. Lo que el finado había olvidado, o guardado, si quieren podemos sacarlo en andas, estudiarlo, disfrutarlo, pero si le cambiamos el motor, los guardabarros, la tapicería, los faros, la chapa y las puertas al prototipo que nunca abandonó el garaje tendremos una falsificación, al dar como nuevo y acabado lo auténtico e incompleto.

La diferencia entre restaurar y falsificar es evidente, menos en el rock, pop, etc., que respeta mal y poco su historia. No es arte, solo fogosidad juvenil, en el mejor de los casos. O mercancía, en el peor. Por tanto, susceptible de bricolajes. La idea es hacer caja. Con o sin silicona. No todos los casos son igual de graves. En el apartado de lo benigno figuraría “The promise”, el fantástico disco en el que Bruce Springsteen presentaba canciones perdidas de finales de los setenta. Su problema fue de presentación: aquel no era el puente levadizo entre dos obras maestras, “Born to run” y “Darkness on the edge of town”. Las voces regrabadas, los instrumentos añadidos, invalidaban esa posibilidad. El animalito era otro. Brillante. Tremendo. Pero otro. Claro que las canciones eran suyas. En 2010 bien podía rematar Springsteen lo que dejó inconcluso hacía tres décadas. Imagino la tortura de sentarse sobre unos baúles atiborrados de un material que sabes infinitamente superior a cualquier cosa que hayas escrito en siglos. Como para no meterle mano. El resultado, embriagador, lo es a pesar de que quisieran venderlo como una obra parida en el 77.

Distinto, peor, es lo que ha cometido Epic con el bueno de Jackson. El 13 de mayo publica un disco suyo lleno de inéditas. Como era el Rey del Pop y lo adora ha contratado a un ejército de productores. Hay que intentar a toda costa que que nade suene como lo dejó. Qué detalle. Lo titulan “Xscape”. Debe de sonarles modernísimo. A mí, de entrada, me parece una cataplasma. Mezcla épocas, estilos y obsesiones. Aquí un cardado. Allí unas hombreras. No olvides el sombrero. Los calcetines blancos. Ni a Paul McCartney. Bueno. No. Espera. A Paul mejor lo olvidas: todavía rabia al recordar el día en que le habló a Michael de Buddy Holly. “Xscape”, pues. Confían tanto que no contentos con alterar las canciones, “contemporaneizarlas”, las alternarán junto a viejos éxitos. De propina, el disco es doble, dispondremos de las originales. Telonero de sí mismo, Jackson pone las maquetas y Rodney Jerkins, John McClain, Timbaland y demás mercenarios, los sonidos. Pues vale. Cuesta imaginar en el mundillo literario algo similar. Que alguien, un hijo, un columnista, un negro, remate unos cuentos sería sacrílego. Adelgaza de adjetivos a Capote. Añade seis personajes a esa novela truncada de Baroja. Altera las descripciones de Joyce. Total, “contemporaneizar”. Ahora supongan lo mismo pero referido a la pintura. Oiga jefe, que hemos rebuscado entre los papeles de Goya y aquí el amigo Fernández ha dado con varios aguafuertes. No joda, los aguafuertes venden fatal en Sotheby’s. Me los colorea. Luego los digitaliza y les hace una manicura con el photoshop. “Contemporaneizando”, vaya.

Según los druidas de Epic el proceso de resurrección de “Xscape” dará como fruto “la mejor música nunca antes escuchada”. ¿Mejor que los duetos de Natalie Cole con su padre que está en los cielos? ¿Que el ‘Boig per tu’ de Sau cantado por la impar Shakira o el último de Beyoncé? Guau. Qué suerte. Salimos a obra maestra por semana.

Julio Valdeón Blanco

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