Está muy feo que el articulista se incluya en el obituario, pero también enjuaga wikipedias escribir que servidor estuvo en casa de T-Model Ford, hará tres años, en Greenville, Misissippi, y que el bluesman nos ofreció un concierto privado de una hora. La idea principal era entrevistarlo. Lo hice, claro, y abandoné aquel lugar infectado de blues, deslumbrando por la picardía del maestro y la exquisita locuacidad con la que daba cuenta de una vida demasiado sórdida. Nacido en fecha desconocida, fallecido de una insuficiencia respiratoria a una edad que podría ir de los ochenta y nueve a los noventa y tres años, Ford comenzó a tocar la noche en que lo abandonó su quinta mujer y como consolación le regaló una guitarra. No la que tocó la tarde en que lo conocí, pues se la habían robado, sino una copia idéntica, con forma de hacha, casi heavy, en la que el portento exprimía un racarraca hipnótico. Heredero de una de las tradiciones blues más añejas, la del Delta que se remonta a Charley Patton, Son House y cia., Ford, como la mayoría de los abuelos que sobreviven practicando las formas más rancias y austeras del blues, descreía cantidad de todo lo surgido a partir de los sesenta. En Mississippi, con la excepción hecha de B.B.King, existe poco respeto por los prestidigitadores de la seis cuerdas. Los conocedores prefieren el blues limpio de artificios aunque que Ford no fuera exactamente un cantante de blues acústico: lla huella de Muddy Waters, Buddy Guy y demás titanes emigrados a Chicago resultaba obvia.

Casado seis veces, padre de veintiséis hijos, encarcelado por apuñalar a un hombre en un bar, posiblemente envenenado por una de sus esposas, arrancó su carrera con cincuenta y ocho años y grabó ocho discos, la mayoría para el sello local Fat Possum, una de esas discográficas que por su impagable labor y profesionalidad invalidan de un disparo todas las bobadas posmodernas que contra la industria suelen largarse. Guasón y pillo, la tardía leyenda hacía honor a todos los tópicos blues con la indiferencia de quien se sabía inmune a cualquier pose. No había amargura en su discurso por más que malviviera en un arrabal de la autopista, en una casa patas arriba, con agujeros en las paredes, mientras muchos de los que mamaron aquel sonido a través de terceros hayan ganado el dinero que sigue vedado para la mayoría de los galeotes que se patean los juke-joints sureños.

Antes de entrevistarlo, de visita en Clarksdale, el pueblo donde murió Bessi Smith y nacieron Sam Cooke, John Lee Hooker, Ike Turner y Son House, hogar de Muddy Waters cuando se dedicaba sin demasiado entusiasmo a recolectar algodón y fabricar whisky casero, Roger Stolle, dueño de una tienda de música admirable, nos ayudó a contactarlo. Cuando al hablar por teléfono con su esposa, Estella Ford, explicó que su marido tardaría días en regresar, que venía de tocar en México, Stolle aclaró raudo que en realidad se trataba de Nuevo México. Descontado T-Model Ford, nadie en aquella casa, donde vivía con Estella y varios nietos, había salido jamás de las inmediaciones de Greenville. La gloria no paga billetes. Las viejas miserias, los perros del hambre, todavía muerden duro en Mississippi.

Julio Valdeón

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