Emociona escribir sobre un momento puro, feliz y sencillo. Contemplen a Nevaeh (en inglés Heaven, Cielo, al revés). Nacida con una cesárea en Phoenix, sujeta el dedo del cirujano. La fotografía es ya un fenómeno viral, que es la expresión clínica, algo inquietante, con la que definimos los sucesos urgentes que capturan la atención mundial. Un fogonazo, maullido dulzón, capturado por el padre, Randy Atkins, que avisado por el médico disparó su réflex. Cuenta la madre, Alice, que rompió aguas gracias al doctor Sawyer y su pareja estuvo ágil, por más que la emoción agitara su pulso. El blanco y negro, sucio, tenebroso, alivia de contemplar la sangre, aunque no sea más que el zumo rojo que alimenta la vida. En realidad hablamos de un reflejo: los recién nacidos tienden a agarrar aquello que hace presión sobre la palma de la mano. Un ejercicio biológico, animal, pero qué somos si no mamíferos que aprendieron a echar cuentas y alcanzaron las estrellas. Escuchará a muchos preguntarse por la idea de traer hijos al mundo, para qué, si vivimos entre cadáveres y todo se va al carajo. Por mucho que la angustia se haya hecho fuerte, fotografías así demuestran que cualquier día es bueno para empezar. Aunque la familia dudó entre colgar o no la foto en Facebook, el aluvión de felicitaciones demuestra hasta que punto necesitamos del optimismo. Los terremotos, los tsunamis, el huracán y el miedo, la economía destino tercer mundo, las preferentes y los desahucios, el paro y la peste, todo parece en contra. Pero la vida, huidiza y frágil, florece a trompazos. Más allá de los teletipos, el envejecimiento y la muerte, un bebé de Arizona, en el Estado del Gran Cañón, acunado por el ronroneo de los pumas en el desierto, lanza un grito invencible. Incluso con la que está cayendo tenemos la obligación de seguir respirando. Me recuerda, ya ven, a Woody Allen deprimido cuando entra por azar en un cine de Manhattan y encuentra una película de los Hermanos Marx: «Mira a los tipos de la pantalla», piensa, «son realmente graciosos. ¿Qué importa si lo peor es cierto? ¿Qué pasa si no hay Dios y sólo se vive una vez? ¿Acaso no quieres probarlo?». Duren lo que duren las pensiones, caiga o no el cielo sobre nuestro cráneo, el bebé lo tiene clarísimo y atrapa furioso el índice del médico como el pirata los cabos de abordaje. Hay que navegar y, tras la tormenta, asaltar las nubes, romper las bóvedas del cielo. La pesadumbre sólo se cura a limpios mordiscos de cruda vida, y cuando quieran negarles, como al poeta austral, el pan, la luz, la primavera, recuerden a Nevaeh.

Julio Valdeón

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