A Javier Rioyo, sonriente, culto, seductor, le debemos varias de las películas esenciales de los últimos veinte años, caso de Asaltar los cielos y Extranjeros de sí mismos, ambas junto a José Luis López Linares, o A propósito de Buñuel. Aprendió a usar la cámara escrutando Cero en conducta y L’Atalante, de Jean Vigo. Sabía que este país de moscas necesitaba rudimentos franceses para ahuyentar el hedor a choto. Ha repartido sus pasiones entre el periodismo, la literatura, los amigos, la noche y el cine. Quemó varias vidas en las mejores barras y tuvo tiempo para ejercer en Radio 3, donde participó en los tiempos heroicos. Columnista y reportero en El País, colaborador de Jesús Quintero, Iñaqui Gabilondo y Raúl del Pozo, ha presentado programas de libros en televisión y escrito sobre la memoria canalla de su ciudad —Madrid, casas de lenocinio, holganza y malvivir—. Vecino en Madrid de Sabina, amigo de Pepín Bello, Ángel González o Manuel Vicent, dirige el Instituto Cervantes de Nueva York, abierto bajo su mandato a la promoción de España y también al encuentro con Hispanoamérica. El Boom y el tango, Berlanga y Camba, el nuevo cine peruano y las películas escritas por Cabrera Infante, Sara Montiel y la joven narrativa argentina, el viejo/nuevo flamenco de las Tres Mil Viviendas, Uribe, Vargas Llosa o Savater han pasado por el noble caserón de la 49.

Lo que sigue es una conversación que arranca en el Lenox Lounge, benemérito club de jazz a punto de ser desguazado. Charlamos bajo una fotografía deMiles Davis, que tocaba en su Salón de Cebra, rodeados por un Art-Deco decadente, junto a los fantasmas de Billie Holiday, James Baldwino John Coltrane. El mitómano, gamberro con causa, viajero melancólico, irónico sentimental, testigo de tantos sucesos, cronista de la historia de España, o sea, algunos de los Rioyos posibles, toma asiento con rostro levemente congestionado por el frío. Multiplicada en los espejos, su palabra es afable, enemistada con la pomposidad. Receloso de concederse una importancia que siempre ha reservado a sus criaturas, prefiere hablar de otros, por ejemplo los sagrados monstruos Lorca, Ayala o Alberti que ha retratado con minuciosidad y bisturí en películas esenciales.

-Déjame comenzar por tu oficio de documentalista. ¿Cómo llegas ahí? ¿Qué te empuja?

-Teníamos, como en tantas cosas, carencias, y no se había hecho mucho, acaso porque el cine documental hubiera reflejado una realidad demasiado dura, y eso era imposible durante el franquismo, que lo domesticó, aunque al menos tuvimos la suerte de que legó el NODO, un material riquísimo, un filón. Al fin llegan Basilio Martín Patino, indispensable, un referente, que luego me ayudará y que a mediados de los setenta ya había hecho películas inolvidables como Canciones para después de una guerra, y estaba El desencanto, de Jaime Chavarri, magnífica. El cine documental tenía que renacer y reinventarse con la democracia, y hoy afortunadamente vivimos una explosión del género. Aunque no todos son documentales digamos cinematográficos.

-¿Cuál sería la diferencia?

-Tiene que ver con el cine. El cine es emoción en una pantalla. Da igual que la busques con la ficción o el documental. Si no hay desgarro, cabreo, lo que sea, estás limitándote a dar información, a rodar un reportaje periodístico, que es algo estupendo y necesario, pero distinto, sobre todo si buscas una mirada personal, porque en el caso contrario las herramientas serán distintas, menos relacionadas con la visión de un mundo. Tenemos al periodista que escribe sobre Nueva York y luego a Julio Camba sacando punta. A mí me interesa más Camba, y eso vale también para el documental. Los dos son subjetivos, el primer periodista y Camba, pero el segundo toma postura de forma explícita y se expone.

-Algo sobre lo que habrás meditado cuando hacías, por ejemplo, biografías.

-Yo he contado vidas, vidas largas, Alberti, Ayala, etc., y cuando tienes que narrar esas peripecias inevitablemente lo haces a partir de momentos. Seleccionas. Eliges. No hay más remedio, y ahí juega tu capacidad para editar, y elegir lo más sustancial, y lo quieras o no si tienes un punto de vista —no digo predeterminado, no se trata de ir con una tesis y que la realidad encaje como sea—, una idea, acabará por sentirse, componiendo tu propia visión. Haces una hora de entrevistas con alguien y luego sacas un minuto.

-Y al meter la tijera se te pueden enfadar.

-Aunque pretendes ser honrado, y que al cortar no alteres el sentido de lo que han dicho, porque eso debe permanecer, solo faltaba. Pero evidentemente algunos de los fascistas con los que ruedo Extranjeros de sí mismos, pongamos por caso, no les iba a dar mi opinión, no les iba a decir solo para agradar que estaba de acuerdo con su visión de Hitler, al que defendían, o con algunos comunistas. Yo estoy de acuerdo, en Extranjeros de sí mismos, con el descreimiento que tenían Berlanga o Ciges, más que con la seguridad que transmitían otros. Pero claro, yo les pregunto a todos, les dejo hablar, y como luego el documental dura una hora pues elijo. Y encuentro también en algunos de la derecha una melancolía, la mayoría eran —por así de decirlo— menos lúcidos. Aunque no sé, quizá ayude el hecho de que el muro que levantan los comunistas se derrumbó pronto, se le vio la patita enseguida, su voluntad de perseguir la legítima aspiración de ser libre del ser humano fue un sueño igualitario pero se cayó, y no hay más que ver lo que son los comunistas en Corea, o en Cuba, mientras que el muro religioso se renueva desde hace dos mil años, y eso les permite algunos seguir satisfechos, no plantearse sus contradicciones.

-A fin de cuentas son los comunistas los que defienden a la República.

-Por cuestiones históricas, de la situación del momento, son los estalinistas los únicos que tienen capacidad para protegerla, pero la República era pequeñoburguesa e ilustrada. La república hizo cosas muy importantes, no por el lado populista, sino en educación, el avance social, la reforma agraria, el laicismo, y aunque puede parecer que fueron blandos en realidad les cuesta la guerra, y aun así la demagogia contra Azaña…

-Azaña.

-Soy azañista, patriota azañista, ya ves, el tiempo me ha puesto en mi sitio, me llega otra vez la imagen de Alcalá, la calle de Alcalá donde vivió, y ahí seguía su familia, sometida a los insultos. Les habían robado las tierras. El padre era un historiador liberal, los habían esquilmado, no bastó con denigrarles, había que saquear como buenos parásitos. Con el tiempo conozco a un sobrino y a una hermana, supervivientes, exilio interior, no salieron a México, a Francia. Una familia burguesa, propietaria; el intelectual fue Manuel, sus hermanos y hermanas no, y solo les habían dejado la casa, y gracias.

-Algunos de tus documentales, tan corales, habrán requerido un trabajo detectivesco.

-No, no creas. Entonces sobraban las fuentes. Muchos se quedaron fuera por razones de servidumbre con el formato, algunos incluso nos dieron los testimonios más interesantes, o tan interesantes al menos como los que incluimos, pero más que nada disponíamos de un material muy rico.

-El final de una época.

-Quedaban muchos supervivientes. Hoy ya no, se han muerto la mayoría, pero entonces había muchos actores interesantes a los que todavía podías entrevistar. Aun así siento mucho no haber tenido antes a gente como Ridruejo. O haber hecho una cosa de la División Azul. O de las Brigadas. Pero fue interesante mezclar, porque lo intrigante era el fervor que compartían, y que ha sido derrotado por la historia, les ha quitado cualquier razón de ser; pero entonces, aunque enfrentados, había un fervor común que me parecía digno de contarse, de intentar explicarlo, gente que fue a morir y matar por unos intereses que en realidad no eran los suyos, manipulados, usados como carne de cañón. Ellos eran los peones, y España se usó como un campo de experimentos aprovechándose de que había una derecha tradicional convencida de que la democracia se le estaba yendo de las manos. Lo pagamos también los siguientes, que crecimos en un país triste, y eso todavía se está pagando, desde el lado de la desigualdad, de muchos de nuestros problemas.

-¿Te hicieron reproches? ¿Escocieron esas películas?

-¿Reproches? De los dos lados, de gente cercana, de la derecha y de la izquierda. A las críticas de la derecha no les di tanta importancia, contaba con ellas, no me parecían tan significativas. Si me pareció curioso, en cambio, que alguna gente de la izquierda se molestara, incapaz de mirar con distancia lo que había ocurrido, que no entendiera que nosotros solo buscábamos contar la historia sin un planteamiento dogmático.

-De hecho un conocido periodista español te reprocha en privado la falta de épica.

-Me dice que a la Guerra Civil si le quitas la épica la haces menos potente, y no comprende que se trataba precisamente de quitarle la pasión, despojada al fin de la mirada pasional. Murieron miles y miles de jóvenes, en el frente ruso o en Madrid. Qué cojones, si quieren pasión que peleen ellos, pero que no manden a morir a otros.

-Naces un 20 de octubre de 1952…

-El año no es importante, lo que sí importa es que el 20 de octubre es el mismo día en que nace Rimbaud… y Catherine Denueve, pero lo del año, no. Tenía que haber nacido más tarde.

-No he encontrado mucha información de tu familia.

-No sé si me gusta mucho hablar de ella.

-Hombre, cuéntame algo.

-Mi abuelo fue profesor de instituto y perito calígrafo. Va a Cataluña con la familia, allí nace mi padre, y regresa, antes de la guerra, cabreado por el ascenso del catalanismo. Le dan plaza en Ávila, y de allí a Madrid, durante la guerra. Mi abuela vivía en El Barrio de las Letras, en la calle León, y mis padres, cuando se casan, tenían una casa en San Mateo. Pero mi padre no nos ha contado mucho. Acabó en Alcalá de Henares. Yo entonces tendría siete años.

-Dices que no os ha contado mucho.

-No. En mi familia hay quien apoya a Lerroux, una tontería, ya ves, pero entonces estaba todo tan mal visto que hasta un leourrixta, derecha republicana, ya generaba rechazo. Pero nada, no se contaba nada. En España había miedo, mucho miedo, y todo se disimulaba. La dictadura fue terrible, aunque no pudieron domesticarnos, al menos a los de mi generación, pero lo que sucedió con las anteriores es distinto. Mi familia era liberal en las costumbres, en los gustos, había libros en casa, pero la política no se tocaba.

-¿Y dónde estudias?

-En el colegio público y luego en el instituto, que era un sitio maravilloso, en la vieja Universidad, en un edificio añejo, de modo que hacía picardías, y metía mano y fumaba mis primeros cigarrillos en la pila bautismal de Cervantes, que estaba casi abandonada. Un espacio mítico. En general la ciudad se conservó bien porque muchos de los antiguos colegios mayores fueron reconvertidos en cuarteles, de modo que por un lado teníamos a los militares, lo castrense, los uniformes, y de alguna forma la memoria imbatible de Cervantes y la machacada de Azaña, de la que me entero después. Un lugar, una ciudad, decadentes, con muchas historias del pasado, atravesada por traumas contemporáneos, y al mismo cambiante, en plena transformación, porque en los sesenta llega la inmigración de Andalucía, de Extremadura, de Murcia, gente que viaja para trabajar en las fábricas que se abrían, y al lado de la ciudad vieja, noble, antigua, florecen los barrios, que me fascinan. Hay una novela de Javier Cercas donde cuenta que en su ciudad, en Gerona, cruzando el río, florecía el peligro de los barrios. A nosotros nos pasaba lo mismo. Fuimos los niños de la burguesía ilustrada, pequeña burguesía, criados en una burbuja. Al lado, de pronto, encontrabas a aquellos chicos que no estudiaban, que se liaban a pedradas y follaban… Un choque completo.

-Unos descubrimientos vitales que no pueden separarse de la música.

-Empezaba el rock en España. Muchos de mis amigos tocaban en algún grupo, año 65, que es cuando arrancan los Bravos, los Brincos… De adolescente era socio de una cosa de que ya lo había sido mi madre, en Radio Madrid, en la Cadena Ser, los Diez Principales, ¿se llamaba así? Había conciertos cada domingo.

-Grandes grupos, aunque hemos tardado años en reconocerlo y solo ahora comienzan a aparecer estudios rigurosos, libros con amplitud de miras…

-Joder, claro, los Brincos eran nuestros Monkees, mejor, nuestros Stones, quizá un poco menos afilados, pero hacían buenas letras, música, luego derivan en otras cosas. O los Estudiantes. Fui amigo de Fernando Argenta, que era hijo de Ataulfo Argenta, y estos grupos, y lo he hablado mucho con Miguel Ríos, pertenecen a una clase social determinada… El barrio se incorpora después a la música, Burning y esos vienen después, pero los primeros grupos de pop y rock los forman estudiantes, chavales del instituto, que son los que pueden acceder a los discos e, importante, a los instrumentos, a comprarse un ampli, una guitarra.

-Casi como sucede en La Movida.

-Mmm, la Movida mezcla todo, está Paco Clavel que era un chico de pueblo, y Almodóvar también, con el hijo de Berlanga…
Hablando de la Movida, recuerdo a un alcalde de Madrid, uno que cantaba villancicos, diciendo aquello de que la Movida no dejó nada. Un planteamiento miserable que ha hecho fortuna.

-No tienen ni idea. Ahí está el legado de unos fotógrafos estupendos, revistas que dieron un paso a la modernidad, grupos fabulosos, de Radio Futura a Esclarecidos, Gabinete, Mamá… y Almodóvar, que es muchas cosas, hijo de su pueblo y del melodrama y del cine que viene de fuera, del atrevimiento, de la diversión gay, del glam rock. O Carlos Berlanga. O los fotógrafos, Pablo Pérez-Mínguez, que ha muerto hace poco, Alberto García-Alix, y dibujantes como Ceesepe o El Hortelano, o Mariscal en Barcelona. O las galerías… Un montón de gente, una amalgama muy rica que prende en todo el país, de Vigo a Barcelona y Sevilla, etc.

-Esa época te va a pillar compaginando radio y prensa.

-Sí, en el 80 ficho por Radio Nacional, entro en Radio 3, que estaba arrancando. Voy porque soy un periodista que conoce a gente, a Fernando Delgado, que fue el director entonces, y a muchos otros, y al mismo tiempo que los bares de modernos también frecuentaba a la pandilla del Oliver, que entonces era de Antonio Gades.

-El mítico Oliver.

-En la calle Almirante. Primero fue de Marsillach y Jorge Fiestas, que escribía unas crónicas golfas, de la noche, y luego se lo vendieron a Gades, al que conocí a través del doctor Barros, íntimo suyo, el gran seductor.

-Y entras en Radio 3.

-Todo ese grupo nos conocíamos del Sol, donde tocó todo el mundo, de Malasaña, de Chueca, de sitios como Libertad 8, y luego abre el Cock, donde se une ya la nueva derecha abierta, desprejuiciada, con la izquierda, la gente del Viejo Topo o de Ajoblanco con los de La Luna. Frentes distintos, unos más ideológicos, unos menos, Jorge Berlanga, que había traducido a Bukowski, etc., y en Radio 3 se mezclan Pete Seeger y el jazz, Moris y los modernos, gente tan necesaria como Manrique, Ordovás, Volpini, Ferreras, locutores y periodistas imprescindibles para entender la historia reciente de España, y aparecen Wyoming y Sabina y los juntamos con Millás oJulio Llamazares, o Vila-Matas, y el mundo de los que están haciendo cosas pasa por esos micrófonos, el espíritu de la poesía de la generación del alcohol, Gil de Biedma, Carlos Barral, etc., con los novísimos y los postnovísimos, y los del lenguaje, Alberto de Cuenca con Villena con otros más tradicionales, los Panero con Martín Patino, Querejeta con Chávarri, el cine, del neorrealismo hasta Zulueta, y todo entra en Radio 3, en las revistas, en los periódicos, que están cada vez más atentos.

-La música, mucho antes de que trabajes en Radio 3, La Barraca y tal, ya forma parte indisoluble de tu biografía. Y en tu biografía, como en la de tantos, la canción francesa e italiana, que se ha perdido en España. Ahora mismo, por ejemplo, no se publican los discos de clásicos contemporáneos como Battiato, y tampoco puedes encontrar los de Celentano, descontado algún recopilatorio.

-Absolutamente. Cuando yo quería declararme a una chica y ponerme cursi lo que hacía era acordarme de las letras de Adamo, o de Celentano, pero al lado de eso estaba también lo canalla, Antoine, o Sergei Gainsbourg, y eso inevitablemente nos pillaba cerca, porque nosotros, quizá tontamente, nos acercamos mucho a lo francés y poco a lo americano y lo inglés, una torpeza de mi generación, también porque no hablábamos inglés, estudiamos francés, en mi instituto había solo dos apuntados a inglés…

-El inglés era casi un exotismo.

-Empezamos a recibirlo, y me refiero a la música, gracias a las bases americanas. Las radios de Rota y Torrejón son las que primero, antes que Radio Luxemburgo, o como mínimo a la vez, nos enseñan de música. Yo escuchaba Torrejón y Luxemburgo, y forman parte de nuestra educación sentimental.

-Tampoco sería fácil conseguir discos.

-Dependía. Recuerdo el primero que me compré, uno de Donovan, Soldado Universal, en un bar de la calle Alcalá que tenía un Juke-Box, y cuando la renovaban los comprábamos allí, por muy poco dinero.

-Donovan, para siempre el pobrecito que trata de impresionar a Bob Dylan durante la gira en Inglaterra del 64, cuando le canta un tema en la habitación del hotel y llega el otro cabrón y le responde conIt’s all over now, Baby Blue, un poco injusto, tal vez, recordarle por cosas así, pero la comparación era imposible.

-Un Dylan menor, aunque discos suyos, como Colours, me parecen maravillosos. Pero yo no me compré antes los de Dylan porque sencillamente no los vendían.

-¿Y el cine?

-El descubrimiento del cine es previo. Había varios cines principales en Alcalá. Uno El Grande, un teatro del XIX, otro El Pequeño, que es el más antiguo de Europa, en la plaza Cervantes, anterior incluso que los ingleses, fue un corral de teatro. Allí íbamos casi todos los días, por cuatro o cinco pesetas, a ver dos películas. Mi madre era muy aficionada, y nos dejaba con mis amigos o con mi hermano pequeño a diario, repitiendo películas, y nos tragábamos todo, estrenos y también reestrenos, siempre con NODO. Dobladas, claro, y cojonudas. John Ford completo, La diligencia, por ejemplo… Las películas de Hitchcock, que nos dejaron fascinados, o Raíces profundas, de George Stevens, Los cañones de Navarone…

-El cine entonces, digamos, comercial, aunque hablamos de muchas de las obras maestras y los directores míticos de la historia.

-Sí. Y las fronteras eran vagas. Recuerdo ver en el cine Dore, donde está ahora la filmoteca, un ciclo dedicado a Jerry Lewis, y era una maravilla. Qué demonios, o Tu a Boston y yo a California, cursi, pero muy estimable. O My Fairlady, que me encantó, porque además yo estaba fascinado con Audrey Hepburn desde que vi Sola en la oscuridad, menor pero maravillosa, una cinta olvidada y muy bonita. O El coleccionista de William Wyler.

-¿Y el cine español?

-Muchas… recuerdo Noches de vino tinto, dirigida por José María Nunes, que era portugués, con Serena Bergamo, italiana, y Enrique Irazoqui, que había hecho de Cristo con Pasolini en La pasión según San Mateo, vasco, curioso, ¿verdad? Hablamos de lo que se denominaba el Nuevo Cine Catalán…

-Sin olvidar los cineblubs

-Montamos uno cuando yo tenía catorce o quince años, el cineclub Nebrija, del que salieron muchos cineastas. Poníamos las primeras películas que encontramos de Buñuel.

-¿Cómo unos chicos tan jóvenes encontraban esas películas?

-El cineclub lo hacíamos en un sitio de curas, el San Pablo creo que se llamaba, y ellos nos pasaban las películas, nos las alquilaban. Había un entramado, que tenía que ver con la iglesia, con la iglesia progre, y allí, aparte de alguna de Buñuel vimos muchas de Fritz Lang, de René Claire… y nos creíamos los más modernos. No sé, poco a poco nos íbamos haciendo cosmopolitas de pueblo. No era tan raro. Los cineclubs fueron una escuela del cine que había que ver, y se debatía, y eso era bastante normal, a partir del 68, quizá por la época, por el franquismo, había mucha avidez de conocer, de alguna forma lo prohibido estimulaba a buscarlo. Sin conciencia de ningún tipo al principio, no creas. Con trece años fui de la OJE, porque quería salir de campamento, ya ves. Mi madre quería pero a mi padre no le parecía bien, y me puse cabezota y mi padre dijo algo así como que se vaya, que se calle y se vaya a tomar por culo.

-Aparte de los cineclubs alguna vez te has referido a los colegios mayores.

-Fueron muy importantes, auténticos catalizadores culturales. Estaban los conciertos de jazz en el San Juan Evangelista… fundamentales, para la música, el jazz, la progresía, el cine, los teatros, algunos los llevaban los curas, pero había de todo, sabías que allí, casi cada día, o al menos cada fin de semana, había cosas, cine que ver, conciertos que ver, gente que ver, pelea que hacer, salir de ahí a manifestaciones, allí estaba la gente que se te parecía…

-Formación política y cultural al mismo tiempo.

-Empezamos a adquirir revistas antifranquistas, a leer de tapadillo a León Felipe. Pero vamos, cuando llego a la experiencia de los colegios mayores hay camino recorrido. Antes, en el bachillerato, en Alcalá, con dieciséis años, formamos un grupo troskista, porque hay unos amigos mayores, de económicas, de cosas distintas, que llegan muy renovados, y también cuando voy a París entro en contacto con los troskistas. Había que ser muy formalito para ser del PCE en mi generación, muy disciplinado, no era lo mío, mientras que los troskistas éramos más mosca cojonera. Luego en la facultad, muy politizada, me hago militante, e incluso cae un grupo de mi círculo… y ahí, aunque las habíamos visto de muchos colores, la político social a las puertas de la Complutense, las asambleas, las manifestaciones, todo, a partir de la caída corroboras que la cosa va muy en serio, claro. Me acuerdo de que en el 20 de diciembre, cuando mataron a Carrero Blanco, yo estaba en la cola del 1001, de las Salesas, apoyando. Entonces me detienen, como a tanta gente, no sabemos que han matado a Carrero. Nos llevan a unos furgones, a la Dirección General de Seguridad, y ahí nos enteramos de la noticia y pensamos, uf, nos van a enmierdar. Reconozco que sentimos mucho miedo. Tenía 21, 22 años. A partir de ahí no puede decirse que me despolitice, pero abandono ciertas cosas, la primera línea, y acabo en una zona, en una postura, más anarquista, por libre. En cualquier caso ya te digo que éramos soberbios jovencitos. Íbamos sobrados. Nos habíamos hecho una formación autodidacta, que tenía que ver con ir a tope. El sexo, drogas y R&R no era un eslogan. Si no eras un mojigato, lo absorbías. Tenía que ver con la política, el antifranquismo, con el compromiso, el sesentayochismo, la bohemia ilustrada, y al mismo tiempo, al menos en mi caso, con un cierto descreimiento de la política, si me permites la contradicción.

-¿Quienes estaban en el troskismo?

-Mucha gente, Nativel Preciado, por ejemplo, y otros. Muchos se fueron al PSOE, algunos desaparecieron de la vida política o cultural, otros acabaron siendo altos -cargos, directores generales, ministros, y algunos, unos cuantos, en la derecha.

-¿Militabas en la Liga?

-Si, la Liga Comunista Revolucionaria.

-O sea, incluso dentro de la marginalidad, con los heterodoxos.

-Nunca fui muy práctico.

-Imagino que sorprenderá contemplar el camino recorrido por algunos.

-Antes te contaba de Las Salesas. A mí me detuvo Billy el Niño, y en realidad no era la primera vez, él mismo ya me había trincado en la Gran Vía. Pues bien, pasan los años, y a mediados de los ochenta me invitan a los toros Julián Martínez, de El País, un tío maravilloso, y Raúl del Pozo. Estaban los hermanos Lozano en Las Ventas, y había toreado Ortega Cano, una faena increíble. Fuimos a saludar a los Lozano, había mucha gente, recuerdo a Mario Conde, que estaba empezando, y de pronto veo a alguien que me da mal rollo, y recuerdo, y caigo en que es Billy el Niño. Envejecido, con una melenita, como un ye-ye anticuado, los ojos saltones… Me giro hacia Julián y Raúl y les digo: mira, este tío, puf, se ha reciclado… Creo que trabajaba en el equipo de seguridad del Banesto. Julián y Raúl, que ellos sí las habían visto de todos los colores, muy comprometidos, me calmaron, me pidieron que me tranquilizara, que no le diera más importancia. Supongo que tenían razón. Reconozco que cuando lo vi me repugnó. Darle la mano me jodió, incluso creo que lo escribí, pero tenían razón Julián y Raúl, eran más listos que yo, más inteligentes, y yo más joven. Teníamos que ser más generosos que ellos. A lo mejor no tendríamos que haber hecho tantas concesiones, pero bueno, el torturador ya no lo era, no daba miedo. La Transición, para la mierda de país del que veníamos, fue casi modélica. Incluso milagrosa. Aunque cuando te digo lo mucho que me costaba saludar a Billy el Niño pues bueno, ahí estaba, el torturador, que ya no iba a torturar más, con un trabajo de tercera, de gorila, y obligado a soportar miradas acusatorias, avergonzado socialmente.

-Volviendo a la Facultad, tu familia, ¿algo de miedo tendría?

-Claro, cómo no. Mi padre se asusta mucho cuando le cuentan que yo muevo panfletos. De todas formas me fui de casa con 18 o 19. Nos íbamos antes, era distinto, nos íbamos muy pronto. Comprendí que las peleas y las broncas iban a aumentar, que no merecía la pena. Me voy con mis amigos, y me apunto a Filosofía, y luego a Políticas. Quise entrar en la Escuela de Periodismo, pero había un examen muy duro, había que preparárselo mucho, y yo ya era un bon vivant joven, no quería estar ahí atado, había demasiadas cosas que hacer, y como te dije era más descreído, y bueno, en la Facultad, la verdad, no hago mucho caso, aunque desde muy pronto, desde primero o segundo, ya colaboro en distintos medios.

[Rioyo habla con voz ronca, de cigarrillo rubio, que abandonó, aunque se le nota la codicia antigua por la nicotina, que enronquece la mirada con nostalgia de noches. Mezclamos sin querer los temas. Imposible centrarse. Hablamos de las novelas sobre Brooklyn, las vespinos en el Madrid de los sesenta, los curas de entonces, los boleros de Bola de Nieve —fue el primero en hablar de él en España, antes del disco que sacó Mario Pacheco en Nuevos Medios con texto de Cela—. O recordamos Surcos , la película de José Antonio Nieves Conde]

-Es curioso, pero a Franco el cine le fue hostil incluso cuando mandaba, excepto en las películas que pagó directamente, Raza y tal, pero ahí tienes a Conde, con Surcos, un falangista, de una falange por libre pero del régimen, y saca en los cincuenta una cinta terrible, donde retrata toda la podredumbre del sistema, la corrupción, el engaño. O José Luis Sáenz de Heredia, que fue amigo de Buñuel, defensor de su obra, aunque hizo una miseria concesiva y estúpida, Franco, ese hombre, una alabanza del dictador, que es lo que hacen las dictaduras, encontrar un poeta, un cineasta, un pelota, un Pemán, que les da el discurso, o mejor se lo maquille, se lo embellezca, pero Heredia había hecho películas cojonudas y a su manera críticas.

-Años después Almodóvar diría algo así como que la mayor venganza contra el franquismo fue hacer un cine que lo negaba, donde parecía que Franco no había existido.

-En esas películas que citábamos Franco tampoco estaba, o sí, quiero decir, claro que sí, pero para criticarlo, sin verbalizarlo de una manera obvia. Ni siquiera los suyos le son leales.

-A pesar del medio.

-Porque esos tíos tenían talento, y aquello era tan miserable, tan pequeño, tan beato, con una historia inventada, una religión única, algo así como un país africano con el añadido de un exotismo, el ser católicos, que incluso a los cineastas digamos más afines al franquismo les resultaba imposible decir algo bueno, o al menos que no se notaran las contradicciones, la fealdad, la chapuza, el asco.

-Quién lo diría, leyendo los textos que hoy publican algunos, una mezcla de revisionismo interesado, Causa General y panfleto, herederos de Joaquín Arrarás, guapeados defensores de la Cruzada.

-Bah, los neofranquistas, no les doy mucha importancia. Venden mucho, para un público que no sé si me atrevería de calificar de cautivo, desde luego desinforman, reinventan; aunque invención histórica, pero menos grosera, la ha habido en todos los ámbitos, más allá de la objetividad de los hechos. Tanta que uno acaba muy desencantado, buscando disfrutar de los libros de historia, entre otros factores, por el placer del texto bien escrito.

-Pero eso ya no es historia sino literatura. De ficción, quiero decir.

-Cierto, estoy de acuerdo, aunque también es importante evitar el sectarismo. Mira, recuerdo cuando presentaba un programa de televisión, en TVE, Estravagario, que una periodista me preguntó a quién no invitaría, y dije: a Pío Moa. Bueno, en realidad dije que no lo invitaría porque no me me parecían de fuste sus escritos, porque había gente mucho más interesante, y luego por eso de simplificar, tan caro al periodismo, lo redujeron a ese titular, en el que yo quedaba como un sectario; pero incluso así comprendo que me equivoqué. Por qué no voy a entrevistarlo, y colocarlo frente a especialistas para que haya un debate, por mucho que nuestras posiciones ideológicas sean antagónicas. Fue una estupidez, me temo.

-Al cabo lo que tú piensas ya lo sabes. Siempre será más interesante escuchar a los otros. Aunque solo sea para que se retraten.

-Eso.

-Aunque nos saltemos el orden, si es que nos resta alguno, has mencionado Extravagario.

-Fue una aventura magnífica. Un programa de libros que llegó a tener picos de audiencia del 8%, lo nunca visto. Hasta que empezaron a pedirme que incrustara minireportajes, como si la oportunidad de escuchar a unos autores hablando tranquilamente sobre sus libros fuera demasiado para la audiencia.

-No es lo único que has hecho en televisión.

-No, que va, he hecho mucha televisión. Comenzando por Sabor a Lolas, aquel programa para el que me llamó Raúl del Pozo, que lo dirigía, que me ha llamado para varias aventuras gloriosas, con la idea de hacer un programa insólito en Antena 3, que estaba empezando. Nunca me he divertido tanto. Alaska y compañía dicen que es el programa más peculiar y surrealista de la historia de la televisión española. Entré de subdirector. La idea era llevar a intelectuales para que los entrevistarán las Flores, y en el Casino de Madrid. Invitamos, entre otros, a Leopoldo María Panero, a Manolo Vázquez Montalbán, a Aranguren, a Francisco Umbral, a Paco Rabal. O a políticos como Fraga o Enrique Múgica. O a Cabrera Infante, Antonio Gala, Fernando Trueba, Jesús Aguirre, Terenci Moix, Jesús Hermida, María Asquerino… También fuimos los primeros en llevar a la tele a ese anarquista maravilloso y loco que es Albert Pla. Allí tocaron Willy Jiménez y Chanela, José el Francés, Manolo Tena, José Soto El sorderita, Celia Cruz… Hubo momentos fantásticos, como cuando un día Lola, harta de nuestros invitados, se plantó de jarras delante de doscientas personas hecha una fiera: “¿Quién hay hoy?” Y nosotros, “Uh, Javier Sádaba“. “¡Y quién es ese!”. “Pues un filósofo y tal y cual”. “¡Estoy hasta el coño de tanto filósofo! ¡Hasta el coño! ¡Parece un programa de rojos, de socialistas!”. “Pero Lola, si es amigo de aristócratas y…” “¡Pues no lo hago!”. “Lola, pero si este es muy guapo, mira, está ahí”, y Lola se giró y dijo, “Uy, si se parece al Pájaro Espino”, y le encantó y se hizo la entrevista.

-(Risas) Genial.

-(Más risas) Le recordó a Richard Chamberlain… Cuando acabó Sabor a Lolas me quedé en Antena 3, me lo pidió Manuel Campo Vidal, para hacer un programa con una chica maravillosa que se llamaba Elena Ochoa, hoy Elena Foster, e hicimos un programa muy muy interesante, y maldito, que no vio nadie porque lo pusieron en horas imposibles, no sabe la razón. Pero a Elena no le tenían cariño, y eso que ella era una chica inteligentísima. Tuvimos, entre otros, a Bianca Jagger, o a Carles Santos, músico maravilloso, uno de los grandes de la vanguardia española, si no lo conoces hazte con sus discos, yo tenía varios, uno que hizo en Nueva York, Voicetracks, otro que sacó en Nuevos Medios…

-Legendarios Nuevos Medios.

-Ah, de mi adorado Mario Pacheco… Fuimos muy amigos, un tipo estupendo. Pero bueno, el programa no funcionó, culpa mía en buena manera, porque me dejan vía libre para hacer lo que me de la gana y hago locuras.

-Hablando de Mario Pacheco y de Nuevos Medios… su muerte coincide con la elección del flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y muere Pacheco, digo, con todo lo que hizo por el flamenco en España, y nadie, excepto Diego A. Manrique en El País, Juan Puchades en la revista Efe Eme y pocos más, o sea, los de siempre, salen a reivindicarlo, a explicar la importancia radical de este señor en la cultura española contemporánea.

-Mario ha sido un hombre decisivo, un tipo extraordinario, fotógrafo cojonudo, de la cultura y la Movida madrileña cuando aún no se llamaba Movida, lleno de energía, que parecía sacado de un conjunto pop, y no solo promociona a los Nuevos Flamencos, sino que por ejemplo publica, y ahí tuve algo que ver, y por eso me hice amigo suyo…

-Publica a Bola de Nieve, ¿verdad? ¿Cómo fue la historia?

-Sacó dos discos. Yo ponía mucho a Bola de Nieve en Radio 3, creo que fui el primero en pincharlo en España, y me llamó y me dijo, tengo los derechos de Bola de Nieve, y conseguimos que sonara, que al fin se le editara en condiciones

-E incluyendo en el libreto un texto de Cela.

-Sí señor, con un texto de Cela. Mario también editó, si no recuerdo mal, a Umm Kalzum, la gran cantante egipcia…

-Hablando de Nuevos Medios, tú les dedicaste entonces un programa de televisión al Nuevo Flamenco.

-Sí, en Granada. Estaba Morente por arriba, de los clásicos, y muchos de los jóvenes. A mí el flamenco me apasionaba, solía ir mucho a un club que se llamaba la Cartelera, antes de que existieran Casa Patas y tal, situado justo al lado de donde vivía el último verdugo del franquismo, al que entrevisté, y ahí estaban Caballero Bonald, Félix Grande, los históricos. También los defensores de la transgresión, del Nuevo Flamenco, y frecuenté y quise a muchos de los músicos, nos hicimos muy amigos; mucha gente que luego grabó con Mario, mucha gente de Jerez, se acuerdan los Agujetas. No, espera, Agujetas vino después, entonces estaba por el mundo, pero se acuerdan los Sordera, los Carmona, o José Mercé, de cuando éramos jovencitos y andábamos en ese mundo y conspirábamos.

-¿Y lo de Granada, el programa?

-Fue un homenaje al encuentro flamenco que hubo en Granada con Falla y Lorca, y muchos años después se hizo un encuentro en el mismo sitio donde hicieron el festival de la reivindicación del flamenco. Se me ocurrió llamar a Victoria Abril de presentadora, a la que adoro y hace años que no veo. Había flamencos conocidos y otros del pueblo, completamente desconocidos, y recuerdo que iba con el realizador a ver a uno de los flamencos a su casa, en el Albaicín, y estamos en su salón y el realizador le pregunta “¿Y usted a qué se dedica, aparte de cantar?” “Soy pintor”. “Anda, ¿y cual es su última obra?” Y el paisano se le queda mirando y responde con voz cavernosa: “El cuarto de baño”.

(Risas)

-A ver, el tío, el madrileño, se debía de pensar que el cantaor aquel andaba de exposiciones y galerías… Por cierto, sabes que en esa época ya trabajaba con Jesús Quintero.

-Por Quintero quería preguntarte, porque además tiene relación con Raúl.

-Fue Raúl el que me llevó hasta Quintero, con el que había trabajado mucho. Raúl ha sido mi amigo, mi padrino, mi maestro, todo. Lo conocí de noche, salíamos mucho, somos un par de generaciones trasnochadoras, pero porque ahí estaba la cultura, una universidad de libros, vidas, aventuras, que no tenía nada que ver con lo que se ensañaba en las aulas, y que en parte se ha perdido. A Raúl ya lo conocía de leerlo, me enamoraba su escritura, claro, me deslumbró desde la primera vez que leí un artículo suyo, y encima lo conozco y descubro que es un hombre generoso, vital, divertido. Yo era el joven —bueno, Raúl siempre ha sido joven—, y me introduce en su pandilla, y ahí tengo la suerte de conocer y ser amigo de Manuel Vicent, de Tito Fernández… Había mucha gente interesante, genial, con un talento apasionante, y en esos ambientes, de forma inevitable, encontramos también mucho jeta y mucho fresco. Conozco ahí un mundo que teóricamente no me correspondía por mi generación, porque mi generación está más cerca de la Movida, y conozco y trato a los mayores, a Díaz Caneja, García Hortelano, y a rebotados del Partido Comunista, a bohemios disparatados, jugadores de ventaja, carteristas guapos, poetas, gente de la mala vida. O Ángel González, que fue muy amigo de Raúl. Se admiraron y se quisieron mucho, incluso a pesar del desencuentro final, que fue una suma de malentendidos tontos, pero hasta el último momento Ángel preguntó y se interesó siempre por Raúl, y viceversa. Es que Ángel, y García Hortelano y los demás, desde el principio, tuvieron claro que Raúl era un talento acojonante, un escritor de primera. Pero bueno, yo me he movido mucho, está el Gijón y está Oliver, y Bocaccio, el Sol, y Cock, claro, que monta Chicote para unirlo con la coctelería original, y en cuyo pasillo —hoy cerrado, porque los negocios se independizan—, han sucedido unos cuantos capítulos muy interesantes de la historia oculta de este país. Me he movido mucho, sí, acaso demasiado. Y con Quintero colaboro en un montón de cosas, de guionista escritor… Hicimos El perro verde, o especiales, como el de los Marqueses de Urquijo, que fue el más visto de la televisión española. Me fui a Argentina a trabajar con él…

-Otro programa en el que colaboras, más adelante, de contertulio, fue Qué grande es el cine, con Garci.

-Un programa criticado de forma arbitraria, por ejemplo porque pasaba las películas dobladas, como si fuera posible haberlo hecho de otra forma. Bastante bien se apañó Garci con los medios de los que disponía. Logró que los clásicos volvieran a la televisión, una hazaña, y encima le atizaban. ¿Doblaje? No me jodas, no os pongáis tan estupendos. Qué más quisiéramos que ahora, a las diez de la noche, siguieran dando en las cadenas generalistas los clásicos de Visconti, Bergman o Howard Hawks.

-Mmm… antes de seguir, me dejé alguna pregunta relacionada con la política… Por ejemplo, el PCE, háblame de la leyenda del PCE.

-Yo respeté y quise a muchas personas cercanas al partido, por ejemplo a Manolo (Vázquez Montalbán), pero ahí no entrábamos, no discutíamos, por cariño. Esa postura me la han criticado mucho mis amigos del PCE, pero aunque el antifranquismo no puede entenderse sin ellos, sin su disciplina, los sacrificios personales, etc., por desgracia o por suerte, por reflexión o lo que sea, el comunismo se mitificó, y fue un error histórico que seguimos pagando.

-Santiago Carrillo.

-Se ha colocado en los altares a alguien que no era ni santo ni… Lo que pasa es que me cae muy bien Carrillo. Sentía una gran simpatía por él, un hombre brillante. Pero lo mejor de su biografía es cuando dice no a los suyos.

-No me extraña que a muchos estas palabras les molesten.

-Siempre lo he defendido, lo saben, y quizá por eso no he tenido una buena carrera ni con la izquierda ni con la derecha. Compañero de viaje con el PCE durante el antifranquismo sí, porque lo éramos todos, pero también de los democristianos, o de los monárquicos. Ya digo que yo era troskista, pero los análisis que hacíamos, marxistas-leninistas, también tenían errores, errores graves, fundacionales.

-Pero no había otra cosa entonces.

-Imagino que el PSOE era de lo poco razonable entonces.

-Entonces supongo que tampoco compartirás la tesis del PSOE, según Montalbán, como un partido arrasado durante la guerra, zombie durante cuatro décadas, que resucitan casi artificialmente entre Willy Brand y otros para evitar que en España fructifique un partido como el PCI.

-Amparado por las ayudas económicas del contrapoder democrático, el PSOE crece…

-¿Contrapoder democrático? Hablaba de la CIA.

-La CIA tiene demasiada mala imagen, y al final —con todas las barbaridades que cometió, Allende, etc.—, defendía la democracia americana, que tampoco era lo peor que había. Había cosas mucho peores, entre otras el estalinismo. Digamos que tengo un odio razonado y al tiempo visceral a los fascismos y al nazismo, pero al lado está el comunismo. Para combatir el mal, hicieron un mal parecido. El problema del comunismo es que estranguló las libertades y fomentó el totalitarismo. Aparte, ¡Gustavo Durán fue agente de la CIA! Durán, que venía del Quinto Regimiento, que lucha en Brunete, amigo de Malraux, María Teresa León, Alberti, Hemingway o Buñuel, o luego de Gil de Biedma, y al que intentó represaliar McCarthy, Durán, sí, que peló luego contra el nazismo, fue agente de la CIA. Pero bueno, no me refiero a la CIA que derroca regímenes en Hispanoamérica y África, sino a la que pelea por la democracia contra los totalitarismos.

-Un discurso patente en tus obras.

-He hecho las películas que hecho, que me han costado enfrentamientos y enemistades, pero las he hecho por un convencimiento, quizá equivocado, como en otros asuntos. Pero tengo el convencimiento de que hubo un mal ahí, que se ha valorado por cosas distintas, que tienen que ver con nuestra propia historia, mientras se pasaban por alto los defectos terribles que ha tenido el comunismo en su concreción, acaso porque se valoran más las intenciones, buenas o no, evitando discutir las realidades, la represión, los asesinatos de miles. Si es que todavía el último Nobel de Literatura, un chino, que es el del Partido, dice que lo mejor es no hablar, si es que todavía somos herederos de eso, y me ha recordado tanto al franquismo y al comunismo estalinista…

-Y aquí estamos, en EE. UU, un país tan vilipendiado durante años, al menos en España, y no solo por la izquierda.

-Siempre lo he amado. Yo pertenecía a Bob Dylan, y a Pete Segeer, aunque era comunista, y al jazz, a la gran novela americana, de Mark Taiwn hasta a nuestros días, el rock, el cine, eso era nuestra cultura de verdad. Lo que mi generación soñó, la parte más universal y cosmopolita de mi generación, me da igual que no lo confesara, era con vivir en una sociedad parecida a América, a la buena América, a la mejor América, a la que se oponía a la guerra en Vietnam, a la que antes había peleado contra el fascismo en Europa, a la de cientos de científicos que acudieron para refugiarse el nazismo, a la de los millones de inmigrantes, etc. Claro que tenía y tiene mecanismos dudosos, no hay nada peor que Guantánamo, pero finalmente y con todos sus problemas este país representa la defensa de los valores occidentales; y aunque a veces los medios fueron repugnantes, y debemos denunciarlo, tampoco el fin último era caminar hacia el gulag o los campos de exterminio. Desde luego, si vivo durante la Guerra Civil, y sobrevivo, el exilio que me hubiera gustado seguir es el que hizo Buñuel, que no pudo quedarse aquí, o Jorge Guillén y Pedro Salinas, o un tipo como Sénder, un anarquista que iba por libre, el del exilio en los Estados Unidos.

[Del Lenox Lounge pasamos a buscar un garito donde den el Barcelona-Atlético de Madrid, que no encontramos. Una matrimonio joven, mejicano, con un bebé, nos ayuda por los bares de la 125, sin suerte. Se ha hecho tarde. Llueve sin gracia sobre un Harlem nocturno. Terminamos en casa de Javier, compartiendo un pollo al limón y una botella de vino. En la televisión, con el volumen bajo, el canal TCM pasa una película de unos leones. En las estanterías hay una fotografía de Dalí, encontrada en un rastro, montones de libros, películas, discos.]

-La literatura…

-La escritura tiene que ver con la lectura, y siempre he sido un lector voraz. Los buenos escritores no tienen por qué ser buenos lectores, los modelos imponen mucho, dices: ay, cómo lo supero, qué puedo decir, se expresan mejor. Hasta que, al menos en mi caso, comprendes que hay un oficio. Entonces piensas, bueno, podría ganarme la vida con algo que me apasiona aunque no sea exactamente la literatura. Soy periodista porque no me atreví a ser escritor, por pudor, exceso de autocrítica, qué se yo. Aparte, vivir de escritor es casi imposible. Creo en cualquier caso que tuve suerte, fui afortunado. En mi casa había libros, desde las lecturas clásicas rusas hasta Baroja o Azorín, que le gustaban a mi padre. Yo había leído a los autores españoles, de adolescente, más por obligación, y pronto me di cuenta, aunque suene tópico, lo buenos que eran los rusos, algunos franceses, británicos, la novela clásica, Los hermanos Karamazov, Anna Karenina, o el Robin Crusoe de Defoe, me fascinaron, y en seguida me di cuenta que había gente que te hacía feliz.

-Creo que en tu caso, hablando del periodismo, hay otro modelo…

-Tintín. Me fascinó. Era mi héroe. Mucho antes de hacerme periodista, Tintín, una mezcla de reportero y agente, me enamoró. Al final he terminado siendo el capitán Haddock, un borrachín simpático con mala leche al que le importaba más el whisky y la amistad y la escapada. Tintín no solo fue una lectura. Supuso la inmersión, el descubrimiento de un cosmopolitismo muy deseable. Al principio era, esencialmente, divertido. Y está la inocencia de las lecturas, porque uno no reparaba en otros aspectos.

-Buñuel, hay que mencionarlo, hiciste un documental soberbio.

-Buñuel era muy complejo, conflictivo en muchas cosas, inteligentísimo, muy culto, dedicado a construirse un personaje, como muchos de los grandes directores de Hollywood, Ford y los otros, una máscara que le permitiera ir a lo suyo sin tener que dar explicaciones respecto a su arte. Yo lo vi de jovencito en Alcalá, paseando por la calle, buscando localizaciones para Tristana, y fuimos corriendo a casa, a por libros suyos, o guiones, de Cine Ideal o de alguna de esas revistas, lo abordamos. Se cabreó un poco, pero bueno, al final hablamos un poco y nos firmó unos autógrafos a mí y a un amigo, algo muy raro en él, supongo que transigió alucinado cuando nos dijo que en su nueva película actuaba una francesa llamadaCatherine Deneuve y nos pusimos a recitar como locos las películas en las que ella aparecía. Hablando de Deneuve, por cierto, me había echado de clase Evaristo Correa Calderón, del Instituto, un profesor cojonudo, pero me había visto una foto de ella en un libro, y si estábamos a Gracian, estábamos a Gracian, y no a la francesa.

-Me contabas de los primeros sitios donde colaboras.

-En la facultad trabajaba en revistas, en una de Alcalá, y luego en Opinión, donde escribía un corresponsal en América llamado Pedro J. Ramírez, y Nativel, Miguel Ángel Aguilar, bastante gente… Yo era uno de los más jóvenes. Estuve seis o siete años, hasta el 82 o así.

-Años gloriosos, de cuando el periodismo era una profesión canalla y honorable.

-Entre otras cosas hacíamos discursos para algunos políticos, no doy nombres ni de los mandamases ni de los negros porque algunos podrían mosquearse. Los escribíamos un grupo muy grande, plural, diverso, con gente que iba de la derecha-derecha a la izquierda extrema, que supongo que entonces era yo, y nos reíamos mucho, hacíamos nuestros textos, en cosas laterales, y al tiempo yo andaba en Radio Nacional o la Ser, ahora no lo recuerdo. Por ese tiempo me contactó alguien que trabajaba con un torero en alza, llevaba su imagen, y tenía un problema, porque el maestro era maricón… Me piden que encuentre a una actriz para hacer unas fotos y venderlas como si fueran novios. Vamos a Las Ventas y el torero le brinda un toro. Hasta ahí, estupendo. Luego fuimos a una fiesta, el torero estaba empezando su carrera ascendente, meteórica, y esa tarde cortó orejas y rabo, y junto con la actriz, muy guapa, nos fuimos al hotel, al Wellington. El problema es que nuestro torero se emborrachó de triunfo y no nos hizo ni caso, y la chica, que iba sin cobrar, casi como un favor, se quedó sola, y nos dijimos: esto es un coñazo, y nos fuimos a otra fiesta.

-Vamos, que Madrid era una fiesta.

-Sí, y acabamos en la presentación de Sur-Express, la revista que seguía a La Luna, dirigida por Borja Casani, con Marta Moriarti, muy amiga, compañera de facultad, y fuimos allí, acabamos en un restaurante, Sacha. Estaban Senillosa, etc., y Panero el pequeño, Michi, que también estuvo conmigo en la facultad, y se fue como un lobo a por mi acompañante, y al cabo de dos semanas ella me llama y me invita a su boda, con Michi, que fue un desastre, duraron muy poco, pero Madrid era ese disparate, sí, alocado, bohemio y maravilloso.

-Radio Nacional y la Ser.

-Colaboro con La Luna, con Interviú, con Radio 3 en programas como La Barraca, Desde la bahía y Tiempos modernos, y luego me voy con Concha García Campoy. Yo había hecho un programa que tuvo mucho éxito, con Manolo Ferreras y Juan Antonio Muñoz, que duró dos años, En días como estos, en Radio Nacional, muy bonito, muy curioso, era la primera vez que se hacía un programa de fin de semana, hasta entonces en la radio los fines de semana había resúmenes, no se pagaba a nadie, y se dejaban retales. Funcionó y la gente de la Ser nos fichó, y llega Concha, que era el nuevo fichaje de la cadena, e hicimos A vivir que son dos días durante años.

-Pero hay otra cosa entre medias…

-Efectivamente. Estuve durante un año preparando una revista de lujo, cultural, que se iba a llamar El Europeo. Me contrataron para convertir aquella revista —que había sido económica— los dueños de la cabecera, la gente de Diez Minutos. Nos llaman a un fotógrafo arrebatador, Jordi Socias, y a Carlos Serrano, diseñador de montones de cosas, y a mí, nos llaman para inventarnos una revista. Y cuando va a salir el número cero me llaman de la Ser y llevaba trabajando seis u ocho meses en la revista, un trabajo precioso, me jodió tanto dejarlo… pero chico, las revistas siempre han sido una aventura muy incierta. Justo acababa de dejar Radio 3 por El Europeo, y ahí empieza mi historia con la Ser, con El País… Quienes estuvieron conmigo en El Europeo saben cuál fue mi aportación. En fin, empiezo también en El País. El País Madrid, en el 87, el 86, no me acuerdo, uno de los responsables era Álex Grijelmo, y luego hago una colaboración importante, los domingos. Un lío porque es una columna a doble página, de negritas, que no se hacía, solo la había hecho antes Umbral, una columna ilustrada por Alfredo, un gran dibujante, y esa columna me crea amigos y enemigos. Entre tanto sigo en A vivir que son dos días, con Fernando Delgado, con Elvira Lindo, pero mi papel ya es distinto, de haber sido creador del programa paso a ser un invitado. Y trabajaba ya con Iñaki Gabilondo, colaboraba con él en Hoy por hoy, y me dijo que fuera todos los días, y fue un salto. Hacía cine, cultura, viajes, y luego llega Francino y me pone a su lado.

-Y ya estás dirigiendo películas.

-Un proceso gradual, de toda una vida. Puedes ir a una academia, te enseñarán rudimentos, qué películas hay que ver, etc., pero yo ya las había visto, y había hecho cine con dieciséis y diecisiete años, con amigos, en Super 8, y me daba el mismo respeto que la novela o la poesía. Pero bueno, soy un curioso, y me lanzo a contar historias que no te implican tanto desde el punto de vista de la invención narrativa. Mi defensa es mi cobardía. No hago novelas, no hago poemas, hago cosas que no tienen tanto riesgo, o eso me creo entonces. Es un mecanismo de defensa. Empiezo a contar cosas que tienen que ver con mi entorno. Hago, por ejemplo, un corto del Chicote. Cuento como son los bares de los extrarradios. Sigo a la gente que proyecta cine por los pueblos. Cosas que tienen que ver con el cine pero por el lado documental. Con el tiempo digo, hostias, hay una historia…

-Ramón Mercader…

-Me obsesiono con la historia de un asesino español, el único que venía en una enciclopedia en francés que había leído mucho antes, Asesinos célebres del siglo XX. El único español era Ramón Mercader, y había matado a Troski. Un hermano suyo publica un libro sobre la familia, y me voy a conocerlo.

-Ya conocías al sobrino, a Gay Mercader.

-De los conciertos, del mundillo musical. La historia estaba esperando que la contaran, se había hecho una cosa para televisión, otra para una revista, y una cosa tira a otra. Me secuestran las cámaras en Cuba, no me dejan rodar, y me voy a Londres, a hablar con Cabrera Infante. Lo conocía de otras cosas y recordé que un libro suyo hablaba de Mercader. Le llamé y me dijo que fuera. Soy un investigador arbitrario, no soy una rata de biblioteca. Van saliendo más y más cosas, y al acabar el rodaje ves que hay muchas más, la historia era aún más rica, pero tienes que parar, no puedes meterlo todo. Otro producto del azar, la música, la canción de Mikel Laboa con la que ilustramos la despedida de los niños que envían a Rusia. Laboa me encantaba, y por casualidad estoy como periodista en el festival de San Sebastian y me encuentro con un disco suyo en directo, nuevo, y había una canción que ya conocía, y estábamos montando la escena de los niños, faltaba algo, y llamo al montador, Pablo Blanco, y le digo: tengo la canción perfecta. Él me responde que hay que hacerlo en cámara lenta, con esa canción. Así nacen muchas cosas. No es un guión cerrado. La primera vez que salen los niños de la Guerra es ahí. Luego, con el relativo éxito de la película, me llamó Jaime Camino, que tenía un pariente que vivió aquello, y Jaime vio Asaltar los cielos y me llamó. Quiero contactar con ellos, me dijo, aunque claro que no hacía falta que me llamara, podía encontrarlos sin mí, pero por elegancia me llama, y me pareció de puta madre, y rodó Los niños de la Guerra, buenísima. ¿Más azares? La Internacional, al final de Asaltar los cielos, que la toca al acordeón, como un favor, Alberto Iglesias, un genio, y un amigo entrañable, que la hace gratis et amore, el colofón perfecto.

-Asaltar los cielos fue un bombazo.

-Tiene éxito, pero el distribuidor me hizo las cuentas luego y casi le tuvimos que pagar nosotros. El drama del cine español es que nadie hace bien las cuentas. La gente que hace las películas se da por satisfecha con que se exhiba, y están agradecidos aunque los números sean mezquinos, y hay muchos intermediarios que son unos ratas. Un documental de todas formas tiene un público muy determinado. Durante meses fue la película más valorada por la crítica en España, y pensé que ganaría dinero, pero no. Al menos pude hacer las siguientes. Extranjeros triunfó ya muy suavemente, porque como te expliqué antes molestó mucho a la derecha y a la izquierda. Porque los chavales, ahora ancianos, se quejaban amargamente de que los habían engañado, su discurso era antiépico. Aunque conviene matizar que los combatientes de izquierdas, en muchos casos, fueron más dignos, no disimulaban su desencanto, mientras que entre los fascistas encontrabas auténticos manipuladores, estafadores, junto a supervivientes más lúcidos. Pero oye, hablábamos del éxito de Asaltar los cielos, la gente que no iba a mucho al cine empezó a hacer un boca-oreja, y esa inmensa minoría dio pie a que otros quisieran hacer documentales. Aquel año fue la única película documental que pidió una ayuda al ministerio. Al año siguiente o a los dos años hubo dos o tres, Jaime Camino volvió a hacer un documental. O Joaquín Jorda, que se había alejado del cine, y otros cuantos. Y al cabo de unos años había ciento y pico documentales.

-Pero no ganáis el Goya.

-Porque imagínate si había pocos documentales que ni siquiera existía la categoría al mejor documental. Y a partir de eso se crea. Hoy incluso tenemos una una categoría dedicada al corto documental, por cierto este año voy nominado, con un corto sobre Enrique Herreros.

[Nos citamos al día siguiente en un bar de mi barrio, Las panteras negras, un garito oscuro, como salido de un corrido de los Tucanes de Tijuana, con la juke-box atronando canciones de la frontera y el personal silencioso, solitario, que apura Negra Modelo y tequila y mira de reojo a los españolitos.]

-Cuéntame de Francisco Ayala, del que hiciste La ilusión perseguida.

-Ayala es un mito muy singular porque no se casa con nadie. Un ejemplo poco frecuente de independencia en el panorama intelectual español. Ayala tiene muchos cadáveres en su familia, fusilados por el franquismo, y no los saca a pasear. Ayala tiene una independencia de criterio muy malentendida, que le lleva por ejemplo —en su compromiso para no estar nunca en una camada— a que cuando llega la República, que celebra como el que más, sus amigos están de fiesta con las banderas y él dice: hasta aquí, yo en las banderas no me envuelvo. Y eso, en ese momento, es emocionante. Un gran escritor, con unas memorias extraordinarias, y mantiene una voluntad absoluta de que no le echen en cara ni pensamientos de su familia ni nada, va por libre. Busca su propio camino, ni de Ortega ni contra Ortega, ni comunistas ni anticomunistas, y eso es dificílisimo, mas todavía en el exilio. Él se encuentra perfectamente en Argentina, en Puerto Rico, en EE.UU, en Alemania, hasta que llegan los nazis, o el franquismo, o los peronistas, entonces no, entonces se marcha.

-Un caso extraordinario incluso por motivos biológicos, con esa increíble longevidad.

-Cuando le pregunta Caballero Bonald cómo se ha mantenido así, con más de cien años, le dice que no se cuida, que nunca ha hecho deporte ni nada. Yo he comido con él, y comía de todo. Con cuidado, pero ni siquiera puede decirse que frugalmente. Y antes de comer bebía un poco, uno o dos whiskys, un aperitivo, algo muy anglosajón, whisky sin hielo, y en su casa igual. Y Caballero Bonald le pregunta que qué cena por las noches. “Ah, no”, responde Ayala, “por la noche un whisky o dos, y una manzana. Pero de la manzana se puede prescindir”.

-¿Pepín Bello?

-El gran testigo. Vila-Matas alguna vez ha dicho, y coincidimos, que Pepín fue capaz de hacer el bachillerato más largo del mundo. Lo empieza con catorce o quince años y no lo acaba nunca. Y con un siglo sigue siendo un bachiller. No acaba nada. Trabaja solo en tres cosas, pero ninguna le hace sudar ni madrugar. De representante de Aragón en la Feria de Sevilla del 29, que es cuando invita a sus amigos y hacen la foto; y luego otro trabajo, cuando estaba medio escondido, a pesar de que era un liberal y matan a un hermano suyo en Paracuellos, pero tampoco quiere irse al exilio, no quiere dejar sus historias, y con su cuñado y la familia tiene ovejas y deciden hacer un negocio de paños de lana elegantes, porque no hay visiones y tal, y la gente de dinero sigue acudiendo a espectáculos, durante la guerra, para ofrecerles una alternativa, pero es otra ruina.

-¿Y el tercero?

-Con sus amigos americanos españoles, los Garrigues, con los que se pasó la guerra escondido, dice: coño, el gran éxito en EE.UU son los autocines. Montan un autocine en la carretera de Barajas, cerca de la base de Torrejón, pero la base tenía su cine, y los españoles no tenían ni coche y además tampoco les iban a dejar meterse mano en el cine, y es otro fracaso absoluto.

-Entonces, ¿de qué vive?

-De un pequeño dinero que le deja su padre, que era ingeniero, y Pepín lo invierte en una empresa, que le da un dinerito al mes, y vive de ser sobrio. Es un dandy que vive en un piso de cincuenta o sesenta metros, rodeado de obras de arte que le regalan sus amigos, con los trajes, buenos, bien cuidados, pero de hace treinta o cuarenta años. Un dandy que come fabada Litoral y vive de exigir poco a las cosas, y se levanta tarde, hace una comida al día. Y sigue siendo amigo de las siguientes generaciones de intelectuales, Chueca Goitia, los Garrigues, o Juan Benet, que le admiraba mucho, o sea, de la resistencia liberal al franquismo, de alguna forma manteniendo todo como si continuara en la Residencia de Estudiantes, aunque con disimulo, estaba Franco. Y luego en la democracia renace, se le trata como a un santo que ha vivido todas las épocas.

-Siempre llama la atención que no escribiera.

-Deja unas cuantas cosas, muy curiosas, por ejemplo un viaje imaginario de Wagner a Burgos, al que Pepín va a recoger a la estación de tren, y comen bocadillos de chorizo, van en bici, una cosa disparatada y deliciosa. Y muchas de las ocurrencias en la Residencia de Estudiantes, algunas que salen luego en Un perro andaluz, son de Pepín Bello, que tuvo el enorme arte de no hacer nada. Por eso mi documental se llama Preferiría no hacerlo, y acaba con una canción de Chicho Sánchez Ferlosio, Hoy no me levanto yo.

-Finalmente, el Cervantes.

-Me ofrecen dirigirlo. Conocía bien Nueva York, y me acordaba de lo mucho que había hecho Muñoz Molina, y Enrique Camacho, mi amigo, que fue el primer director del Cervantes aquí. Lo hablé con mi entorno y mi mujer me animó, y bueno, aquí estoy, razonablemente contento a pesar de la crisis. El Cervantes está muy vivo. Representa una singularidad, la de una España potente, dispuesta a ser reflejo de muchas cosas, aunque tenemos que abrirnos. Si los franceses tuvieran 400 millones de hablantes, uf, arrasarían. Nosotros hemos vivido muchos años en un papel muy sufrido, pero eso está cambiando, al menos en EE.UU, donde disfrutamos de una enorme capacidad de crecimiento. Hay que superar nuestras divisiones, manejarnos con los criterios de aquí, comprender la singularidad que dicta la ciudad. El idioma español, a pesar de haber vivido en precario, social y económicamente, ha sido imbatible. Ni la pobreza ni la decadencia política pudieron enterrarlo, y tenemos la obligación de aprovecharlo. Recuerdo que Víctor García de la Concha dijo algo parecido, habló del papel vertebrador del español, de los lazos culturales comunes, de cómo ha llegado ya a las élites empresariales, científicas, económicas y culturales en EE. UU. Hace tiempo que no es solo la esforzada lengua de los inmigrantes, de los sin tierra, y le comenté a Víctor cuánto le agradecía ese discurso, lo oportuno que me parecía, porque nuestras oportunidades de supervivencia pasan por trabajar codo con codo junto al resto de países de Hispanoamérica y, de paso, comprender que nuestro patrimonio cultural, nuestro cine, nuestra literatura, etc., es un activo económico de primer orden.

[Hay que cerrar. Pagamos y cruzamos la calle, rumbo al único antro del Spanish Harlem que pincha rock and roll de Memphis y country sin depurar. La camarera sirve unos whiskys canijos. Le pregunto si es inglesa, al menos son dosis inglesas, oye, con cuentagotas, pero se mosquea, el morenito, que dice que soy inglesa. Decimos vale, sorry tía, sorry. A Rioyo, paciente, lo tengo mareado de preguntas, acribillado de interrogaciones. Contemplo la grabadora, que a estas alturas recopila libros antiguos, bobinas lustrosas, muertos vivientes, malditos de frac, payasos ensangrentados, amigos desaparecidos, literatura y silencios, una amalgama de recuerdos y otros benditos naufragios. Lo que han leído y también secretos, hallazgos, milagros, que dejamos para otro día, o no. Tampoco es cuestión de contar todo.]

Julio Valdeón

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