Aparecen de un golpe tres libros sobre Ernest Hemingway. Cincuenta años desde su fallecimiento justificarían incluso una abundancia mucho mayor. Sin embargo el autor de Fiesta concita demasiados prejuicios. Por supuesto son abundantes sus enemigos en el frente multicultural, chic, feminista, que lo considera una hirsuta aberración a la que mejor despreciar en favor del último representante de alguna doliente minoría. También desde sectores más delicados, finos, venecianos, molesta su bravuconería, su perenne estar en el mundo desarrollando saltos mortales, cuando resulta bien sabido que todo escritor con dignidad ha de ensayarlos, sin red, frente al público, al menos si no quiere pasar por amanuense subvencionado o poetastro de juegos florares. Hemingway´s second war estudia su presencia en España durante la Guerra Civil. The letters of Ernest Hemingway: 1907-1922 recopila la abundante correspondencia del periodo, apasionante, incisiva, desmadejada, sincera, y reveladora, entre otros asuntos, de cual será el destino de tanto filógogo el día que toque estudiar los complejos freudianos de nuestros escritores contemporáneos. Internet aclara mucho, universalizando las hemerotecas, y al mismo tiempo borra las huellas íntimas o privadas: los emails han sustituido al correo y de su correspondencia no quedará nada, apenas un zumbido de larva electrostática perdido en la oscuridad del éter.

¿Se han preguntado alguna vez porque hay escritores con barra libre para aullar y otros a los que nada más entrar en el bar ya tienen un biógrafo en la chepa? Sin duda Hemingway hizo más que sentarse a la barra de tarde en tarde. Su apetito por el riesgo sólo era comparable con su espantosa sed, que lo empujó a beber cosechas de tinto, malta ardiente y no pocos cócteles tropicales. Dipsómano, feroz, dandi y violento, capaz de la mayor generosidad y la peor de las descortesías, kamikaze, verdugo de sí mismo, aficionado a laminar aviones y coches, cazador de leopardos, mujeriego con inclinaciones excéntricas, competitivo porque los mejores escribas son predadores sistemáticos, amigo y némesis de Fitzgerald, su protegido, víctima y, al cabo, ganador en el combate de la posteridad, el viejo de barba nívea al que Woody Allen ha retratado como un talentoso fantasma no exento de abundante carisma resucita en la que quizá sea la mejor de las biografías que nunca le hayan escrito. Hemingway´s boat: everything he loved in life and lost: 1934-1961, es obra del antiguo reportero del Washington Post Paul Hendrickson. Que escribe con prosa limpia. Muy importante este asunto. Primero porque a Hemingway, tan partidario de la escritura cuidadosamente sudada, no cabe hacerle un tratamiento metafórico. Además, sólo así, despacito y buena letra, descerrajaremos la coraza protectora, esa máscara egipcia, mortuoria, con la que trató de ocultar sus cicatrices como otros disfrazan la arruga acudiendo al veneno del botox.

Escritura a contrapelo. Que se construye sin escucharse. Atenta al pálpito del creador. A sus tropiezos. A las causas físicas que pudieron motivarlos. Escritura quirúrgica, incluso. Enemiga de los excesos sentimentales y, más importante, del arrebato psicologista para explicar a su criatura. Si no sonara cruel diría -de hecho, maldita sea, lo digo- que coloca a Hemingway en el tablón donde exponemos las mariposas. Dos alfilerazos tras el baño de alcohol y hala, a pasar bajo el microscopio. El gran mérito del tratado es lo que tiene de refractario a una cierta crítica literaria, a una biografía novelesca, morosa, romántica, cantarina, que al contemplar llorando al protagonista del retrato se pregunta por los dolores de su corazón, pena, penita, pena, por qué la princesa está triste, por qué los suspiros escapan por su boca de fresa, y no, nunca, cuestiona si no sería conveniente acercar la lámpara, no sea que una vulgar mota de polvo entorpeciera el lacrimal. El polvo no resulta poético para quien confunde poesía con explicación mística, pero sí, mucho, para el cirujano paciente, que extrae con afiladas pinzas cada gota de mugre. Resuelto a lavarse las manos antes de operar, Hendrickson procede a las abluciones. Luego, bisturí en ristre, saja el mito hasta eliminar cualquier excrecencia. Sabe que gran escritor y completo hijo de puta no tienen porque ser calidades reactivas. Incluso demuestra, paso a paso, que ni siquiera el mamonazo que humillaba a Fitzgerald fue siempre o en todo momento tan bestia como quería pintarse. De hecho, abundan en su peripecia sucesos que inquietan por lo que tienen de conmovedores, por la fragilidad que anuncian, por el crepúsculo de pura rabia que vela las páginas. No crean que el autor niega las acusaciones de misógino, las convulsas machadas, las hazañas del pistolero bajo el Kilimanjaro abatiendo leones. No confundan su énfasis clarificador con una suerte de demolición de los excesos conocidos. Están ahí. Pueden verificarse. Hemingway bebió y cazó. A punto estuvo de matarse en varias ocasiones. El mismo carácter que lo abrigó ha sido su sentencia, a medida que los valores que arropaba perdieron caché o fuelle en el imaginario colectivo. Como señalaba hace poco Diego A. Manrique, nos gustaría que nuestros escritores dilectos fueran cool. Descubrir que escuchaban be-bop o se pasaban por el forro de la prosa los prejuicios de su tiempo. No sucede a menudo. No, desde luego, en el caso de Hemingway. Mas lo que Hendrickson dispone expurga la verborrea vertida sobre su obra, deslumbrante en los inicios, poco a poco menguante en calidad. Se trata, sencillamente, de la constatación de que probablemente sufrió de daños cerebrales irreversibles. Consecuencia de su desmedida afición al boxeo. De sus múltiples contusiones en espectaculares accidentes. De las continuas libaciones que practicaba. Añadan la trágica constatación de su propia e incontenible decadencia. El resultado dará un hombre herido. Que sabía que sus mejores días habían sido quemados sobre el asfalto, que eran ya goma aplastada e irrecuperable, humo con regusto a orines aún más terrible cuanto mejor fueran sus escritos primeros, cuanto más deslumbrara la lámpara que volveremos a mirar con certeza de ser cosa pasada, brillo antiguo, esplendor en una hierba agostada. En suma, el libro ofrece un parte médico mediante el que comprendemos mucho mejor el porqué de la decadencia intelectual de quien fuera pujante campeón de la Generación Perdida. De alguna forma en sus habitaciones profundas el libro opera como el doctor Marañón en su célebre libro, con la particularidad de que Hendrickson dispone de muchas más piezas, descontada la momia. Le interesa el gran asunto y misterio de su vida, o sea, la caída inexorable de un portento de la escritura que en las últimas décadas perdía facultades a ritmo supersónico. Le interesan, de paso, sus amores, no sólo los femeninos. También los barcos, los paisajes, las buenas conversaciones, los cabarets de brillo desesperado, los tugurios intransitivos que no mostraban otra cosa que no fuera un arrogante joven desgarrado por de encamarse con la gloria y ya no levantarse excepto para recoger el Nobel.

Otro asunto, no menor, pasa por la glosa de la relación con su hijo Gregory, que cambió su sexo y pasó el resto de sus días preguntándose si acaso no habría cometido un error. Las cartas entre ambos revelan la comprensión que Hemingway, macho entre machos, ofreció al muchacho, por otro lado un profesional de gran valía que tampoco vivió mucho. Aunque hubo peleas, gritos, reconciliaciones, bruscos plantones, silencios de hielo y lágrimas, como por otro lado es frecuente en muchas relaciones paterno-filiales, el escritor se reconocía en aquel espejo. Como Gregory, surcó las olas con la clara conciencia de que al final del viaje, luego de acostarse con sirenas, anotar paisajes, visitar los mares del sur y escuchar las galaxias soplar en las caracolas, al final de una travesía dirigida con determinación y audacia, sólo aguardaba el dolor, la pesadilla, la muerte, un gramo de sal para condecorar los huesos y unos toques de grumo marino para sellar la calavera. Una muerte ni siquiera épica, devorado por tiburones, abierto en canal por antropófagos, ejecutado por piratas a bordo de la Hispaniola, sino seca, triste y solitaria. La muerte del marinero que encuentra entre minúsculos peces la última oportunidad para el silencio. Cuando llegó a ese punto, cuando el viento no sopló más y el horizonte era un tedio de grises y olas sin mucho sentido, enfrentado a una obra que en lugar de marchar hacia adelante caía libre en la mediocridad, resolvió que había llegado de aplicarse un tiro. Como explica Howell Raines en su certera reseña del Washington Post, «La vida de un escritor puede contener dos existencias en conflicto, una de genio original y puro y la otra de irreversible destrucción. Un genio con mucha suerte será recordado sólo por la primera faceta y perdonado por la segunda. Pero Hendrickson no le ofrece la absolución a Papá. Antes al contrario, concede al destrozado anciano algo mucho más honesto: una limpia descripción de una biografía que fue como ninguna otra».

Hemingway, con aspecto de bucanero o dios griego y panzón, con sus bíceps de apilar cornamentas de búfalos, su sarcasmo lúcido, sus continuos destierros, fue el mejor ejemplo de un cierto narrador que usa la vida como combustible y las bibliotecas como sosegado refugio donde calmar la penúltima resaca. Ciego de triunfos, traiciones, renuncias pérdidas, fue demasiado inteligente como para transigir con su ocaso, o demasiado loco para no admitir que incluso los mejores acaban tirados en el pasto. Abandonó la escena con último y aparatoso portazo. Sirva el presente volumen para honrar aquellas cosas, no necesariamente pequeñas, que amó, las mismas, al fin, que acabó perdiendo. Como por otro lado nos sucede al resto, sólo que nosotros no hemos escrito, que sepamos, una crónica literaria con la temperatura evocadora, prodigiosa, artesanal, febril, de París era una fiesta.

Julio Valdeón

© Julio Valdeón Blanco / Diseñado en WordPress por Verónica Puertollano (2012)