Si la memoria no me traiciona al principio de No direction home, el documental de Martin Scorsese sobre la primera época de Bob Dylan, vemos a una emperifollada Patti Page cantando el azucarado tema How much is that doggie in the window. Pop de la época, o sea, previo a lo que hoy entendemos como pop, que el director italoamericano contrapone a las canciones urgentes, crudas, de Hank Williams u Odetta. O sea, Page sirve como icono de todo lo que un jovencito Dylan aborrecía, música anestesiada para unas radios que ni se enteraban del auge del primitivo rythm & blues, no digamos ya del blues, ni imaginaban la que estaba gestándose en Memphis o Chicago (Elvis Presley, Chuck Berry, etc.). Tampoco se compadezcan: la rubia cantante, con su astuta mezcla de estilos, su ojo para clavar las aseadas melodías que ponían banda sonora a la América, blanca, de Eisenhower, su garganta de raso y terciopelo y su imagen platino, ideal para consumir en el suburbio junto a la tarta de manzanas, vendió más que nadie en el periodo. De hecho, fue la vocalista femenina que más discos facturó durante la década.

Nacida como Clara Ann Fowler en el estado de Oklahoma, como Woody Guthrie o J.J. Cale, en 1927, alcanzó a subirse al vagón de las big bands, si bien durante sus estertores, y en 1947 recibió las bendiciones del clarinetista Benny Goodman. Gracias a su ayuda, firma su primer contrato, con Mercury. Con su primer single, Confess, se convierte en la primera cantante en poner su propia voz en los coros, bien asesorada por su productor, el elegante Mitch Miller, quien por cierto, volviendo a Dylan, confesará cuánto le horrizó la forma de cantar del soberbio jovencito la primera vez que lo oyó. No, lo de Miller no era el folk, y sí las suntuosas grabaciones de una Page que comienza a encadenar éxitos sin solución de continuidad, caso de So in love, I don´t care if the sun doesn´t shine, Mockin´bird hill, I went to your wedding o, cielos, Tennesse waltz. Palabras mayores: una gema country que Page descubre gracias a los sabios consejos de Jerry Wexler y hoy versioneada por cientos de artistas. Durante esos años, a la ininterrumpida catarata de éxitos se le añaden actuaciones en los programas de televisión claves (Ed Sullivan, etc.), incluidos varios especiales. Aunque el asalto del rock and roll, y sobre todo la ulterior invasión británica, la deja fuera de juego, no dejará de publicar discos durante los siguientes treinta años, incluidos varios artefactos de country más que disfrutable. En caso de duda recuperen su suave lectura del Help me make it throught the night del imprescindible Kris Kristofferson. Aunque obligado a escoger un par de discos acaso sean In the land of hi-fi, de 1956, y Blue dream street, del 64, los ganadores. En ambos Page se entrega con infinita clase al swing, mecida por arreglos suntuosos y vientos dorados. Confirman las sobrias virtudes de una artista a menudo encorsetada por las cursis exigencias comerciales. Fallecida a la edad de ochenta y cinco años en una residencia de ancianos, no conoció el oprobio del olvido y gente tan desprejuiciada y curiosa como Jack White le rindió homenaje interpretando, con los White Stripes, su Conquest. Para el presente año estaba previsto que se le entregara un Grammy honorífico. Posiblemente le será concedido a título póstumo. Justo aunque tardío aplauso para quien epitomizó toda una época, reivindicada hace unos años, curiosidades de la vida, por el mismísimo Dylan en su memorable programa de radio.

Julio Valdeón

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