Aunque la psiquiatría sea hoy respetable, encomendada entre otras cosas a los futuros avances en neurología y adyacentes, hubo un tiempo en el que sus santones parecían más poetas que científicos, más profetas visionarios o cantores de gestas románticas que investigadores abonados al racionalismo. Quizá nadie hizo más por romper tan atroces ataduras que el doctor Thomas Sazsz. Su El mito de la enfermedad mental (1961) supuso un saludable terremoto intelectual en unos días donde el lirismo freudiano todavía bailaba en la pista. De las benditas ascuas de aquella obra, de su ataque feroz al Estado terapéutico, que ahoga con química al diferente y lo encierra de por vida con argumentos entre perdonavidas y represores, nació la antipsiquiatría, movimiento clave para entender el trato que dispensamos a los llamados enfermos mentales, liberándonos del horror de unos asilos verdaderamente pesadillescos. Por más que en nombre del movimiento, del que el profesor Sazsz no dudó en distanciarse, se hayan acuñado no pocos embustes. Semejantes en dogmático místico a los que decía combatir.
Nacido en Budapest en 1920, emigró a EEUU junto a su familia a finales de los treinta. Tras licenciarse en Cincinnati trabajó en diversas instituciones y hospitales. Tras servir en la marina durante la II Guerra Mundial, logró una plaza en la Universidad de la State University de Nueva York, de la que acabaría siendo profesor emérito. Desde allí, y horrorizado ante lo que consideraba un sistema empeñado en abolir la responsabilidad individual en nombre de unos principios falsamente humanistas, consagró su potente inteligencia a agitar avisperos. Unos libros, los suyos, polémicos, poliédricos, cabreados, estridentes si quieren. Pero que gran obra no lleva implícito el saludable germen de la réplica, la bondadosa incitación al debate. Citando a otro de sus mejores lectores, Fernando Savater (del prólogo a El segundo pecado): «su cruzada irónica no quiere conquistar el sepulcro vacío de ninguna divinidad sino potenciar la vida de la especie más amenazada de nuestro planeta: el individuo autónomo, libre frente a las instituciones y por tanto responsable sin remilgo de sus actos».
Fecundo, furioso e imprescindible, fue también Nuestro derecho a las drogas. No apto para cerebros sin destetar o fatuos moralistas de izquierda/derecha, explica lo obvio: la mal llamada guerra contra las drogas es, en sí misma, un imposible. Heredera de las cazas de brujas que recorren nuestra desdichada historia. En vez de aprender a usar la química con saludable responsabilidad, el Estado decide qué podemos consumir. Encantado de fichar otro chivo expiatorio mientras fomenta un obsceno teatro de países masacrados por la corrupción y violencia inherentes al narcotráfico, gasta presupuestos descomunales en perseguir fantasmas y agita el espantajo de las drogas, ejém, malas. Por pelear contra las verdades reveladas, sus oráculos y psicofantes, y «ondear las posibilidades revolucionariamente libertarias que encierra la plena asunción del proyecto liberal» (Savater dixit). Fallecido en su casa a los noventa y dos años, Szasz fue penúltimo gigante de una estirpe de pensadores que hoy agoniza en el maloliente potaje cocinado entre los tramperos de herejes y los campeones de la corrección política, unidos todos por el ademán despótico y su afán liberticida.
