Cuando arrancamos en el oficio teníamos una noción heroica. Los periodistas bregaban con concejales, ministros, actores, gánsters, putas, jueces. Si eran buenos, al contacto de semejante fauna, entregaban un puñal bruñido en tinta, una idea solar, una reflexión amartillada, cinco minutos antes de abandonar el teclado y emborracharse. Los periodistas que nos gustaban firmaban en el New York Times o el Washington Post. También, no crean, los encontrabas en los diarios españoles, caladero de grandes plumas desde que a principios del XX descubrieron que o publicabas a diario o palmabas cual paria con turbante. Luego hemos sabido que elegimos un mal camino. Los editores se creyeron Hearst, la publicidad se fue al caraho y al cabo se jodió el invento. Hoy aunque entregar una pieza al día sigues condenado a la mendicidad. Sea como fuere de aquellos papeles mitológicos llegaba como un torrente la sombra ciclónica de José Luís Gutiérrez. Era uno de los grandes, de los elegidos, de los que leímos con fruición durante la adolescencia.

Una tarde o una noche, no recuerdo bien, llamó por sorpresa a mi casa en NY. Inconfundible aquel «Chaval, ¿cómo estás?», aunque te supiera en Manhattan y mustio de colaboraciones, o quizá por eso. Los hombres resolutivos no esperan a que sus colegas coleccionen gusanos esperando llamadas, eclipses vitales y profesionales de los que hablaba Fernando Fernán Gómez en La silla de Fernando, los cómicos frente al teléfono, en la esperanza de que sonara y fuera un productor, con uno sobraba para aplazar el suicidio. El caso es que yo bebía bebía whisky o agua al ritmo de unas canciones averiadas de tanto escucharlas. Lo último que esperaba en esas horas color ceniza, almidonadas por la tristeza, fue escuchar su voz marabunta. Dijo que me leía. Que le escribiera algo. No sé ustedes, pero necesito de vez en cuando el cariño, saberme valorado, para mirarme al espejo sin demasiado asco. De esa forma las ideas constantes se ordenan en el folio y hasta siento que merecen la pena, que incluso podrían interesar a otros. Gracias a sucesos así, a directores que buscan recursos distintos al faraonismo de los momios habituales, podemos los jóvenes mantener la ficción de que haremos carrera y hasta atrapar metáforas con el objetivo de colocarlas dolorosamente vivas en mitad de las frases.

El gran periodista, azote de Felipe González, los GAL, el fondo de reptiles y la satrapía marroquí, no necesariamente por ese orden, dirigía desde hacía veinte años la resucitada Leer. Una revista moribunda que en sus manos floreció hasta ganar el Nacional al Fomento de la Lectura. Un iglú que servía de refugio a su director/editor ahora que sus viejos periódicos apenas ofrecen calderilla. Hay periodistas nacidos para teclear a hostias y otros para coordinar, dirigir, mandar. Antaño al menos. José Luis, capitán Ahab acostumbrado a ordenar desde el puente de mando, sabía también arponear ballenas, blancas o azules, con su prosa afilada. Resumiendo: me ofreció colaborar en Leer. Una columna nada menos. Encima, pagada. ¡Y no una sucia miseria, de las de a treinta euros la gavilla, sino con generosidad! Imaginen el flipe, mi zozobra, la certidumbre de que se trataba de un error. Casi mastico el vaso. Lo comprenderán mejor si añadimos que en 2012 cobro lo mismo por según qué piezas y en según qué medios que en 1996, fecha de mi alternativa. Otras veces ni cobro. Los mandamases de los organigramas, los gerentes o gestores, los adjuntos al director directores vicepresidentes consejeros delegados y su santísima madre confían en rescatar la prensa gaseando a los curritos. Cuentan con financiar la gasolina del Jaguar vendiendo cueros cabelludos. Veremos si les alcanza. A José Luis desde luego no. No hubiera dormido si su gente tenía que salir a la parada del metro tras cerrar el número, por ver si colectaban unas limosnas. Nadie piense que me refiero sólo a su generosidad, que era grande y espontánea. Hablo de la decencia, personal y profesional, del que ama su trabajo y a quienes los practican. Convencido de que si paga, por lo que hacen y merecen sus hombres, contribuye a la dignidad, salud y futuro del oficio. Que amó por encima de todo, vehículo y heraldo de las libertades, emocionante y superior en dulzura al resto de venenos.

Lo que siguió a esa primera llamada fueron colaboraciones como este garito donde envío cartas. Una relación alegre sostenida en correos urgentes y llamadas a deshora. Cuando José Luis te buscaba podías acabar en un tren, rumbo a Sing Sing. O analizando la obra y muerte de David Foster Wallace. O planeando una serie de reportajes literarios, dedicados a California, Henry Miller, Big Sur, L.A. y Buwoski que no sé si ya podremos rellenarlos. Tenía algo de Walter Mattahau en Primera plana, descontadas las trapacerías pero con la obsesión periodística intacta. Aparte del mero buscar noticias para luego picarlas en la cantera del teclado hablo del gusto por el detalle, el guiño culto, la calidad del texto y el enriquecimiento de la escritura como no he disfrutado con ningún otro director. El hombre que recibía en un despacho con vistas al paseo del Prado era el último mohicano de un trabajo en pérdida a tiempo completo. Su pasión irradiaba energía como una suerte de pila inagotable. Duraba y duraba hasta lograr que descendieras a las galerías del asunto en cuestión para sacarle virutas inéditas, inalcanzables para alguien menos paciente o fanatizado por su rotunda pasión. Lo mejor de todo es que de paso te hacía creerte Jack Lemmon. Un fenómeno en el arte de juntar palabras al que sacaba el máximo rendimiento desde su redacción señorial y portátil, donde lo mismo organizaba la presentación de un dietario íntimo de un ministro republicano que le daba al manubrio de sus magníficos pildorazos, los que le publicaba El Mundo bajo el pseudónimo de Erasmo. En los últimos tiempos había retomado la columna con su propio nombre. La columna convencional, más larga, que no densa o acendrada, a la que como buen amante de Fitzgerald bautizó Jazz age. Se me quedó pendiente pelear sobre la última, en la que arreaba a Springsteen. Se equivocaba en su diatriba, pero tengan en cuentan que en España nadie con más de 60 años escribe sobre rock and roll sin sonrojarnos. Daba igual. Con José Luis discutía encantado. Por mucho que abrumase su fuerza, adoraba polemizar. Respetaba al contrario mientras segaba metódico sus posiciones. No tenía miedo a su interlocutor ni consideraba como una afrenta los argumentos en contra. Mucho menos se sentía acuciado, acosado, por los jóvenes, con los que nunca competía. Le sobraba inteligencia para no hacerse con la autoestima un lío.

La primera vez que nos vimos en directo fue en Madrid y la última en Nueva York. Buena combinación porque entre esas dos ciudades se repartía el corazón de un escritor barroco y anglo, mitad Quevedo pasado por Larra mitad celta. En Madrid nos vimos en su despacho de la revista, atiborrado de libros, invitaciones, cartas y bolígrafos. En Nueva York comimos en David Burke, en Bloomingdale´s, una magnífica ensalada de langosta que apenas probó porque trataba de cuidarse. Le dolía la pierna y en Madison Avenue llamamos a nuestro añorado Raúl del Pozo por el móvil. Acabamos en Syms, los fabulosos almacenes de ropa, donde gracias a su entusiasmo terminaría por comprarme una gloriosa chupa de cuero que me da un aire a Marlon Brando, cuando menos de espaldas. Entre medias hablamos de proyectos. De diarios por cocinar y columnas que entregar. Costaba seguir el resuello a aquella cabeza prodigiosa. Empeñada en encadenar funciones como si fuera un cine en sesión continua. Incapaz de detenerse porque acaso intuía que el descanso era imposible y al borde del camino sólo hay una salida y lleva al tanatorio. Su mutis ha sido tan súbita como lo fue su entrada, al menos en mi vida. Imprevisible y furiosa. Nos deja cuatro décadas de periodismo al abordaje, un puñado de libros memorables, la idea de un país que hoy se nos desmorona y de una profesión que boquea. Decir que con él se liquida una época tal vez resulte tópico. Sí sé que el amor al que entregó su cuerpo, su desvelo de veinticuatro horas sin pausa, el pulso de las redacciones, el motor de la democracia, se nos ahoga en sangre. Eso lo tengo claro, y también que pierdo a un maestro, a un amigo. En este puto país siempre se mueren los mejores.

Julio Valdeón

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