Ernest Hemingway, uno de los grandes estafados por la mafia de la corrección política, quiero decir engañado a posteriori, cuando sus enemigos potencian vicios privados en detrimento de sus virtudes artísticas, Hemingway, escritor total, vuelve a las librerías con un clásico remozado. Lo contaba en la portada de Cultura el New York Times. Sus herederos han autorizado una nueva edición de Adiós a las armas. Si resulta célebre su frase según la cual ensayó hasta treinta y nueve finales distintos, ahora parece que fueron cuarenta y siete. Todos figurarán en el apéndice con el que la editorial Scribner remata la reedición de la obra. Según Susan Moldow, editora del volumen, a sus deudos les interesa mantener vivo el interés y por eso buscan novedades. Aunque parece claro que el final elegido brilla impecable, otros no hubieran desentonado. Por ejemplo éste, sugerido por su amigo/némesis Scott Fitzgerald: «El mundo rompe a todos, y a los que no, los mata. Mata imparcialmente a los mejores, a los más educados y a los más valientes. Si no perteneces a ninguno de esos grupos ten por seguro que también te matará, pero sin excesiva prisa». O este otro: «No hay otro final excepto la muerte, y el nacimiento es su principio». O bien: «y esto es todo respecto a la historia. Catherine morirá y tú morirás y yo moriré, y es cuanto puedo asegurarte». La traducción es mía, por tanto aproximada, chapucera incluso, pero me parece que ayuda a potenciar de que va la historia sin degradarla en exceso.

Detrás de la operación se encuentra un nieto del novelista, Seán Hemingway, director del área de Arte Griego y Romano del Museo Metropolitano de Nueva York. Ha viajado hasta la biblioteca del autor, custodiada en Boston, y ha estudiado los manuscritos del abuelo. Que revelan a un escritor más interesado por la perfección literaria, por hacerle un tajo fino y preciso en la garganta a la página, que el personaje alcoholizado, brabucón, carismático y torpe que aparece en tantas novelas y películas. Julie Bosman, del NYTimes, cita Midnight in Paris, la penúltima joyita de Woody Allen, un Woody tardío, por tanto irregular, menos trascendente o fiero que antaño, de escritura apresurada y evidentes costurones en los libretos, eternamente condenado por la ausencia de su persona en la pantalla, mejor o peor solventada por actores jóvenes con la imposible misión de suplirlo, un Woody menor, sin duda, aunque brillante, como también deslumbra en su nuevo artefacto, consagrado a Roma. Ese Woody presenta la caricatura de Hemingway. Guapo, peleón, noctámbulo, ambicioso, feroz. No dudo que se parece mucho al personaje, incluso a la persona oculta tras la nube de plomo. Bien está mientras no olvidemos que entre bravuconada y fantasmada, vaso de cazalla y exabrupto, escribió páginas memorables. Libros tan bien calibrados, crepusculares, sangrientos, elegantes y verdaderos como El viejo y el mar, París era una fiesta o la más irregular, pero tremenda, Adiós a las armas.

También en el New York Times encontramos la noticia de The sea is my brother, novela de juventud de Jack Kerouac editada por primera vez. En la turbadora novelística del autor de En el camino abundan los personajes torturados, las copas, los viajes, y en sus primeros escarceos literarios ya figuran sus magnas obsesiones. Lo que según los críticos falta en este ejercicio primerizo, por ejemplo según Alison McCulloch, es «el estilo». Keroauc, por mucho que Truman Capote se empeñara en decir que lo suyo era mecanografía, despreciándolo, escribía como un torrente. En ráfaga. A quemarropa. El instinto de gran prosista asoma a sus grandes obras con fogonazos que sugieren más de lo que el lector despistado podría intuir. Con ese fraseo tan bop, manchado de whisky, reluciente y muy triste como una trompeta soplada con fuerza por el último cofrade de una religión antigua y yonqui en el bar más desolado del Village, entre neones fosforitos y manchas de nicotina.

Un estilo, una prosa o calidad de página, que no encuentras por ningún sitio en la mierda de adaptación de En el camino que ha firmado Walter Salles, director que se dio a conocer internacionalmente con Estación Central de Brasil, en 1998. Firmó luego la amable, interesante y decididamente tibia Diarios de motocicleta, construida sobre los papeles íntimos de Ernesto Gevara y con el siempre solvente Gael García Bernal como protagonista. Lo que ha hecho a partir del texto de Kerouac, sin embargo, es una decepción que el devoto del escritor vivirá como una afrenta. Mucho viaje, mucho jergón roto y mucho paisaje, mucha música y mucha droga, mucha botella y mucho de casi todo, excepto del lubricante mágico que informa el texto original. El vagabundeo del viejo novelista pierde su musculatura emparedado en unas imágenes incapaces de ir más allá de la anécdota, el sarcasmo o la postal. No hay vida, lujuria, inteligencia, humor, drama, pasión, ceguera, urgencia o ansiedad en unos personajes que parecen maniquís y a lo peor resultan serlo. Huecos, guapos pero insulsos, de los que te desentiendes al poco de iniciarse la cinta y que durante casi dos horas hacen el primo para desesperación de quien haya crecido venerando a Kerouac. Con razón el libro ha paseado por los despachos de Hollywood durante años. Se sabía de su potencial, de las posibilidades de lograr un diálogo ardiente con semejante material, sólo que nadie daba con la tecla. Lo intentó Francisco Ford Coppola, que incluso llegó a encargar un guión a Barry Gifford. Hubiera pagado mucho por contemplar su adaptación, por saber cómo formulaba, qué hacía, de qué forma jugó Gifford para amoldarse y traducir una literatura con la que tanto comparte, por saber de Neal Cassidy, William S. Burroughs y Allen Ginsberg después de mucho tiempo. No podrá ser. Cierto que Coppola sigue tras el proyecto, que apadrina en calidad de productor ejecutivo. ¿Y? El nombre que un día fue inevitable sinónimo de gran cine, embajador de una generación de moteros tranquilos y toros salvajes, o al contrario, autor monumental del películas inolvidables, es hoy sinónimo de mamarrachadas de arte y ensayo, experimentos sin grandiosidad ni aventura, artefactos ininteligibles, peores cuanto más se aleja de un cine clásico que por lo visto siempre despreció.

Que siga facturando vino, bastante regular, por cierto, y que no insista en mancillar el recuerdo de La conversación, El padrino o Apocalipsis now. No vaya a resultar que al final no nos creamos que son suyas. Pocas decadencias más atroces y palmarias. Coppola se sorprende que lo que hizo cuando era un joven león del negocio. Descree de aquellos guiones que ahora considera convencionales, de trabajar con estrellas y sufrir las imposiciones de la productora, pensar en el público o haber reactualizado géneros antiguos. Más Godard que John Ford, descubre a la vejez un alma de nardo, de autor, que poco o nada tiene que ver con la monumental fuerza de quien parió a Michael Corleone o situó a Kurtz entre Vietnam y Camboya. Lo suyo, hoy, es el esteticismo. Ir de intelectual. Dar conferencias. Embotellar un vinarro cutre. Ejercer de padre de la artista. Contemplar las puestas de sol en Sonoma. De vez en cuando viaja a Buenos Aíres para enchufarnos unas películas sentimentales, flojas.

Qué hubieran pensado Hemingway o Kerouac de semejante deriva.

La pregunta sobra.

Uno chupó el cañón de una escopeta.

Otro bebió hasta matarse.

Coppola, al que deseamos paz, felicidad y una vejez entrañable, prolonga su agonía creativa contándonos el cineasta infeliz que fue y el poeta que llevaba dentro. Como un niño de pantalón corto que a los setenta tacos sale a hacer monerías y queda inevitablemente idiota.

Julio Valdeón

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