Fue el gran olvidado en la tómbola de los honores en Castilla y León. A nivel nacional le dieron todos los premios. Del Nacional de Literatura al Príncipe de Asturias y el Cervantes. Pero en el Valladolid de su infancia, en el León donde hizo la mili radiofónica, nunca le concedieron el CyL de las Letras. Algunos protestamos. Practicábamos ya para ser deplorados en todas las esquinas, expatriados del gusto por el cuchillo y felizmente abandonados a la dulce intemperie. Al establishment local, a la derecha provinciana y estúpida, y a la izquierda guapa y sectaria, todo postureo y odio, y a la que tanto fustigó, aquellos lamentos nuestros les debían de hacer mogollón de gracia. Qué risa, tú. Un premio para el autor de Mortal y rosa, El hijo de Greta Garbo, Memorias de un niño de derechas, Leyenda del césar visionario y Retrato de un joven malvado. La oligarquía del papel local iba entonces ciega de gambas con gabardina y boina. Borracha de cataratas y prejuicios. No podía admitir la gloria de Franciso Umbral. La hoguera de una prosa con látigo y caramelo. Su escritura salvaje, vuelo sin motor por la historia de España. Los retratos feroces de unos campos de Castilla colonizados durante la guerra por el pistolerismo joseantoniano y luego dominados por los señores de horca y cuchillo y las mierdosas burguesías de plateresco y tedio. 13 años después de su muerte llega un documental, Anatomía de un dandy, que será estrenado en la Seminci. Un documental para ponerse en pie, delante de la pantalla, y aplaudir y gritar como si Iniesta acabara de subirnos de Johannesburgo al cielo o hubiéramos probado la mejor droga de nuestras vidas o alguien pinchara aquella cinta tdk que tanto amamos y que perdimos hace siglos. Lo firman Charley Arnaiz y Alberto Ortega. Todavía no puedo destriparlo. Pero adelanto y firmo que hace justicia a uno de los grandes escritores en lengua española de todos los tiempos. Umbral fue un ser de lejanías, sensible y sensitivo, parapetado detrás una interminable sucesión de máscaras. Umbral es el escritor hambriento, injusto y brillante, que reinventa el idioma y pone alejandrinos y juegos de luces en las planchas de los periódicos. Umbral es el memorialista que oculta sus propios recuerdos al tiempo que ilumina y desvela los nuestros. Umbral es el que siempre cojea del lado del zurdo, el crítico agudísimo, el hombre envenenado de rencor social, secretamente tierno, autor de miles de columnas geniales y varias obras maestras en libro. Nos hicimos escritores por un puñado de héroes, pistoleros y corsarios, y el primero de todos Umbral. Bien está recordarlo.

Julio Valdeón

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