Se nos murió Christopher Hitchens, látigo de beatas. Hay quien por los periódicos habla estos días, afeándolo, del ateísmo recalcitrante. Como si hubiera un ateísmo light, que puedes presentar a los suegros, y otro irracional, comecuras, antiguo, que practican Hitch y otros cerriles. Como si la creencia en el más allá, las supersticiones o los ovnis que ven los pilotos de línea comercial admitiera una respuesta que no sea categórica. Anacrónico, le escupen, un anacrónico y encima avinagrado. Así etiquetan los del injusto término medio (MVM dixit) al británico nacionalizado estadounidense. No le perdonan la falta de delicadeza. Les sulfura que no tuviera paciencia con sus infames horóscopos. Temían la enemistad de un intelecto de tanto voltaje con quienes antes de opinar se lavan la calva, no vaya a molestar con el brillo. Son los que encuestan al personal, consultan el barómetro, sonríen ecuánimes y al fin concluyen que depende, todo depende y no hay opinión mala. Por supuesto que las hay, numerosísimas. Eran, esas falacias y sus sumos pontífices, objetivo dilecto para el gran Hitch. Incapaz de ejercitarse en el minué social del no molesten pisó mil charcos, no dio nada por bueno y escribió unos libros enfrentados al hooliganismo que en países tan sectarios como España resulta (casi) unánime.

Se nos murió Hitch. Al menos a mí, agradecido alumno. Emocionantes, fieras y alegres, y bueno es recordarlas ahora que se editan también en España, sus memorias intelectuales, Hitch-22. Como prefería pensar a rascarse el prepucio del ego, denuncia cuestiones que atañen a su biografía sólo desde el punto de vista racional. Los cotilleos, de haberlos, son siempre puerta de entrada a una disquisición de gran calado. A un ajuste de cuentas que va desde el pasado de estudiante en Oxford, deslumbrado por el troskismo, como era menester, hasta el gran pecado de la progresía norteamericana, cuando calló como puta ante la amenaza de muerte contra Rushdie. Que uno recuerde, sólo Norman Mailer escribió entonces una serie de artículos imbatibles, sin lugares comunes, excusas, paños tibios o metáforas febles, contra la vesanía de los que se adelantaron veinte años a la gilipollez de la alianza de civilizaciones, como si hubiera otra excluida la humana (no descartamos su existencia más allá del sistema solar, pero serán las Voyager, en su viaje por el espacio profundo, quienes las encuentren, si es lo que lo hacen, y en cualquier caso da igual,0 nunca lo sabremos: nos habremos extinguido, o el sol habrá explotado, con una antelación de varios miles de millones de años al fascinante descubrimiento). Hitchens, amigo del Rushdie satánico, comprendió entonces que la izquierda había renunciando a sus bujías ilustradas. Habían ganado la guerra los posmodernos. Todo era ya un deconstructivismo moral que bien podía justificar la muerte de un hombre en atención a las chifladuras de unos clérigos. La verdad del derecho a la vida, la defensa de los valores consagrados por la revolución francesa, la oposición frontal a la opresión, el oscurantismo, la magia negra o blanca y el poder terrible de las metáforas religiosas lo llevó a escribir un libro sobre la Madre Teresa de Calcuta, otomana de cofia a la que tachó, con justicia, de enana fanática. Según tengo entendido aún no conoce traducción al español. Una lástima, porque The missionary position: Mother Teresa in theory and practice merece leerse. Como buena sacerdotisa, favorecía el Hades antes que la penicilina. En otro misil, Juicio a Kissinger, repasó las vergonzantes facturas del tercer hombre.

Cuentan que a medida que avanzaba la anfeta del cáncer reconocía amargo que muchos lo recordarían más por su defensa de la Guerra de Irak, por ser, según decía él, un izquierdista que se había pasado a la derecha, que por su periodismo de ley o su insobornable denuncia del totalitarismo. Suele ocurrir: la anécdota informativa, a una prensa que se complace en exceso halagando el analfabetismo ambiente, interesa más que su soberbia explicación de porque Orwell o Thomas Jefferson importan. La razón sirve también para comprender su decisión de establecerse en EEUU. E incluso de solicitar la ciudadanía. Él, que tanto viajó por las iglesias, católicas o protestantes, del gigante, debatiendo con los oficiantes del rito, contra la idea de un dios que a su entender ponía las bases del totalitarismo al establecer que somos súbditos de un sujeto imperial, sin separación de poderes ni leches, él, que en una ocasión afirmó que ningún creyente había sido capaz de darle una sola ley moral, tipo no robarás, que no pudiera cumplir por su condición de descreído, comprendió que América seguía siendo la Grecia del mundo. Nueva York, su vertical Atenas. Le sucedió como a otros intelectuales incómodos. Los antiguos camaradas le afeaban la falta de conducta. Que hablara de islamofascismo o se dijera contrario al aborto. Ni ellos ni sus supuestos rivales soportan que alguien piense por libre, adictos a la sencilla, amable, liviana, fácil y tranquilizadora dualidad que divide el pensamiento, la página, la tertulia o el micrófono en dos meridianos gajos. A un lado estos y en la trinchera de enfrente los otros. Incapaz ninguno de caminar a su bola porque el carnet exige postrarse ante el paquete completo. Izquierda o derecha. Negro o blanco. Carne o pecado. A buen seguro pasarán los años y los que hoy tuercen morritos, asqueados y divinos, reconocerán sus méritos como ahora comprenden que fue Camus y no Sartre el autor imprescindible.

Bebedor, fumador, al igual que Fiztgerald sabía que el alcohol operaba el milagro de que los otros parezcan interesantes. No se arrepintió de haber vivido a quemarropa. En los fuegos nocturnos, en los dulces venenos, encontró combustible que agitó sus neuronas, mientras la hipocresía fue el tema su vida. Tampoco encontró a dios, con minúscula o mayúscula, más allá del goteo intravenoso. Si acaso la presencia de la muerte le demostraba hasta que insano punto las pretensiones celestiales del Homo Sapiens se deben a que somos propietarios de un cerebro seis veces más grande del que nos corresponde por nuestra masa y tamaño corporales. Dios, o la esquizofrenía, son el precio que pagamos por la inteligencia.

La que Hitch derrochaba y tanto extrañaremos.

Un momento, oiga, ¿y los libros del año?

Sencillo.

Cualquiera de los suyos.

Julio Valdeón

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