Sonroja la lapidaria certidumbre de aquellos que hace no tanto condenaban a la televisión como un contenedor ineficaz y marrullero, incapaz de ensombrecer, por cuestiones de censura comercial o mal gusto, los logros del cine. Se equivocaban, como sabe hoy cualquiera con cable o DVD. Buena parte del mejor celuloide de la última década y pico se viene cocinando en la tele (estadounidense). Breaking bad, Mad men, The Sopranos, Deadwood, Carnivale, Six feet under o The Wire son sinónimo de clasicismo narrativo, audacia argumental, solidez dramática, apabullante estilo e interpretaciones más allá de la reverencia. Basta enchufar cualquiera de las citadas para iluminar las tardes más oscuras con aroma de cine glorioso. A una escala digna de Guerra y paz, asoman sus confortables zarpas unos guiones que a pesar de las épicas dimensiones aciertan en la construcción de la miniatura flexible y aguda. No diré que Justified, la serie que adapta varios relatos de Elmore Leonard, figure en semejante podio, pero al menos trata con respeto, intención y sensibilidad la escritura de un gigante que nunca se ha ido.

Basada, decía, en las peripecias construidas entorno al sheriff Raylan Givens, Justified sigue las andanzas de este singular personaje, esculpido en la mejor tradición leonardiana de caballeros andantes sobrados de cinismo y rincones oscuros. Como Tarantino en su día (Jackie Brown), los responsables de Justified aciertan al respetar la peculiar música de una escritura rítmica, jazzística, que encajaba mal o muy mal con las higienizadas demandas de la televisión comercial. Aquí, o sea, lejos de la tv generalista, se permiten la audacia de que el viejo Elmore resuene en cada fotograma. Sus frases, de esquelatura enjuta, su gusto por el argot, sus germanías y tacos, explotan frescos. Al no higienizarlo, conservan el vértigo callejero. Tan óptimo ha sido el resultado que el escritor, que figura además como productor ejecutivo en los créditos, acaba de suministrarles nueva munición. Titulada, directamente, Raylan, la última criatura del octogenario gigante retoma a su alguacil y lo sitúa en una miasma de pueblos decadentes, entre minas a cielo abierto, buhoneros de marihuana, bares tristes, niñas perdidas y ladrones de órganos. En realidad tres novelas cortas, acaso no sea su mejor obra, pero a estas alturas del partido uno no puede sino asombrarse de que sus grandes bazas -el fraseo intenso, el oído finísimo, la aguda capacidad para quitarle capas a la realidad hasta topar sus huesos- sigan presentes. Inoxidable Leonard, que comenzó escribiendo westerns de altura y acabó consagrado como indiscutible maestros del noir postcontemporáneo. Poderoso cronista de la América en sepia, de la penumbra que cohabita al otro lado del sueño, en sus obras todavía brilla la sangre, temblorosa de crímenes, como una llamarada atroz, vigilante y terrible. Si el sentido de la novela negra (frente a la novela policial y sus mecanos argumentales) era usar la violencia para hacer la polaroid social del país, el autor de Raylan demuestra que todavía tiene sentido practicarla, incluso hoy, cuando ya ningún niño sabe que coño son las polaroids y hace ya ochenta años de la publicación de Cosecha roja.

El mundo, por lo demás, tiene sentido, o al menos interés, incluso cuando los viejos leones se jubilen, pero por lo que concierne a la literatura estadounidense, al menos, de momento, siguen firmes. Don DeLillo, el nombre imprescindible del último cuatro de siglo (junto a James Ellroy, Cormac McCarthy y Philip Roth), entregaba hace tres meses The angel Esmeralda: nine stories. Justamente eso, una recopilación, la primera, de nueve de sus cuentos. Escritos entre 1979 y 2011. Tiene sentido. Los adoradores de Submundo y Libra le afean la depuración a la que ha llegado, hambrientos de aquellos tapices de colosal riqueza, acaso melancólicos ante la deriva zen, afilada, que ha seguido en títulos como Cosmopolis, Falling man o Point Omega. Se diría que en el hecho de reunir algunos de sus cuentos funciona la intención de percutir nunca en los detalles, las narraciones esquemáticas, lo microscópico y lo elegíaco frente a la intrincada vastedad de las viejas obras. En realidad The angel Esmeralda reúne las diversas fases estilísticas del autor de Mao II. La escritura barroca, casi opiacea, de su etapa clásica, y la actual concentración diamantina. Lo que no cambia es su honda facilidad para escarbar en lo cotidiano y encontrar reflejos terroríficos. Su descarnada cosmovisión. Ese tono susurrado y casi profético. Que le permite anticiparse al futuro con una clarividencia digna de un brujo listo y sabio. Contradictorio y fiero. Propia de quien se niega a que lo encierren en la hornacina de clásicos vivos apostando contra sí mismo. Renovando la prosa. Con una escritura llena de anticipaciones, fantasmas y penumbras que funciona igual, igual de bien, con idéntica eficacia, en la distancia homérica y en el fogonazo desnudo.

Reactivo a la posmodernidad, o sea, moderno, sigue Cormac McCarthy. Lo digo a cuenta de Twitter, esa actualización de haiku que sigue la máxima bogartiana según la cual cuanto menos hable un tonto (140 caracteres no parece un exceso de verborrea), menos notarás su condición. Si internet ha revolucionado, para bien, nuestras vidas, también es cierto que ha permitido que millones de imbéciles den cuenta de sus actividades cotidianas y/o aforismos vía Twitter. Entre los generadores de prescindible bisutería figuran, cómo no, conocidos periodistas, escritores, cantantes, actores, cocineros, etc. La gran sorpresa, entonces, fue descubrir que un fulano tan meticuloso, tan serio, como McCarthy, habría abierto cuenta en la red social. Lo supimos cuando escribió a su colega Margaret Atwood para celebrar su libro The handmaids tale. Según explica Rob Hastings en The Independient, Atwood casi sufre un vahído. «Amigos del Twitter», grito extasiada, «¡demos la bienvenida a Cormac McCarthy!». Poco después Jack Dorsey, creador de Twitter, celebraba con las mechas tiesas y a lo loco que «Tenemos a los mejores autores del mundo». No taaan rápido, hermano. Treinta y tres twitts más tarde el supuesto McCarthy se ha revelado un impostor, un tal Michael Crossan. Por decirlo con palabras de Hastings, parecía extraño encontrar entre la dicharachera jarana al hombre que sentenció que no escribía cuentos porque «nada que no te robe años de vida y te lleve cerca del suicidio merece la pena». Hubiera sido curioso leer las reflexiones de McCarthy, pero sus seguidores debieran de alegrarse porque siga concentrado en lo que importa, dejando para los urdidores de chispeantes gracias el territorio de la pildorita que ni huele ni moja ni etc.

Julio Valdeón

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