Hace poco vi de nuevo Gandhi, el biopic que Richard Attenborough dedicó al gran emancipador. Las casualidades, tozudas, hicieron que poco después leyera Ghosts of empire, el reciente libro de Kwasi Kwarteng (Londres, 1975). El parlamentario tory, hijo de inmigrantes ghaneses, reflexiona sobre el legado imperial británico. Escruta el presente por si encuentra las raíces del pasado. No brotes verdes -para verlos necesitas ser ex-ministra de economía a punto de fichar por una hidroeléctrica- sino ecos de aquellos sires que presumían de no apretar el gatillo hasta acabar su gintonic, por más que un elefante loco se les aproximara. Emboscado entre datos, citas e historia, Kwarteng demuestra hasta que punto el imperio british tuvo un forro chungo. Un desastre evidente en países como Irak. Insistieron en privilegiar a unos funcionarios locales corruptos y poco amados. Que provocaron una serie de estallidos nacionalistas. De ahí a Saddam Hussein, concluye el investigador, apenas una concatenación de oprobios y zas, ya tienes a Bush Jr. en la cubierta del portaaviones. Saludando la victoria a falta de otros diez mil muertos. Irak, en fin, un país doblado por la mitad. En el que el deporte pasó a ser el tiro al blanco. La sospecha vírica. Un hábito de fomentar revueltas hasta dejar el suelo patrio cual cementerio en cuya puerta alguien colgó el cartel de no hay billetes. O el caso de Nigeria. Donde por desconfianza hacia los negritos cultos fomentaron el revanchismo de los jefes tribales más supersticiosos. Más anclados al neolítico y sus usos medicinales. Con el añadido de pretender que musulmanes y no musulmanes, respectivamente al norte y al sur, conformaran una nación imposible. Que no admite otra raíz que la estupefaciente negligencia de una metrópoli incapaz de escuchar a sus criados. Como dice Isaac Chotiner, editor del New Republic y reseñista del New York Times Review, «La cuestión de si la India o Nigeria son “mejores” gracias al imperialismo británico contiene una inherente contradicción: antes del colonialismo no existían dichos Estados. Pero para probar sus horrores uno no tiene más que examinar las catastróficas decisiones tomadas por los colonialistas británicos, que continúan influyendo en la actualidad».

Aparte Irak y Nigeria, Kwarteng se detiene en Sudán, Hong Kong, Kashmir y Birmania. Ni que decir tiene que la solución dada a la India, la partición gelatinosa, artificial, ha parido una sucesión de ojivas nucleares. Apenas Hong Kong parece haber eludido el triste destino de sus parientes. El resto confirma la calidad de una herencia poco luminosa, de una colonia apenas interesada en la rapiña de bienes. Entronizaba a sumisas castas locales, alienaba al resto y dividía o pegaba territorios en el mapa con la precisión de un cirujano borracho parido por John Ford, de esos que antes de operar mojaban el escapelo en whisky. Por cierto que Chotiner le afea al autor que no se haya detenido a considerar en profundidad la cuestión religiosa. Esto es. Hasta que punto el protestantismo, frente al catolicismo que informaba los imperios español y francés, no tiene mucho que ver con ese gélido desapego y el alevoso coge el dinero y corre. Como quien no quiere, añade el reseñista que acaso franceses y españoles fueron más brutales en sus territorios. Cuestión discutible. Al menos, sin ponerme el casco bifronte o calzarme la bandera, diría que los españoles levantaron universidades, catedrales e imprentas. Rompieron jergones con las nativas. No fueron sólo sepultureros, que también, no sólo emisarios de las enfermedades, que además, no sólo rapiñaban en busca de oro, que encima, sino que soñaron con mejorar los territorios y hermanarse. Los británicos y sus descendientes, en EEUU, Australia o Sudáfrica, patrocinaron la caza del aborigen. Tuvieron claro que la sangre india no valía para mezclarse. A lo sumo fregarían con ella el suelo del Monument Valley o la escupidera del saloon. Poco más. Cien años después una declaración parlamentaria, un perdón colectivo leído con voz trémula antes de la pausa de mediodía, resolvería el contencioso. Más o menos. Los nativos a la reserva, a chupar del frasco o pegarse un tiro, y la historia por donde siempre. Redimida sin remisión posible. O sea, una barbarie déspota a la que un ciudadano británico pide cuentas en un libro clarividente y pútrido de horrores.

Uno que viajó al extranjero sin mentalidad colonial, más bien pasmado, fue Julio Camba. Como Josep Pla o Chaves Nogales, sustituía el casticismo español mediante el uso de la maleta, al menos durante su juventud viajada y viajera, de corresponsal tripón y atento. En el cincuenta aniversario de su muerte, en España, a Camba, lo recordamos poco o nada. Es el destino de aquellos señoritos cultos, fabulosos escritores, cuya obra se ha acostado en un silencio alpestre del que pugnan por sacarlos algunos editores mohicanos. He sabido, por ejemplo, que alguien va a reeditar La ciudad automática, o esta a punto de hacerlo. El libro llevará prólogo de Manuel Jabois, ese deslumbrante heredero de Camba que pasea por Madrid con la coña galaica incorporada a la prosa. A los escritores, quiero decir el talento que atesoran, se les detecta primero por sus influencias. No basta con el que corazón se les encoja con los buenos articulistas, pero es un principio. Jabois, tipo agudo, inteligente y sentimental, apuesta por Camba y hace bien. Con todo lo que se ha escrito de Nueva York pocos europeros lo hicieron con el desapego fastuoso y dandy del tipo que llegó durante el 29 y concluyó que el espíritu de la ciudad moraba en sus peluquerías. Cuesta imaginar la impresión que debía de causar la ciudad al peatón recién llegado de la Gran Vía. Camba supo cruzar las avenidas, silbar con el viento, recoger conversaciones, exhibir su espada de cartón piedra, siempre inocua, y poner el resultado en limpio. En unas crónicas barbilampiñas e higiénicas que todavía hoy resultan impecables. No antiguas ni museísticas. Actuales. Cuajadas de clarividencia y exactitud. Con las gotas de sorna necesarias para aliviar su fúnebre concepción del mundo. En las que sin el yugo de la maldita corrección política habla de los puertoriqueños, los anglos, los negros, los judíos y los italianos. Su gracejo de caballero rentista que acabaría viviendo en el Palace, en la habitación junto al cuarto de planchar que le puso Juan March, revela a un autor de brocha fina. Con un estilo aparentemente casual pero muy trabajado, muy medido, pleno de ritmo, sincronía e intuiciones. Allí donde de la risa cascabelea silenciosa. Como de medio lado. Más cínica que sarcástica. Dulce a pesar suyo. Una pena que la efeméride no interese a casi nadie, ahora que comenzamos a recuperar a otros grandes olvidados, caso del citado Nogales.

Julio Valdeón

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