Edward Wilson no necesita aprovecharse de su ancianidad para infundir respeto. El gran biólogo se lo ganó en cuclillas, recolectando hormigas en la amazonía peruana, en sus clases de Harvard y en sus libros. Uno de ellos, Sciobiology, contribuyó a desbaratar la buena prensa literaria de la maldad, el supuesto genio del psicópata. Frente al luciferino Hannibal Lecter, que escucha Cavalleria rusticana mientras merienda las criadillas del vecino, colocó un espejo. Donde lucía nítida la inteligencia superior de las conductas positivas. Porque mejoran al grupo, favoreciendo su supervivencia. Y además, y sobre todo, porque benefician a los genes del individuo altruista, que al ser premiado por la colectividad encuentra mejores oportunidades para perpetuarse o, al menos, sobrevivir. Cuando entonces Wilson apostaba por la segunda idea. Inevitable derivado de ambas, el agente antisocial quedaba retratado como una descortesía genética. La oveja negra, en absoluto magnífica, que la tribu castiga. Las conductas generosas, o sea, buenas, o sea, correctas, son pistones fundamentales para explicar el triunfo de la especie. Agasajadas por la evolución, corroboran cuanta razón tenía Juan de Mairena respecto a la bonhomia y cómo el ángel negro, satánico, funciona bien en la poesía simbolista y mucho menos en las sociedades animales, no digamos ya en la civilización (añado que solo hay una, la humana, mal que le pese al holograma de Zapatero). Las tesis de Wilson, que sumaban influencias y estudios previos, mostraron de paso hasta que punto el periodismo o cierta política sigue sin enterarse, verbigracia cuando celebra la inteligencia de un terrorista, en puridad un individuo cuya romería ideológica y/o religiosa parapeta una malfunción mitocondrial que a no tardar reventarán en su pútrido esplendor la neurobiología y otras ramas de la investigación científica. Por escribir contra las verdades reveladas y el prestigio de la diferencia torcida, también por colocar el visor de forma que englobara impresionismo y termiteros, Altamira y manadas de lobos, prehistoria humana e historia natural, Wilson fue acusado de hereje, reaccionario, carca, clasista y racista. Cuarenta años después sus palabras son moneda común en el ámbito científico. Ha sido galardonado dos veces con el Pulitzer (escribe como los ángeles), cuenta con el Crafoord (equivalente al Nobel para las disciplinas que olvidó Alfred), casi treinta doctorados honoris causa, etc.

Hoy, con nuevo libro, vuelve al lugar del crimen. Quiero decir: retoma la discusión para, entre otros asuntos, discutir las tesis de W.D. Hamilton, el gran biólogo británico, en puridad uno de sus maestros, respecto a la “selección por parentesco”. Aquella que, mejorando a Darwin, trata de explicar el porqué algunos individuos de especies sociales sacrifican su propia descendencia en favor de la piscina genética común, en la que estarán presentes, aunque en menor medida, sus propios genes. Mordiendo la bala, Wilson y dos matemáticos ya habían publicado en 2010 un trabajo en la revista Nature donde atacaban la citada selección. Apostaban por la vieja “selección grupal”, abundando en la idea de que el altruismo tiene menos que ver con la relación genética que los mantengan los individuos de un grupo, tipo yo te ayudo porque eres mi primo, etc., (de nuevo, Hamilton. O Richard Dawkins) y sí con las necesidades globales del grupo, o sea, te ayudo seas o no mi primo, comparta contigo más o menos genes, porque vivimos en el mismo hormiguero. Más de 100 científicos ya se han manifestado en contra y no parece que esta vuelta al darwinismo original tenga el éxito garantizado. Eso sí, el abuelo Wilson, quieran o no, se mueve. Incluso contra algunos de los postulados que había apuntalado en Sciobiology. Por otro lado, en artículo más reciente, repasa hasta que punto somos hijos de la guerra, nietos de la turba, la horda, la banda y el grupo, nuestra necesidad de apoyarnos en quienes juzgamos iguales, nuestra vieja búsqueda del enemigo exterior, y cómo, y de qué manera, los impulsos sociales han conformado lo mejor y lo peor de la especie. De la construcción de catedrales al cántico en el estadio, de la maratón de Nueva York a las trincheras en Francia, los bombardeos sobre Vietnam o el auge por la espada, curva o no, del monoteísmo. Este párrafo destacado por Arcadi Espada, supongo que con traducción de Verónica Puertollano, que resume lo expuesto tanto si preferimos la selección por “parentesco” como si apostamos por la “grupal”: “La civilización parece ser el máximo producto redentor de la competición entre los grupos. A causa de ello, luchamos en nombre del bien y contra el mal, y premiamos la generosidad, la compasión y el altruismo mientras castigamos o minimizamos el egoísmo. Pero si los conflictos de grupo crearon lo mejor de nosotros, también crearon lo más mortífero. Como seres humanos, esta es nuestra mayor, y peor, herencia genética”. El estilete de Espada, siempre afilado, añade: “veraz y desalentador” (…) “pero tengo una discrepancia: la tribu no es lo que nos hace humanos, sino lo que nos hace hormigas”.

Insectos o no, los periodistas estadounidenses, consumidos en su nido de publicidad en cuarto menguante y parásitos a discrección, han entonado estos días un prolongado aullido ante la muerte de Mike Wallace. Presentador, estrella, divo reciclado, monstruo con la pregunta venenosa en un recodo del micrófono, padrino de 60 minutes, su trayectoria, de famoso light u hombre espectáculo a figurón sagrado de la entrevista, género en el que resultaba insuperable, desdice la regla según la cual en EEUU no hay segundas oportunidades. En el New Yorker lo explican. Recuerdan que Wallace pasó del periodismo a Broadway y de ahí, como un misil, a consolidarse entre los mejores del siempre peliagudo género de la entrevista. Para entendernos, Mercedes Milá pero al contrario. En lugar de triturar su bien ganada fama para engordar la chequera, prostituyendo su cada día más dudoso talento y multiplicando un histrionismo insufrible, Wallace hizo dinero, fama y fortuna mediante el periodismo en versión nobiliaria. Periodismo sin deslices. Serio. No siempre sobrio aunque sí inteligente, original, honesto, necesario, incluso violento.

Otro titán caído es Bert Sugar. Su nombre, sus libros, equivalen al reporterismo que lejos de dormir la siesta del tópico hacía malabares con una abrumadora concatenación de datos, cifras, memoria, noches del Madison Square Garden, combates de Sugar Ray Robinson, Jack La Motta, Mohamed Alí o Joe Frazier y escritura vertiginosa, embarnecida de buenas historias y mejor oído. Acaso el gran periodista deportivo del siglo en EEUU. O al menos campeón si hablamos de boxeo. No soy de frases altisonantes o nostalgia barata. Sin embargo ya digo, firmo y rubrico que tardaremos en encontrar a un cronista tan bien pertrechado para hacer de lo aparentemente banal un espectáculo a corazón abierto. Recuerden, vía Wilson, que el deporte no lo es: al cabo se trata de una representación incruenta de esa pulsión social que nos hace humanos y, al tiempo, hormigas. En España, amiga a la tertulia con bufanda. Aquí, donde manda el hooliganismo. Prisioneros de un periodismo deportivo con carnet, disponemos de gente como Segurola, Samano, Caballero o Besa. Tipos que, como Sugar en las páginas de Boxing Ilustrated o en sus antologías del boxeo, prestigian un género que solo es menor si lo practican enanos mentales, eunucos de la pluma, avispones simpáticos que escriben al servicio de todo menos del lector. En O´Reilly´s, junto al Madison, hay una silla fantasma que recuerda a Sugar. Un jolgorio de noches con Mailer o Torres. Un eco de cigarros, literatura, anécdotas, canciones irlandesas, chistes, gloria y fracaso, reflectores y rugidos perdidos en bruma de gaitas lloronas. Queda, junto a la barra, una Guinnes sin dueño que ya no alumbrará cuartillas.

Julio Valdeón

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