Algunas obras brillan tanto por lo que muestran como por el fulgor de lo olvidado, de las gemas ocultas. Si hablamos de Bruce Springsteen el material inédito equivale a un canon alternativo que ocupa decenas de discos, ha circulado durante décadas en precarias condiciones y poco a poco va aflorando. Sabemos, por ejemplo, que en el caso de Born in the USA, formado por doce canciones, otras cinco (Shut out the light, Janey don´t you lose heart, etc.) acabaron como caras B de singles, otra, en 1995, en el Greatest hits (Murder incorporated), doce más aparecieron en 1998 el recopilatorio de descartes Tracks (My love will not let you down, A good man is hard to find, Man at the top, etc.) y dos en 2003 en otra antología (County fair y None but the brave). Bueno, pues aún así otros trece temas sólo circulan en diversos piratas (caso de Protection, la fantástica pieza que regaló a Donna Summer, la escalofriante The Klansman, o las bellísimas Sugarland y Follow that dream) y se rumorea que podría existir al menos otra docena. Semejante bulimia compositiva se extiende a The river (veinte canciones en el disco; diez, magníficas, en Tracks; otra en Essential; catorce en distintos piratas y unas cuantas más que de momento son sólo rumores: total, no menos de cuarenta y ocho) y, por supuesto, a Darkness on the edge of town. Con el tinglado del rock entendido como caja registradora a veces olvidamos hasta que punto el de Nueva Jersey ha sido un galeote de la composición, un monstruo que en sus años veloces facturaba, grababa y olvidaba joyas que en manos de cualquiera hubieran servido para elevarlo a los cielos. No, no exagero: ahí están Because the night o Fire, dos sobras de Darkness que lanzaron las carreras de artistas mucho menos agraciadas por los dioses de la creación (Patti Smith y las Pointer Sisters, claro).

Así pues, tras años de rebañarme los tímpanos con bootlegs de, seamos piadosos, variable calidad, luego de buscar y clasificar todas las canciones del periodo que corrían de mano en mano, el 19 de octubre de 2010, a las dos de la tarde, me encerré en una sala del rascacielos de Sony en Manhattan. En la planta veinticuatro, frente a un ventanal que domina el skyline hacia el este, escuché del tirón The Promise, o sea, las canciones que según Springsteen conforman el eslabón perdido entre Born to run y Darkness, un periodo de tres años durante el cual no pudo publicar ningún disco por culpa del proceso judicial con su ex-manager, Mike Appel. Aunque ya la conocía, casi mastico el corazón cuando por los altavoces retumbaron los primeros acordes de la versión alternativa de Racing in the street: remasterizada, te ametralla con rugido feroz, golpea con su armónica alzada en armas, detona en tu pecho con tiros de furia incandescente. Asombroso arranque para un exuberante animalito que embruja merced a los vientos de Gotta get that feeling, que enamora con el glorioso trabajo de Danny Federici en Candy´s boy y arrolla en Outside looking in, en la remozada City of night (conocida durante años como City at night, AKA Taxi cab) o en Talk to me, trallazo soul que regaló a Southside Johnny y de la que hasta ahora sólo disponíamos de una base muy precaria, desprovista de voces y vientos. Las grandes sorpresas, lógico, son las canciones desconocidas, como The little things (my baby does) o Someday (we´ll be together), una barbaridad spectoriana que hubiera encajado con guante de oro en la garganta del Elvis Presley de finales de los sesenta. Otras, como The brokenhearted (puro Roy Orbison) las conocíamos de forma parcial, con pésimo sonido, merced a los ensayos del teatro Paramount de mayo del 78. Están, claro, Because the night, con la letra firmada a medias por Springsteen y Smith (prefiero la de Bruce, que puedes encontrar en el Live 75/85, si bien, por fidelidad al tiempo histórico, entiendo que hayan optado por la primera) y Fire, y también la preciosa Spanish eyes, la seminal The way (una de las grandes baladas del autor, ligeramente más rápida que en el ejemplar que descorchaba viento y carmín por los bootlegs, y enterrada ahora en una decisión cuando menos discutible como bonus track: arranca a los quince segundos de terminar el disco y su nombre no aparece en los créditos, y acaso haya quien por eso crea que se trata de un tema menor, y no) o la sensacional The promise, con toda la banda circulando a pleno rendimiento, acumulando juramentos rotos, palabras asesinadas, coches quemados, chasis de sueños grapados a la carrocería del alma, y demostrando que no errábamos quienes durante años hemos afirmado que es una de las imprescindibles del de Nueva Jersey.

Springsteen ha añadido vientos, teclados, guitarras, remozado aquí y allá sonidos y empastado coros, pero está en su derecho. Uno siempre puede optar por la, digamos, Opción Bob Dylan, que consiste en pasar, más o menos, de los proyectos de archivo; la Opción Neil Young, que con Archives publicará (casi) todo, lo sublime, lo bueno, lo regular y hasta lo discutible, y una tercera vía, la que hoy abraza Springsteen, al revisar el cancionero recóndito lejos de intenciones museísticas, con la idea de forjar una obra sostenida a puro huevo, sin necesidad de notas eruditas. A pesar de la predación de tantos piratas, de las opiniones de los fanáticos, e independientemente de las acusaciones de anacronismo, ya digo que el artista debe presentar sus creaciones como mejor sepa. Con The promise estamos ante un disco mayúsculo que rinde tributo a Leiber & Stoller, Doc Pomus, Gerry Goffin y Carole King, las Ronettes, los Drifters, las Crystals, Dion, Ray Charles, Solomon Burke y demás príncipes del rythm ´n´ blues, el soul, el doo-wop y el rock ´n´ roll primigenios. Fruto de esa decisión, de apostar por las sonoridades románticas, panorámicas, de regusto azucarado, repletas de centelleantes cromados y ardientes estribillos, quedan fuera temazos que por cuestiones estéticas no encajaban, caso de la apabullante Janey needs a shooter o la ominosa Preacher´s daughter. Se trata de la enésima demostración de que todavía cree en el formato disco, en la obra concebida como un todo donde cada parte suma al discurso y añade colores, brumas, aromas y lamentos complementarios. Como tantas veces antes, las piezas son analizadas en función de lo que aportan al discurso final, y no por su evidente singularidad o méritos tomadas una a una. Para quienes crecimos enganchados al LP como artefacto creativo homogéneo, enemistados con la atomización que representa la fiebre MP3 por las canciones deshuesadas, una bendición.

Dice Bruce en las notas interiores de The promise que sumado este doble disco a las inéditas que acabaron en Tracks (cinco, por ejemplo el viaje rotundo y ronco al mejor soul de Hearts of stone, o la insolente y brillante Don´t look back) y a las diez de Darkness, tenemos cerca de cuarenta canciones, o sea, cuatro discos. En realidad la veta da para rellenar, al menos, otro disco, y no uno cualquiera. Imagino, y rezo, que será cuestión de esperar al mil veces prometido Tracks II. Aunque cueste creerlo, dada la belleza de lo que ya disponemos, la fabulosa aventura de las sesiones de Darkness on the edge of town no acaba, todavía no, con de The promise. Ha vaciado su cargador en las tripas del oyente, lo ha reducido a una pulpa de lágrimas como cristales muy picados, y sin embargo queremos más. Yonquis de su genio, queremos rematar el puzzle.

Julio Valdeón

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