La nostalgia, esa zorra. En su nombre traen al Radio City Music Hall un holograma de Elvis Presley para que “cante” junto a algunos de sus comparsas originales. Tampoco olvides el engendro que más humo ha provocado en las redacciones, quiero decir lo “nuevo” de un Michael Jackson que cesó como artista mucho antes de dimitir como organismo pluricelular, a ojo diría que cuando mediados los ochenta consagró su chequera a, primero, blanquearse culo y careto y, después, levantar un kindergarten tóxico. Fuera del radar mainstreim también abundan las heces. De la patética reunión de aquellos Sex Pistols al vomitivo The weirdeness de unos jadeantes Stooges tenemos donde llorar. Ocurre cuando los viejos piratas confunden una milagrosa erección mañanera con la inspiración perdida, contratan estudios y escenarios y, finalmente, salen al abordaje para solaz de herederos y sonrojo del resto.

El siglo XXI, a falta de bríos, parece repleto de operaciones semejantes. Lo peor, lo más chusco, es que también afloran en un underground embebido por el ansia de regresar al pleistoceno. Tómese una reciente fiesta a la que servidor acudió recientemente en Bushwick, Brooklyn. “Homenaje a la Factory”, rezaban los carteles. Tocaban LoveStruck, Madam Robot, Twin Guns y Daddy Long Legs. El menú, canciones de la Velvet Underground, el sueño arty de unos fulanos que cuatro décadas después encuentra su mayor enemigo en sus émulos. Dicen que apenas vendieron discos pero que todos los que compraron uno formaron un grupo. Bien está, pero por dios, que alguien conjure tanto mimetismo, que alguien les explique que de la devoción a la parodia el trecho es corto. Luego de escuchar la cuarta recreación de Venus in furs, Here she comes now o Pale blue eyes lo suyo resultaba tan excitante como transformar los poemas de Rimbaud en una guía municipal de coros y danzas. Los chavales, todos uniformados de velvetianos vampiros, vivían su inconsciencia juvenil con entrañable rictus cool. Quiz´Al cabo de media hora comenzabas a cuestionarte las virtudes de un modelo agostado hasta el calcañar, chupado y roído con ansia museística y cero de inspiración.

Estos aquelarres de la memoria, este hacer de la vanguardia listín telefónico, nostalgia cutre, souvenir intemporalizado, etc., encuentra equivalente en el actual East Village, postal vegana para turistas punk, o en el Lower East Side, donde por cada bar que cierra abren cuatro con pedantería suficiente para sodomizarte hasta la nausea. Las habitaciones que un día deslumbraron, los discos que amamos, son ya tanatorios donde los nuevos forenses, habitantes de Williamsburg y tal, fornican con Frankenstein reencarnado. Entre tanto Mr. Reed, the real deal, dando lecturas a mayor gloria de las embajadas catalanas, consagrado, oh, ah, como POETA. Puestos a copiar, a cambiar las estatuas de sitio, porque no buscan, al menos, otro totem, aunque lo cierto, bien pensado, es que basta con acercarse al Greenwich Village para constatar que allí también ejercen sus fantasmas de guardia, Coltrane y cía. De copia en copia, sí, hasta mordernos las asqueadas venas.

Julio Valdeón

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