The Low Anthem, delicados, antiguos y modernos, con bigotes Deadwood, graban su tercer disco, Smart flesh, en una fábrica de salsa de pasta abandonada de la Costa Este. Desconocemos la clase de aderezo. ¿Pesto, ragú, amatriciana, puttanesca o alfredo? El edificio, de principios del XX, se encontraba en un estado ruinoso. Bajo unas condiciones terribles, de frío polar que congeló gargantas e inficcionó las canciones con dramatismo blanco e imprevisto, el grupo peleó en busca de su El Dorado. Esos ecos profundos que parecen nacidos de una grabación del Congreso realizada por Alan Lomax en el Clarksdale de antes de la guerra (mundial). En realidad su gusto por las sicofonías viene de lejos. Oh my God, Charley Darwin, su tercer largo (siempre que cuentes como segundo la edición de Charley Darwin editada por ellos mismos), y primero con el respaldo de la industria, fortificó la conexión folk con Poe. Trazaba un camino intermedio entre la extravagante América de Las cintas del sótano de Bob Dylan & The Band y el Greil Marcus del estudio sobre el particular, con muestras de la Carter Family Apalaches mediante y derrapes sónicos del Tom Waits más rockero. Piensa en Porter Wagoner. En Jimmy Rodgers y Hank Williams. En Bill Monroe antes de consolidar el bluegrass. En un cruce imposible de Sister Rosetta Tharpe, el tono sepia de las viejas polaroids y la prosa licuada de Raymond Carver.

Smart flesh dobla la apuesta. Canciones como Ghost woman blues, Apothecary love o la coheniana (de Leonard) Burn, constrastan con zarpazos retorcidos, polvorientos, de sintaxis básica y combustible vintage, tipo Boeing 737. El equilibrio, más escorado a la calma dolorida que en anteriores entregas, sirve como reencuentro con una banda con los bolsones siempre llenos de vinilos remotos. Experta en emular sonidos espectrales. Oscuros. Con sabor a pizarra. Quizá aquellos que obsesionaban a Dylan cuando en 1997 trabajaba en Time out of mind junto al mago Daniel Lanois, primero en California, después en Miami, y que de alguna forma nunca alcanzaron (al disco, soberbio, le sobra el gusto de Lanois por la experimentación, su afán por colocar la firma. Dylan, en su reciente reencarnación como productor de sus propios discos, “Jack Frost”, ha dado cuenta del asunto en Tell tale signs, octavo volumen de las Bootleg Series, donde aparecen crudas versiones de Mississippi, Can´t wait, Dreamin´ of you, Marchin´ to the city o Red river shore, entre otras joyas de las sesiones de Time out of mind limpias del toque Lanois: más que una ruta alternativa se antoja una declaración en contra de aquel disco).

Ok.

Decía que luego de varias confusiones a cuenta de los usos horarios, tras convencer a la buena gente de su discográfica de que vivo en Nueva York y por tanto mi hora es idéntica a la de Jeff Prystowsky, llamo al teléfono facilitado. Al otro lado, cortés y tímido, me responde el multistrumentista, compositor y vocalista.

P.-¿Cómo ha sido el trabajo con Nonesuch? ¿Seguís manteniendo la complicidad de la que tanto hablasteis cuando salió el anterior disco?
R -Sí, sí, sin duda. Nonesuch nos da mucha libertad, toda la que necesitamos. Para empezar nos preguntaron a quien queríamos de productor. Cuando respondimos que a nadie, que preferíamos trabajárnoslo nosotros mismos, les pareció bien. Más aún: hubiéramos podido encerrarnos en el estudio que se nos hubiera antojado, pero preferíamos buscar algo distinto, no un espacio convencional. Acabamos encontrando la fábrica abandonada. Lo increíble fue que esto también lo admitieron.

P.- Imagino que el proceso habrá sido distinto al que vivisteis con Charley Darwin, cuando nadie os conocía, etc. Entre medias habeís actuado en Bonnaroo, en el Newport Folk Festival, en el Austin City Limits o en Glastonbury, donde fuísteis una de las sensaciones. Por no hablar del programa de David Letterman, del que ya podeis consideraros veteranos.
R.- Sí, claro, Charley Darwin lo grabamos, diseñamos, publicamos y distribuimos nosotros. Con nuestro dinero. No teníamos presión de ningún tipo. Tampoco, todo hay que decirlo, muchas esperanzas. Ahora, afortunadamente, es distinto. Estamos con discográfica estupenda. El trabajo ha sido muy fácil. Concentrardos en la música, en facturar las mejores canciones posibles, en grabarlas como mejor sepamos, mientras ellos se encargan del resto. En el caso de Nonesuch, la libertad es absoluta. Comprenden nuestros ideales. Se limitan a facilitarnos la vida. Con la ventaja de que firmamos un contrato clásico, donde nadie pide porcentajes por entradas o merchandising. ¡Cómo para no estar contentos!

P.- Vale. Estais contentos. Algo que, por cierto, tampoco se nota demasiado en la música… O sí, pero de forma oblicua, imagino, más por los frutos logrados que otra cosa.
R.- Somos así, un grupo quizá melancólico, no sé, tampoco estoy tan seguro, nuestra euforia tiende a aflorar en tonos sepias, a macerarse, o bien a brotar a borbotones, en canciones más aceleradas y broncas, como Boeing 737.

P.- Llama la atención el sonido. Todavía más que en Charley Darwin, habeis forjado un tono homogéneo, una reverberación que permea los versos y os situa en un espacio difícil de identificar, casi más espectros que tipos de carne y hueso. Supongo que peleásteis bastante para lograrlo.
R.- Una vez que encontramos el edificio nos llevó un par de semanas acostumbrarnos. Hubo que llevar todos los materiales. Decidir como aprovechar el espacio. Tirar cientos de cables. Instalar las consolas. Y luego estaba el frío, horrible, ¡horrible! Espantoso, de verdad. Un frío que te obligaba a dar saltos en mitad de una grabación, que impedía que las voces sonaran bien, que desafinaba los instrumentos. Poco a poco fuímos domándolo.

P.- Y está el hecho de no tener productor, de no contar con alguien que aconseje.
R.- Oh, sí, claro, esa es la contrapartida de la libertad, que a punto estuvo de costarnos el disco.

P.- ¿Perdona?
R.- Verás. Cuando llevabámos aproximadamente unos dos meses de grabación estabamos satisfechos. Hasta entonces habíamos escuchado lo que teníamos en el mismo espacio, enorme, donde grabábamos, en uno de los inmensos cubículos de la fábrica, con sus techos altísimos, etc. Decidimos que había material suficiente y lo grabamos para escucharlo en el coche… Nos quedamos espantados. ¡Lo que sonaba majestuoso, casi en cinemascope, en la fábrica, era un suspiro, un jadeo, nada, en el puto coche! En la fábrica sonaba de miedo por la acústica del lugar, no por lo bien que estuviera grabado. Casi me atrevo a decir que cualquier disco, cualquiera, sonaría tremendo si lo pones allí. Imagina nuestra frustración. ¿Donde demonios estaban los ecos siderales, los espacios entre instrumentos? Fue bastante duro. Creímos que seríamos incapaces de lograrlo. Pero nos repusimos. Poco a poco lo fuímos domando. Aprendimos a manejarlo. Y estamos muy orgullosos, muy satisfechos, del resultado.

Artesanos de la canción perfecta, Prystowsky, Jocie Adams (que antes de unirse al grupo fue becaria de la NASA), Mat Davison y el omnipresente Ben Knox Miller, fundador del grupo junto a Prystowsky, son fieles a una tradición que venera los instrumentos antiguos, las herramientas demodé, como eslabones con un pasado reivindicable. Necesario en la apesadumbrada escena de cacharros digitales y adolescentes sordos al talento añejo; lo de siempre, claro: las jóvenes generaciones siempre fueron muy partidarias de la tábula rasa, que para eso son jóvenes, pero la angustia del cronista se amplifica al constatar la estafa que castiga lo analógico como paquidérmico residuo de mentes sentimentales y reaccionarios luditas. Leyendo el libreto interior de Smart flesh descubres una panoplia de pianos, clarinetes, guitarras acústicas, armónicas, contrabajos, trombones, órganos eléctricos, órganos tubulares, banjos, violines, armonios (que combinan viento y teclado), cimbales, acordeones diatónicos, arpas de boca (también conocidas como birimbaos, o instrumentos idiófonos), omnichords (una especie de arpa eléctrica fabricada en los ochenta por Suzuki)… Siendo la obra de cuatro chavales, asombra por su enciclopédico conocimiento de las tradiciones antiguas, porque antempone el estudio al airado desprecio sin resbalar por la pendiente de la espantosa arqueología, siempre venenosa cuando hablamos de arte.

P.- La última vez que os ví en directo, en el Bowery Ballroom, fue también la primera. Me quedé pasmado al constatar la cantidad de instrumentos que tocasteis, y lo mejor, lo bien que encajaban en el discurso, lo poco que aquello tenía de lucimiento personal y sí, mucho, de construcción muy pensada.
R.- Ah, los instrumentos. No los sacamos porque sí. No se trata de demostrar que sabes mucho, de una pose. Para nosotros tiene sentido tocar el órgano tubular. Nos encanta su sonido. Es perfecto. Está en grabaciones que amamos. Además, nos permite experimentar. Quiero decir, los instrumentos raros, viejos, por poco explotados, por olvidados, ofrecen unas increíbles posibilidades para combinarlos con la tecnología actual. Para buscar sonoridades inéditas, forzarlos y esperar a ver qué ocurre. Con los años hemos acumulado una maravillosa colección de violines, mandolinas, banjos… los compramos, los buscamos en tiendas de anticuarios y, ¿sabes lo mejor, lo más emocionante? Últimamente el público nos trae a los conciertos instrumentos viejos, que tenían olvidados en el desván, que habían heredado de su abuelo, que nunca habían tocado o estaban rotos. Nosotros los reparamos, los restauramos, y los incorporamos a nuestro equipo.

P.- Respecto a Charley Darwin en Smart flesh parece capital el fichaje de Davison.
R.-Sí, sin duda. Ha ayudado a expandir el sonido. Aparte de ser un multistrumentista consumado, tenía muchísima experiencia como vocalista, ha cantado en un montón de grupos, y nos ha permitido explorar armonías que antes nos estaban vetadas.

P.- No puedo despedirme sin preguntar por Bob Ludwig, que ha remezclado el disco y ya hizo lo propio con el anterior. Con su currículum (The Band, Neil Diamond, Bruce Springsteen, Frank Sinatra, Nirvana, Pet Shop Boys, Jimmi Hendrix), que incluye la remasterización completa del catálogo de la Creedence, Dire Straits o los Stones, ¿no os asustaba?
R.- Al principio, cuando íbamos a conocerle, sí. Se trata de una leyenda. Después, una vez que trabajas con él, descubres que es un tipo estupendo, un enamorado del sonido con un oído superdotado que te ayuda a alcanzar tu visión. Le pareció estupenda nuestra apuesta contra la compresión.

P.- Ese cáncer.
R.- Yeah.

Julio Valdeón

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