Son al rock lo que el tiburón mecánico empleado en la película de Spielberg a un jaqueton auténtico. Cartón piedra que no puede sustituir la potencia del verdadero animal. Los cruceros musicales, de mucha prestancia estos últimos tiempos, corroban la triste condición del rock como ensaimada. Cóctel en mano, el público corea estribillos favoritos cual contable en viaje a Las Vegas. Tenemos el crucero de ZZ Top, a los que vi hará cinco años en el teatro Beacon para cerciorarme de que lo suyo son riffs como castañas. Viajarán acompañados por la Marshall Tucker Band, George Thorogood y Johnny Winter. Hay más, como el de KISS, y uno no quiere ni imaginar los efectos que el sol caribeño pueda operar en el maquillaje, pura plasta blanquinegra por la que patinará con la barriga la clientela, en plan pingüino emperador con siete margaritas extras. Sin olvidar a los Backestreet Boys que amargaron mi adolescencia, cuando acudía a clase con la carpeta forrada con imágenes de Jerry Lee Lewis y las chavalas más biónicas insistían en ignorar mi exquisito gusto y mi cuerpo serrano en favor de quienes podían tararear los politóxicos estribillos de semejante grupete. Al menos me relamo pensando en las oportunidades que tantas videocámaras ofrecen a quien, como el arribafirmante, es un obseso de los tiburones. Con suerte disfrutaremos de un ataque en perfecta definición. El de la turista americana en las Gálapagos, el único filmado, ya lo tenemos muy visto. Queremos uno con Brian Littrell y un tiburón tigre ya.

Julio Valdeón

© Julio Valdeón Blanco / Diseñado en WordPress por Verónica Puertollano (2012)