Toma cuerpo el fenómeno de los clásicos revisitados. Con la industria en bancarrota emociona escuchar en directo ciertos discos. Más que el taller del artista visitas el museo. Lo que antaño fue éxtasis ahora ondea como relectura simbólica o paseo indoloro por tierras conquistas. No alimenta, pero tiene su punto. Entre los penúltimos en acogerse a la fórmula figuran los Pixies. Recuerden, aquel grupo fantasmagórico que hechizó a indies españoles de los noventa, mitad susurro mitad canción marciana. Se disolvieron en 1993. Volvieron hace un lustro. Desde entonces lucen galones, hacen caja con pedigrí, repasan antiguas glorias en nombre de sus sacrosantas cuentas corrientes. ¿Algo que objetar? Al menos en EEUU los reseñistas de la facción cool evitan tirar con bala porque, carajo, mamaron sus obras. Sucede como con el heavy entre los críticos rockistas: a callar aunque apeste: son las cosas del querer, la bendita, sucia nostalgia.

A lo que iba. Black Francis, Kim Deal y cia. tocaron en el Hammerstein Ballroom. Calvos, gordos, cansados, pero oye, eficientes. Así son los yanquis. Incluso cuando toca apoltronarse, en la hora del corredor dopado y los aplausos ganados con una década de antelación, actúan con impoluta profesionalidad. Dirías, incluso, que de las guitarras brota emoción genuina, lágrimas no plastificadas, mordiscos de sal. Los viejos amantes, en su encarnadura siglo XXI, como esa novia sabia y algo puta a la que encuentras una noche, esa, sí, que conoce tus puntos cardinales al dedillo, incapaz, por otro lado, de encender ningún fuego excepto el del orgasmo mecanicista, bombeado por la intuición, el garbo y la eficacia que otorga la memoria. Puede que incluso buena parte del público saliera dando saltos, que muchos revivieran sus días de vino y rosas y blablablá. Y quién soy para condenarlos, para decir que me aburrí bastante, si a mí, lo confieso, me ocurrió algo similar viendo a Springsteen en el Madison Square Garden días antes: tocaba, de cabo a rabo, The wild, the innocent & the E Street Shuffle, y la noche siguiente The river. Descontados los méritos artísticos, la panoplia de filias y fobias, etc., no descarto que algo cuenten las predilecciones personales, los vaivenes de la melancolía, la añoranza de mis naves quemadas, el recuerdo, en suma, de otro tiempo menos cansado. Un tiempo, por cierto, que no parece pasar por las huestes de Sonic Youth. Lee Ranaldo, Kim Gordon y Thurston Moore acarrean más de un cuarto de siglo combustionando amplis. Cantaron en el Music Hall de Williamsburg, en el epicentro de un barrio ya conquistado, ay, por los guays de diseño, que son todos. Los Youth estuvieron enormes. Colocan sus tonadas al borde del abismo, anocheciendo entre centellas, reactivos a la modorra del triunfo. Quizá la explicación del milagro radique en los discos, en que siguen creando música relevante. Quieras que no, se nota.

Otra vía hacia la excelencia, también difícil, consiste en darle al machete para rescatar templos comidos por la selva. ¿Problemas? Que dichos tesoros deben existir con anterioridad. Verve ha tenido suerte, y ahora el productor Richard Seidel nos trae setenta y seis canciones grabadas en directo en el club Crescendo de Los Angeles por una imparable Ella Fitzgerald. Fechadas entre 1961 y 1962, y ordenadas en cuatro CDs, la historia de cómo estos diamantes fueron rescatadas la contaba con clase Fred Kaplan en el New York Times. El oro que cobija el estuche, la sensación de encontrarte ante un monumento que amplía un canon de por sí mayúsculo, convierte a esta caja en la reina del año, y hablamos de un año, oigan, repleto de grandes cajas.

Julio Valdeón

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