A veces escucho a Javier Melero y creo asistir a uno de esos sólidos dramas procesales con abogados inteligentes y capaces. Cuando habla, para qué voy a engañarles, tomo notas y aprendo. En otras ocasiones asisto a las exhibiciones del juez Marchena, que amonesta y ordena, ilustra y manda con la habilidad de uno de esos raros y elegantes mediocampistas que parecen tener el juego y el campo metidos en la sesera. A veces, ay, me asalta el tedio. Sobre todo si el interrogatorio de la acusación corre a cuenta de Consuelo Madrigal, aunque en honor a la verdad, que es amarga y quiero echarla de la boca, también ha tenido sus mañanas luminosas, sus tardes de esgrima automática, sus momentos de contradecir a quienes sospechamos que por sus venas corre el suavizante. En caso de aburrimiento superlativo siempre puedes contar con Andreu van den Eynde. No soy experto en tribunalez, desconozco por tanto si estamos ante un exótico mirlo blanco o si sus logros son los habituales y sus hazañas resultan cotidianas en el día a día de la Justicia. Sea como sea su capacidad para levantar a la grada a base de exprimir a los testigos, su manejo de los tiempos y su talento para lograr de ellos la declaración más tóxica posible, la que más daño haga a sus clientes, merece ovaciones y mármol. Fueron tremendas las declaraciones de los agentes, tanto de los que cumplieron con su obligación y honraron la placa como aquellos otros, binomios míos, que jugaron a ejercer de policía política, que es una cosa como muy de cine negro concienciado durante la II Guerra Mundial a falta de un Bogart que pusiera orden y recordase a los facinerosos de qué más allá del rule of law habitan dragones. Los procesados, varios de ellos al menos, han hecho gala de una capacidad mitinera y una demagogia de tintes ciertamente épicos. Lástima que en lugar de una campa rebosante de juventudes enardecidas por la agreste ratafía o un salón repleto de unánimes patriotas tengan que malgastar su
talento para el sermón delante de los jueces en los que los ciudadanos confiaron la vigilancia de la ciudadela, acosada por bárbaros. Pero nadie, ni los profesionales del ramo ni las fuerzas del orden ni los acusados, ni siquiera los empresarios y paniaguados que trabajaban a título de inventario y aceptaron encargos que nadie pagaría, ja, me conmueven tanto, me remueven tanto, me impresionan con la fresca ferocidad de los testigos últimos. Estos ciudadanos, convocados para votar en la fiesta de la democracia. Sosegados como corderos. Incapaces de entender cómo es posible que la autoridad se mosquee cuando decides pasarte las leyes por tu sacrosanto arco del triunfo de caprichoso niño empoderado. Hay que escucharles para entender la profundidad del mal. Que no es tanto la maldad, aunque sí la xenofobia, como la obstinación en el puro analfabetismo y esa cosita sonriente y hermética que tiene siempre el culto. Cualquier día uno de ellos girará la cabeza 180 grados y nos empezará a hablar en lenguas.

Julio Valdeón

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