Abran cualquier periódico. Encontrarán la canción insomne, forajidos con la ley de su parte, jueces de horca y cuchillo, pútridos ensotanados, enfáticos columnistas, monjes, médicos, policías y predicadores. En su defensa blanden códigos penales viciados por delirios de índole puritana. En sus cabecitas vislumbran una sociedad limpia de venenos proscritos. Presta a chupar con gula lo que la autoridad sancione. Pero droga, ¿recuerdan?, quiere decir «sustancia mineral, vegetal o animal, que se emplea en la medicina, en la industria o en las bellas artes». O «preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno». María y costo, caballo y pirulas. También tabaco y tequila, ron y cerveza, vino, mezcal, champán, ginebra y whisky. O la dulce morfina y la brutal metacualona. El fenobarbital y el clonazepam, la fenciclidina y el lexatín, la cafeína y el clorazepato dipotásico, etc. Pasaportes al negro u orlado espejo al sueño, la visión, la hilaridad, la creación, el vértigo, el confort o la muerte. Drogas, en fin, que circulan por la calle o que vende el farmacéutico, ese que ensaya torvos morritos cuando atiende a una adolescente que quisiera seguir menstruando.

En Estados Unidos, circunscritos al terreno musical, el viaje ha sido largo y en contra. De los saxofonistas ciegos por el pico pasamos a los mesiánicos niños celestes, del polvo blanco al éxtasis, hasta alcanzar la completa impostura gremial. Reconvertidos en empresarios, rodeados por consejeros, paladines de la moda, diseñadores de camisetas, zapatillas o gafas, los figurones del rock mantienen una relación ambivalente con sus elixires. O sea, hasta el culo en privado. En contra si hablan frente a las alcachofas. Los desacomplejados consumidores de todo lo que burbujee, prenda o provoque cosquillas en la alegre intimidad del hotel o el festival ejercen como implacables sacerdotes de la cruzada anti cuando detectan la presencia del público.

Por eso, porque vivimos hasta los genitales de volcánicos predicadores empeñados en salvarnos, porque los dioses hacen lo que les sale del escroto mientras obligan al gentío a comportarse cual rebaño, porque ya está bien de furia prohibicionista y humillante paternalismo, por eso y más, tipos como Willie Nelson resultan necesarios. Su presencia airea la gallofa oficial, abren los candados de la inteligencia, invitan a creer en el ser humano como simio pensante, con capacidad de manejarse sin necesitar de mando a distancia. Inveterado fumador de yerba, amable profeta del buen rollo, concienciado vaquero que nunca encajó en los estereotipados papeles reservados en Nashville para las estrellas, Nelson fue sorprendido hace meses con unos gramos de maría en el interior de su autobús. De nada sirvió explicar a los uniformados que aquella esponjosa sustancia era de uso terapéutico y había sido comprada en california, donde efectivamente el cannabis sativa está autorizado en según que circunstancias.

C.R. “Kit” Bramblett, fiscal del caso que se sigue en el condado de Hudspeth, Texas, ha propuesto un acuerdo al abogado del cantante. Un pacto bochornoso. Un arreglo propio de un funcionario con el rostro preñado de hormigón. Acostumbrado a que la geometría legal permita chulear a gusto. Para eludir los 2.000 dólares y 180 días en la trena propone que cante para el tribunal Blue eyes crying in the rain en concepto de «servicios comunitarios». Añadan 100 pavos de multa y saldrá libre. «Puedes apostar tu culo a que no seré malo con Willie Nelson», ha comentado el ufano Bramblett. Como quien dice, que se suba al estrado y baile. Como si en vez de un ciudadano, no digamos ya un creador que ha roto estilos y forjado una trayectoria digna de reverencias, tuviera una cabra, la cabra de cuernos barrocos y ubres insuficientes a la que el dueño del circo expone junto al organillo. Como si en lugar de Willie Nelson, fundador de Farm-Aid, miembro del salón de la fama del country, autor de decenas de discos, padre del movimiento outlaw junto a Waylon Jennings, ganador de diez Grammys, digo, estuviera el oso cojo y bizco, bamboleante, al que la autoridad penetra rectalmente entre aplausos.

En la farsa de la cruzada, el oso o cabra sodomizados, con dos ojos cerrados y un tercero abierto cual sol de medianoche, somos todos.

Julio Valdeón

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