La corrección política ha incinerado buena parte del debate social. Amoldada a unos eslóganes biempensantes nocivos de puro castradores, la masa jalea cualquier ñoñería. Ahí tienen, en España, la reciente disolución del jurado del Premio Nacional de Cinematografía porque no era paritario. O la bochornosa cancelación de los actos dedicados en Francia a Céline en el cincuentenario de su muerte; obviando, como explicaba Savater, que «la moral no es universalmente exigible en todos los campos (como el respeto a la legalidad)», que el bufo, intratable, antisemita y despreciable chulazo escribió un puñado de libros que de puro feroces son cantos volcánicos a la humanidad. En Estados Unidos, donde tantas balas silbaron durante las llamadas Guerras Culturales, la corrección es oblea obligatoria. Mortecina daga que has de besar si pretendes ganarte la felación del gentío.

Sólo desde éste asesinato reiterado de la honradez intelectual se explica, por ejemplo, el desfile de unos ídolos pop presidiendo caritativas fundaciones a mayor gloria de su apetito mesiánico. Servidumbres de la mercadotecnia, que hizo de los cantantes de éxito ejecutivos entregados al retortijón sensiblero. A nosotros, peatones en el laboratorio de la historia, nos queda acumular pasmos. El último, provocado por un grupo de probos ciudadanos de St. Louis, patria de Chuck Berry, donde protestan ante la idea de que le sea dedicada una estatua… pagada con una colecta. Los galenos de la limpia conciencia detectan virus. Airean pasados delitos, relaciones sexuales con menores e impago de impuestos. Da igual que fuera Berry sentenciado y cumpliera. No siempre fue santo.

Los cursis profesionales y los repartidores de boletos al paraíso florecieron un día en los pastos de eso que llamábamos derecha. Con la izquierda entregada a su autodemolición sufrimos la invasión de unos castos militantes empeñados en desairar pecadores. De Don Juan a Berry, Erza Pound o Quevedo la lista de ídolos enajenados crece hasta alcanzar colores de hoguera mediática. Niegan la atormentada biografía del maldito, que no por cabronazo escribió peor. Ignoro cuanto durará el akelarre de babas y quiero vomitar cuando los comentaristas de la ultraderecha meapilas aprovechan la tontería ambiente para presumir de iconoclastas. Si son socialdemócratas peor: fueron los nuestros y teatralizan tics al alcance de cualquier curilla. Lo del viejo Chuck exhibido como alimaña resulta suficiente para que abrace el lema celiano que el filósofo reproducía en su artículo: «En el periodo más rabioso de la historia de Francia puedo enorgullecerme de haber logrado al menos la unanimidad de los franceses en un punto: mi asesinato». Innecesario recordar que en la Capital Cultural de Europa su mejor escritor, el único reconocido en el mundo, sigue amenazado de muerte. Gratuito, por la epilepsia de los censores, hacer recuento del catálogo musical del fulano que parió Maybellene. Tonto, pues nadie escucha, recomendar la lectura del Viaje al fin de la noche. Sin embargo, a pesar del aparente triunfo de una estética desodorizada al compás de una ética putrecfacta, luchar contra los falsarios es ya la última pelea que merece lucharse.

Julio Valdeón

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