Neddy Merrill, un cuarentón apuesto y sonriente, moja los pies en la piscina de unos amigos y anuncia que regresará a su casa de piscina en piscina, siguiendo la cadena azul, cloro, cielo y azulejos, que zizaguea ininterrumpida hasta la puerta de su mansión. Su aventura, recibida con simpatía, arranca como epopeya light y acaba en farsa, derrumbado Merrill a las puertas de una casa, la suya, cerrada y sucia, mientras los fantasmas de antiguas amantes, la certidumbre de la ruina, los impagos y envidias chorrean tras sus pasos descalzos. Hablamos, claro, de El nadador, que recordarán por la estupenda y surreal película protagonizada por un Burt Lancaster ya emancipado de las servidumbres de Hollywood (de esa misma época son The scalphunters y Los profesionales). Antes de que la dirigieran Frank Perry (que abandonó el proyecto a mitad de rodaje) y Sidney Pollack, El nadador fue un soberbio relato, uno más, cortesía de John Cheever. Lo ambientó en Westchester, como tantos otros cuentos suyos, territorio de casonas orgullosas, jardines cortados al bies, carreteras familiares, fincas, porteros, limusinas y martinis con guinda de bilis que se extiende al norte de la ciudad de Nueva York. Sus habitantes trabajan, en buena medida, en las grandes corporaciones y oficinas de Manhattan. Son abogados, especuladores, directivos bancarios, inversores en Wall Street. Cada mañana y cada noche regresan a Grand Central Station, la estación de bóveda papal, pintada de estrellas, de la 42, sita a los pies del rascacielos Chrysler. Los niños conocerán ese ambiente, esa ruta y esos pueblos ricos, merced a la fabulosa Mad men, cuyo sinuoso, carismático, inquietante y al cabo melancólico protagonista, el muy atractivo y oscuro Don Draper (Jon Hamm), vive en Ossining, la villa situada a una hora de Manhattan que fue en la vida real, si es que tal cosa existe, residencia del propio Cheever. En el centenario del nacimiento del gran escritor, cuando también se cumplen treinta años de su muerte, viajo hasta allí sin otro motivo que seguir sus pasos, husmear en los rastros de luz que brillen tras la hojarasca para reencontrarme con el ambiente crepuscular y chismoso de aquellos relatos que publicaba el legendario New Yorker. Hay que leer ha Cheever y sus páginas enemistadas con la solemnidad, siempre tersas y siempre secretamente agresivas, que te apuñalan con una radioactiva serenidad y un nosequé que sangra a contratiempo, un estilo feroz y un de cuchilla afilada, cortante, confidencial e íntima.

Con el paso cambiado, a la hora en la que el personal arriba a Grand Central, pregunto en ventanilla por la puerta treinta, subo al tren y viajo durante casi sesenta kilómetros en un vagón de asientos lujosos pero raídos, color vino oscuro, morado antiguo, hasta bajarme en una estación a orillas del Hudson. La mañana es ancha y dura, fría. Con unos cielos de escarcha lapislázuli. Si bien el río, este año, no baja helado. Cada palmo de asfalto que recorro en dirección al centro, situado en lo alto de una colina, me lleva entre chamizos derruidos, construcciones feas, hogares de pobres convencionalmente desconchados, descamisados de pintura, como si quisieran ser fieles al tópico que dictamina que en Estados Unidos la auténtica riqueza siempre está oculta, lejos del downtown. Ossining, que fue pueblo indio y granja de colonos en el XIX, es hogar de un puñado de misiones e iglesias descomunales, gótico falso, románico de cartón piedra, antiguo centro de estudios de la General Motors y obstinado refugio de ejecutivos que se resistían a cambiar su residencia al más cómodo y pujante Rye. Los lectores de Cheever reconocerán a duras penas las tristes historias de burgueses bostezantes, maridos infieles, esposas con amante incorporado, barbacoas deshechas y cócteles directos al hígado en esos arrabales desmañados, en los contenedores varados por la acera, la oficina de reclutamiento de los marines, los talleres de reparación de coches, los mecánicos descamisados y grasientos que desayunan cerveza y bocadillos en una cafetería plastificada y falsa. Al menos les costará encontrar complicidades hasta llegar a la calle principal, cuando descubres que al menos ahí sí, aquí sí que han cuidado la estampa vieja de la ciudad antigua, repintado fachadas y reconstruido aleros. Poco a poco el paisaje cambia hasta parecerse a la imagen preconcebida. Con sus comercios de caramelo, sus bombillas nacaradas, cartelones de cretona entre frondas de pasteles, ráfagas de humeante olor a carne a la parrilla o melosas french-toasts. Imaginas, entonces, al Cheever achacoso, indignado por la idiota soberbia de sus vecinos, que paseaba despacio por estas calles. Que tomaba el electrocardiograma de América mientras entraba y salía de los bares. Macerado en whisky. Con un nudo gris de nicotina alrededor de los ojos entrecerrados. Cheever, al decir de su biógrafo, Blake Bailey (apasionante su Cheever, A life), cruzaba gravemente la avenida presidida por la oficina de correos y saludaba sin demasiado jolgorio al constructor de piscinas olímpicas, al cartero priápico y al oficial de policía canoso al que la edad no había atenuado el racismo rampante.

Pero la verdad de Ossining no está en el centro. Sus auténticos emblemas son las urbanizaciones y su cárcel. Las concentraciones de chalets lujosos, mecidos por el sonambulismo de sus inmensos árboles, escondidos entre grandes cercados. Y Sing Sing, cárcel de máxima seguridad al que los habitantes quisieran sacar algo de provecho económico abriéndola a las visitas. Un poco como hicieron en San Francisco con la siniestra Alcatraz, vieja prisión entre olas y tiburones blancos que al decir de Stephen Frey sólo logró abandonar Clint Eastwood.

Dispuesto a ejercer de reportero intrépido levanto la mano, subo a un taxi e indico que quiero ver Sing Sing.

El taxista, ecuatoriano, me mira por el retrovisor como quien contempla a un loco.

No tengo pinta de visita carcelaria o familiar machacado.

Le explico entusiasta el encargo de la revista, el pasado de Cheever, las recopilaciones de cuentos, la familia Draper.

Entonces, claro, confirma que el fulano de abrigo negro, cámara fotográfica en bandolera, patillas de hacha y ojeras violáceas que descansa en el asiento trasero del taxi es un chiflado.

Abierta en 1886, Sing Sing ha llegado al siglo XXI enferma de su propia e inexpugnable historia. Construida lejos de Nueva York, cuesta mucho dinero mantenerla. Según cuentan las guías, su nombre deriva del de la tribu india, los Sinck Sinck, que habitaba aquí antes de que el conquistador protestante los infectara de varicela, gripe o alcoholismo. Aunque la pena de muerte ya no es legal en California, su vieja silla eléctrica trabajó a destajo. Aquí frieron, vuelta y vuelta, al matrimonio Rosenberg, Ethel y Julius, acusados de espionaje durante la Guerra Fría.

-¿Usted cree que me dejaran sacar unas fotos?

-No creo, pero inténtelo.

Desciendo del taxi a cien metros de la entrada principal.

Antes de que logre sacar la Nikon del estuche un maromo cuatro por cuatro, gorra negra, chaquetón y pistola, me hace señas.

Afino mi encanto.

Es para una revista de literatura española, un par de imágenes, usted sabe, caballero, etc.

Demasiado tarde, demasiado grande y oscuro el oficial y demasiado astigmatismo el mío para percibir a tiempo que no es un hombre sino una mujer.

-Quiero decir, señora.

Asiente, acaso porque ya no le incomoda la confusión, acostumbrada a que sus bíceps, su espalda de Hércules, sean erróneamente por los de un campeón de los pesados.

Explica aburrida que no puedes sacarle fotos a una cárcel, que tendría que solicitar por escrito permiso al alcaide y que mejor regreso al taxi.

Obedezco.

De nuevo en marcha retomamos la búsqueda de Burt Lancaster, Don Draper y John Cheever. Buscamos muertos. Personajes ficticios. O los espectros que los soñaban por los caminos que conducen hasta las casas más allá del pueblo. Nos saltamos un control de entrada, donde el vigilante ha abandonado la garita. De alguna forma la urbanización parece otra cárcel. Levantada de espaldas a los inmigrantes del centro y a los negros que los sustituyen, que han sido desplazados por la subida del precio de los alquileres y las nuevas políticas policiales, menos desdeñosas que en los ochenta para con el menudeo de heroína y la compra/venta de crack.

-Así viven todos -medita el taxista, mitad filósofo mitad coñazo, que a estas alturas del viaje ya se ha confesado leal al impresentable Correa (véase al respecto la reciente mordaza a la prensa), y en general a todos los caciquismos bolivarianos del Cono Sur- viven sin verse, escondidos unos de otros.

Escondidos, recónditos, clandestinos. Los ricos perpetúan el idilio de América con los grandes espacios, la incomunicación, los salones grandes, las distancias siderales, los palacios de muchos y soleados baños, la multiplicación de dormitorios y almohadones y cojines sobre las colchas, la confortable soledad compartida de unos vecinos que en verano quizá se inviten a beber ginebra y tónica mientras el ectoplasma del nadador o el resto de ceniza cancerígena de Draper cruzan bajo las faldas de sus hijas adolescentes sin levantar la voz ni molestar a la servidumbre peruana, ecuatoriana, venezolana, que limpia las manchas de semen adúltero de las sábanas compradas en un centro comercial lejano y mastodóntico. Complicado hablar con nadie excepto las ardillas o siquiera cazar un buen retrato de alguna de las casas, tan lejanas. Parapetadas tras los olmos monumentales o los pinos con vocación de secuoya. El taxista, un hombre trabajador, no ha leído a Cheever, sus historias minúsculas que abrían zanjas en la duermevela de los ricos. El taxista no deja de parlotear sobre la situación socioeconómica de su país lejano, las remesas de divisas, el precio de la gasolina o el desempleo. Bastante tiene con asentir cada vez que le menciono a ese escritor alambicado, desparejado, que fracasó en todo excepto en su arte.

-Mucha gente ha vuelto. Esto ya no es como cuando llegué, hace quince años. Falta trabajo. No pueden pagar la hipoteca. A Dios gracias a mí me va bien, tengo casa, esposa, hijos, pero estoy pensando en regresar al Ecuador, no crea, aunque aquí somos felices y el colegio de las niñas es bueno.

Salvo la entrada a la urbanización, franca por la ausencia del mayoral, excepto por la bulimia parlanchina del taxista, entro y salgo del coche sin encontrar gente. Hablo solo con Cheever, al que he releído durante el viaje en tren. Me susurra al oído el chaquetón sus quirúrgicas observaciones sobre la futilidad bien alimentada de sus conciudadanos. Deslumbrante, amarillo y llagado. Comestible para quien no sepa que leer estos días y quiera reencontrarse o descubrir a uno de los grandes prosistas americanos. Hacedor de historias lívidas. Tornasoladas de gracia, veneno, mala hostia, humanismo, achaques, mentiras y adaptaciones varias al ecosistema carnívoro del mercado en guillotina y el verano feliz y clorofílico de este paisaje inmenso.

En la estación, luego de perder y recuperar mi bufanda en la barra de una cafetería cutre, trato con un paquistaní que se empeña en que viajemos juntos. Un día de estos va a quedar conmigo en Manhattan, explica, quizá porque ha confundido mi timidez con amistad. Porque está solo o perdido mientras sus cuñados lo acogen, junto a su mujer y a su hija -«¿Sabe usted? Mi cuñado trabaja en una gasolinera. Tiene documentos. Le va estupendamente»- mientras trata de arreglar los papeles, en Pakistán ya sólo sobreviven cuatro leopardos de las nieves, de milagro, y varios millones de desharrapados, espías, agentes dobles, fundamentalistas, cultivadores de opio y asesinos, mientras sueña con rematar su prodigioso viaje viviendo en Estados Unidos. Me resta el consuelo de que el Ossining de Cheever sigue vivo, esquinado, hambriento, fumando gintonics, en el libro que leeré en cuanto mi nuevo y dulce amigo calle la puta boca, cosa imposible, impensable, mientras los reflectores de Sing Sing ciegan a los peces del Hudson, esos supervivientes alimentados con plutonio a los que canta con voz nasal un Pete Seeger anciano que según dicen vive cerca

Julio Valdeón

© Julio Valdeón Blanco / Diseñado en WordPress por Verónica Puertollano (2012)