Uno de los males evidentes de nuestro tiempo es la forma en la que las mejores intenciones descarrilan gracias a unos argumentos grillados. Sucede cuando el infantilismo maximalista y la radicalidad de salón destruyen los cauces de la política adulta. Contemplen la propuesta de cierre de los centros de educación especial. Con la coartada, agárrense, de que se trata de lo mejor para los niños. O sea, para no discriminar. Frente a la opinión en contra de la inmensa mayoría de la comunidad educativa implicada. No digamos ya de las propias familias, directamente horrorizadas. Hoy por no hoy no disponemos ni de lejos de los recursos suficientes en las escuelas de educación general para garantizar el bienestar de unos infantes con necesidades que no calificamos de especiales por capricho. Algo así sucedió con las viejas reformas educativas. Lastradas por unas aspiraciones que no parecían tener en cuenta los frustrantes límites de unos presupuestos finitos. Pero qué puedes hacer o escribir si los activistas anteponen la cuestión nominativa a la realidad y los ideólogos consideran infinitamente más valioso atender al postureo que diseñar planes específicos para las urgencias de cada alumno. De fructificar la brutal propuesta del Comité Español de Representación de Personas con Discapacidad (CERMI) miles de niños quedarían a merced de unas teorías que saltan por los aires desde el momento en que entramos en las aulas. Lejos del papel, y de sus multicolores y hermosos sueños celestes de aulas infinitamente inclusivas y recursos a juego, olvidan que en España el objetivo es, y desde hace mucho, ayudar a los niños, y que los centros especial son un recurso. Por no hablar de que hay escolaridades mixtas. Pero la integración, transformada en costa utopía, presenta las limitaciones de cualquier arquetipo. Tampoco sería la primera vez que las personas son sacrificadas en los altares del ideal. Conjurar la realidad mediante la invocación del paraíso, sin atender a razones y necesidades prácticas, a menudo garantiza que el ciudadano acabe en el infierno.

Julio Valdeón

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